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Aritmética bajo el sol

Gijón es una ciudad increíble. Increíble e imprevisible. No en vano, siempre nos depara nuevas emociones que agitan nuestras mentes ante lo que podríamos proclamar como «más difícil todavía».

Ayer jueves parecía que iba a ser un día de verano más en nuestra ciudad. Los planes oscilaban entre playa o terraceo. En medio de la quietud estival, empezó a oírse en los bares y las redes: «Moriyón destituye a Oliver, el que era de Vox».

La noticia tiene dos dimensiones. La primera afecta a Divertia. Según lo conocido, determinadas contrataciones fueron realizadas sin pasar por el consejo de administración y sin ajustarse al marco competencial de la presidencia. Si esto es así, la decisión parece difícilmente evitable. Gestionar una empresa pública no concede patente de corso. El dinero, los procedimientos y los órganos de control están precisamente para garantizar que ninguna voluntad individual sustituya a las reglas compartidas.

Debemos destacar también la reacción de Oliver Suárez, que ha asumido la responsabilidad por el error procedimental y su destitución sin añadir más ruido al episodio. En tiempos acostumbrados al dramatismo, la acusación cruzada y el victimismo, aceptar una decisión política e institucional con normalidad no debería resultar extraordinario. Pero quizá lo sea.

La segunda dimensión se escribe con números. Foro y Partido Popular suman trece concejales. Oliver Suárez decantaba la balanza del pleno, lo que permitía al gobierno municipal desenvolverse con cierta tranquilidad en un consistorio de veintisiete concejales. Desde ayer, aquella mayoría deja de ser una certeza y abona el terreno de la incertidumbre.

Aquí comienza el verdadero verano político gijonés.

Será tentador convertir cada votación en una prueba de resistencia, cada desacuerdo en una crisis y cada pacto en una sospecha. Sin embargo, un pleno sin mayoría automática no es una anomalía democrática. Es el escenario habitual de una sociedad plural y una invitación a hacer política: explicar, escuchar, negociar y alcanzar acuerdos.

El gobierno tendrá que abandonar la comodidad de una mayoría relativamente estable y trabajar cada decisión. La oposición tendrá ahora mayor capacidad para condicionar las propuestas y deberá explicar con el mismo rigor sus acuerdos y sus rechazos. Y el concejal no adscrito tendrá la responsabilidad de valorar cada iniciativa sin que su voto pueda darse por supuesto. ¿Estamos ante un nuevo equilibrio?

La estabilidad no puede descansar únicamente en la fidelidad de un voto, sino en la solidez de las propuestas y también en la capacidad de convencer.

Nada de esto debería paralizar Gijón. Los presupuestos, las inversiones y los problemas de la ciudad no pueden esperar por la ausencia de una mayoría automática. Quizá esta incertidumbre obligue a todos a razonar mejor, justificar sus posiciones y buscar espacios de encuentro.

Bajo el sol de julio, Gijón vuelve a ofrecernos una lección sencilla: sumar concejales permite aprobar; construir acuerdos permite gobernar.

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