Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Maribel Lugilde

Maribel Lugilde

Directora del Centro Integrado de FP de Comunicación, Imagen y Sonido de Langreo

Humo

Nuestro profesor de Literatura de COU en el IES Padre Feijoo fumaba un cigarrillo tras otro en su clase. No necesitaba mechero, encendía el cigarro nuevo con el anterior. Ni cenicero, las colillas iban al suelo y, al cabo de su hora, eran un montoncito a la izquierda de su silla. Porque impartía la lección sentado, concentrado en los folios y la cajetilla. Estaba claro: a aquel hombre le gustaba fumar casi tanto como leer. De sus lecciones magistrales quedaba un rastro de volutas sobre nuestras cabezas. No recuerdo que nadie se quejara. Entre las reglas que regían el mundo de entonces, ninguna nos protegía de aquella cámara de humo. Ni a él de su propia pulsión.

El Consejo de Ministros acaba de aprobar el proyecto de ley del tabaco, que amplía los espacios sin humo -incluyendo vapeadores y dispositivos similares- a terrazas de bares y restaurantes, playas de mar o río, piscinas de uso colectivo, instalaciones deportivas, parques nacionales o espectáculos públicos al aire libre. Tampoco se podrá fumar a menos de quince metros de centros sanitarios, educativos, culturales, deportivos o infantiles. Y, además de comprar, se prohibirá fumar a menores de edad.

A la patronal de hostelería Otea no le gusta nada que se incluyan las terrazas. Ellas fueron, de hecho, el gran reducto de los fumadores tras las primeras regulaciones que parecían ir a provocar un cataclismo social. Cobró sentido desde entonces el terraceo invernal, incluso en plumífero y bajo cero.

Los fumadores que refunfuñaron encontraron su acomodo. Los no fumadores respiraron más limpio y se sintieron bendecidos por la justicia cósmica, tras largas travesías entre humos, sin derecho a protesta, aguantando respuestas airadas. Es lo que tienen las adicciones, que gobiernan hasta las palabras que nos decimos y las puede volver veneno.

Dice además Otea que, entre terrazas y playas sin humo, habrá un trasvase de turismo a otros países, como Francia o Portugal. Sinceramente, no sé qué porcentaje de personas viajeras están dispuestas a cambiar de destino por estas limitaciones, pero intuyo que es muy pequeño. Y fácilmente compensable con el porcentaje -que también habrá de existir- de aquellas otras, saludables, que nos escojan por saber espantar los malos humos.

Seguro que la IA predictiva nos podría ayudar a comparar escenarios. Cómo sería nuestro estado actual de salud si hubiéramos continuado bajo aquel yugo anacrónico del consumo libre. Cómo será si se vuelven a restringir los espacios; con fumadores fumando menos y no fumadores respirando más limpio. Cuánto mermarán los casos de EPOC y cáncer de pulmón. Y, puesta a fabular, identificar con nombre y apellidos a esa ciudadanía salvada de las garras de la enfermedad. ¿Se imaginan? Cómo no va a valer la pena.

Nuestro profesor de Literatura de COU en el IES Padre Feijoo fumaba un cigarrillo tras otro en su clase. No necesitaba mechero, encendía el cigarro nuevo con el anterior. Ni cenicero, las colillas iban al suelo y, al cabo de su hora, eran un montoncito a la izquierda de su silla. Porque impartía la lección sentado, concentrado en los folios y la cajetilla. Estaba claro: a aquel hombre le gustaba fumar casi tanto como leer. De sus lecciones magistrales quedaba un rastro de volutas sobre nuestras cabezas. No recuerdo que nadie se quejara. Entre las reglas que regían el mundo de entonces, ninguna nos protegía de aquella cámara de humo. Ni a él de su propia pulsión.

El Consejo de Ministros acaba de aprobar el proyecto de ley del tabaco, que amplía los espacios sin humo -incluyendo vapeadores y dispositivos similares- a terrazas de bares y restaurantes, playas de mar o río, piscinas de uso colectivo, instalaciones deportivas, parques nacionales o espectáculos públicos al aire libre. Tampoco se podrá fumar a menos de quince metros de centros sanitarios, educativos, culturales, deportivos o infantiles. Y, además de comprar, se prohibirá fumar a menores de edad.

A la patronal de hostelería Otea no le gusta nada que se incluyan las terrazas. Ellas fueron, de hecho, el gran reducto de los fumadores tras las primeras regulaciones que parecían ir a provocar un cataclismo social. Cobró sentido desde entonces el terraceo invernal, incluso en plumífero y bajo cero.

Los fumadores que refunfuñaron encontraron su acomodo. Los no fumadores respiraron más limpio y se sintieron bendecidos por la justicia cósmica, tras largas travesías entre humos, sin derecho a protesta, aguantando respuestas airadas. Es lo que tienen las adicciones, que gobiernan hasta las palabras que nos decimos y las puede volver veneno.

Dice además Otea que, entre terrazas y playas sin humo, habrá un trasvase de turismo a otros países, como Francia o Portugal. Sinceramente, no sé qué porcentaje de personas viajeras están dispuestas a cambiar de destino por estas limitaciones, pero intuyo que es muy pequeño. Y fácilmente compensable con el porcentaje -que también habrá de existir- de aquellas otras, saludables, que nos escojan por saber espantar los malos humos.

Seguro que la IA predictiva nos podría ayudar a comparar escenarios. Cómo sería nuestro estado actual de salud si hubiéramos continuado bajo aquel yugo anacrónico del consumo libre. Cómo será si se vuelven a restringir los espacios; con fumadores fumando menos y no fumadores respirando más limpio. Cuánto mermarán los casos de EPOC y cáncer de pulmón. Y, puesta a fabular, identificar con nombre y apellidos a esa ciudadanía salvada de las garras de la enfermedad. ¿Se imaginan? Cómo no va a valer la pena.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents