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Opinión | Crónicas de barrio

Los imperfectos de mi barrio

Los hay que cruzan la calle casi pidiendo perdón al aire, como si los empujara un viento invisible. Están ahí, día tras día, aposentados en la madera gastada de los bancos, al abrigo de los portales o en esas esquinas donde el sol calienta fuerte. No mandan, no disponen, pero sostienen la marea del barrio con su sola presencia, como esas raíces viejas que nadie ve pero que impiden que el suelo se hunda.

El indigente duerme a espaldas del quiosco. Nadie le conoce apodo verdadero, pero los vecinos, por no dejarlo anónimo, lo llaman Julián. Cuando diluvia, se emboza en un plástico verde y afirma, muy serio, que el repiqueteo del agua le sabe a mar, aunque sea harto probable que no haya visto una ola en su vida. Un día, el panadero le dejó un chusco caliente en la repisa del alféizar. No se dijeron palabra, pero a la mañana siguiente el plástico amaneció doblado en escuadra, impecable.

El borrachín —Eusebio— pasea por las aceras su vaso invisible. Charla con las sombras, saluda formalmente a los coches y se ríe de lances que solo él recuerda. Chiquillos marrulleros se mofan a veces, mas él no se altera; dice que guarda dentro una orquesta vieja que se niega a callar.

El jubilado, Kilo, un solitario de la Cuenca que se sienta en el parque. No aguanta a casi nadie, pero observa a la gente con la familiaridad del que ha visto mucho mundo. Porta en la muñeca un reloj parado. "Así se detiene el tiempo cuando uno ya ha cumplido", sentencia a quien se acerca a hablar con él.

Y luego están las hermanas del tercero, Rosa y Amelia, asomadas a la ventana, que vigilan el movimiento cotidiano del barrio, sin alzar la voz, como dos viejas campanas de la Basílica.

Todos pensamos que son los imperfectos. Pero si faltaran, la calle se quedaría más desabrida, más sola, francamente sin alma.

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