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El primer bombardeo

Hasta el verano de 1936 cualquier aeronave que surcase los cielos de Gijón era sinónimo de expectación festiva. En aquel verano todo cambió, incluyendo el significado lúdico que hasta entonces habían tenido los aviones. En el tiempo presente hay un paralelismo similar con lo ocurrido con los drones tras la invasión rusa de Ucrania: hasta entonces los concebíamos como un juguetesofisticado, desde entonces sabemos que son mortíferas armas de guerra.

En los preparativos de la sublevación armada contra el gobierno de la Segunda República tuvo un significativo papel el general Emilio Mola como mentor intelectual, marcando unas precisas directrices en las conocidas como “instrucciones reservadas” redactadas con el fin de lograr una intervención rápida y efectiva.

Iniciada la rebelión y confirmado su fracaso, el 19 de julio de 1936 redacta la quinta instrucción de esta serie, cuyo contenido incidía en una de las acciones esenciales a seguir: “hay que sembrar el terror, hay que dejar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos a todos los que no piensen como nosotros”. Esta indicación comenzó a aplicarse de inmediato y fue especialmente relevante porque esa estrategia del terror no era específica de los frentes de batalla ya que la población civil pasó también a convertirse en objetivo bélico.

El uso del terror como estrategia para conseguir doblegar al país y hacerse con el dominio del mismo era factible de maneras diversas, pero ninguna permitía hacerlo de forma tan efectiva como los bombardeos aéreos.

En “El dominio del aire” (1921) el general italiano Giulio Douhet estableció la tesis de que las guerras futuras tendrían como factor clave el bombardeo aéreo de la retaguardia enemiga, especialmente de las ciudades. En su momento Dohuet sólo conoció el rechazo de las jerarquías militares pero sus planteamientos, que también habían sido compartidos por William L. Mitchell en Estados Unidos en esos años, quedarán confirmados por la realidad en el decenio de 1930 por su puesta en práctica durante la guerra de España.

En ese momento se produjo un hecho crucial: la teoría se complementó con el avance de la tecnología aeronáutica al resultar factible la fabricación de aeronaves con capacidad de carga y autonomía de vuelo que hacían viables incursiones a centenares de kilómetros de distancia de sus bases de forma rápida, fácil y eficaz.

Volviendo a Gijón y a aquel mes de julio de hace 90 años, el día 20 había fracasado en pocas horas el intento de tomar la ciudad y declarar el estado de guerra por parte del coronel Antonio Pinilla, jefe del regimiento Simancas y comandante militar de la plaza.

Apenas 48 horas después de ese fracaso -había intentado hacerse el día antes pero no lo permitieron las condiciones meteorológicas- Gijón fue bombardeada.

La mañana del 22 de julio una pequeña escuadrilla, probablemente de aviones Breguet XIX, proveniente de la base aérea de León en poder de los sublevados atacaron distintos puntos del casco urbano y causaron las primera víctimas civiles. Fue en el barrio de La Calzada tras ser alcanzada la sucursal del Ateneo Obrero. Fallecieron tres socios de la entidad y una vecina que pasaba por las inmediaciones, mientras otra mujer más resultaba herida de gravedad.

Desde aquel miércoles de verano en el que la muerte cayó del cielo comenzó a verse que la retaguardia no era segura: un lugar tan ajeno en principio a un conflicto armado como el centro cultural de un barrio obrero de la periferia urbana podía implicar el mismo riesgo que encontrarse en el frente.

Aquel episodio fue un anticipo de lo que vendría a continuación con los ataques indiscriminados sobre civiles por mar -con la intervención del crucero “Almirante Cervera” y del acorazado “España”-y por aire, con la participación destacada en Asturias de la aviación nazi, algo que se gestó durante aquellos mismos días de julio.

A finales de la misma semana en la que cayeron aquellas bombas sobre Gijón, a 2.000 kilómetros al este -en la ciudad bávara de Bayreuth- el Führer daba su beneplácito a prestar ayuda a los sublevados para lograr sus fines. Aquel acuerdo, bautizado como operación “Fuego mágico”, derivó pocos meses más tarde en la creación de la “Legión Cóndor”, el arma aérea más temible entonces y que comenzaría a intervenir en el Frente Norte en la primavera de 1937. Su participación en la guerra junto a la “Aviación Legionaria” aportada por la Italia de Mussolini -parte de la crucial ayuda facilitada por los regímenes fascistas a Francisco Franco- decantó la guerra contra la República y supuso para la población civil española convertirse en cobayas humanas con las que probar la eficacia de aviones y armamento.

Gijón fue uno de sus objetivos predilectos a partir del verano de ese año hasta la ocupación de la ciudad a finales del mes de octubre. Los resultados fueron un éxito absoluto para los agresores nacionales y nazis, unos por lograr el fin del Frente Norte, otros por convertir aquellos ataques en medio para entrenar a un ejército capaz de garantizar su dominio bélico sobre el continente, camino del inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Quienes estuvieron en Gijón entre julio de 1936 y octubre de 1937 vivieron una violencia extrema que les hizo partícipes involuntarios de la que se ha considerado la primera guerra moderna de la historia, un modelo que implica la agresión a la población civil como parte de la estrategia militar y que ya acompañará a todos los conflictos bélicos llevados a la práctica desde entonces.

Quienes vivieron aquellos hechos eran hombres, mujeres, niños, jóvenes y ancianos. Eran gijonesas y gijoneses, extranjeros, gente de paso o refugiados. Personas con convicciones políticas y sin ellas, ciudadanos favorables, contrarios o indiferentes a la sublevación militar, republicanos o monárquicos, creyentes o laicos, ricos o pobres. Sobre cualquier otra diferencia que quiera apuntarse, un hecho se impone sobre los demás unificando su condición: eran civiles, civiles indefensos.

Hace diez años, no sin esfuerzo, el Ateneo Obrero de Gijón logró que una placa rindiese homenaje en La Calzada a las víctimas de quienes en nuestro concejo sufrieron aquellos bombardeos. Desde entonces se han sucedido guerras en las que centenares de civiles han sido asesinados.

Vivimos un presente en el que triunfan apóstoles del belicismo, que entienden la guerra como un fin cuando no como un gran negocio. Nada como tener en cuenta para actuar en consecuencia que, como en 1936, somos la ciudadanía, la gente corriente, quienes menos importamos en un conflicto bélico y quienes seguimos sirviendo de objetivo a batir.

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