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La huida de El Musel en la noche más clara

Vicente Rodríguez Alonso relata su salida de Gijón, el 20 de octubre de 1937, ante la caída de la ciudad y del Frente Norte, cuando era un joven comunista de 16 años

Vicente Rodríguez Alonso, ayer, en Gijón.

Vicente Rodríguez Alonso, ayer, en Gijón. / mara villamuza

J. MORÁN

«Nunca vi una noche tan clara y con tal Luna llena como la del 20 de octubre de 1937». Tal admiración la expresa el gijonés Vicente Rodríguez Alonso, de 87 años, y no lo hace en un sentido estético. Esa noche, con 16 años y siendo militante del Partido Comunista, huyó de Gijón por El Musel, como tantos ciudadanos que, al menos, lo intentaron, cuando las tropas nacionales estaban a punto de entrar en la ciudad.

Iban a caer la ciudad y el Frente Republicano del Norte -acaban de cumplirse 71 años- y Vicente Rodríguez ha narrado a LA NUEVA ESPAÑA lo que vivió aquella jornada en la que llegó corriendo al puerto gijonés a las nueve de la noche, cuando ya había perdido la oportunidad de salir antes, junto a su padre, Fernando Rodríguez, también comunista, en la huida organizada por el gobierno gijonés del Frente Popular.

La huida de El Musel en la noche más clara

La huida de El Musel en la noche más clara

«Sin ánimo de polemizar», Vicente Rodríguez cuenta que «a la hora en la que yo llegué a El Musel no vi ametralladoras, ni en los barcos, ni en tierra, ni a ninguna Brigada Vasca; no vi a ningún soldado armado, sino a gente desarmada, a soldados milicianos desarmados».

El veterano comunista rememora que «éramos cientos de personas y no había muchos barcos, pero sí algunos; buscábamos lo que podíamos y nadie me impidió encontrar un barco. Di con uno, bajé por la escala y me dijeron que me metiera en la bodega».

Después, a causa de la especial luminosidad de aquella noche, el crucero «Almirante Cervera», de la Armada Nacional, apresó el barco en el que viajaba aquel chaval.

Vicente Rodríguez Alonso había nacido el 14 de octubre de 1921 en La Felguera, pero al estallar la guerra se vino a Gijón, junto con su padre, Fernando Rodríguez, que era «secretario del Departamento de Guerra», encabezado por el comunista Juan Ambou, dentro del Consejo de Asturias y León, del Frente Popular.

El joven Vicente Rodríguez trabaja a su vez en la Consejería de Comunicaciones, «de la que era responsable Aquilino Fernández Roces, al que después detuvieron en Alicante y fusilaron». Dicha Consejería, «en la que yo era un auxiliar más, estaba en la Casa de Correos y de ella dependía la emisora de radio EAJ-34. Se daban los partes de guerra y recuerdo que había un locutor que era Joaquín Sánchez, que era rapsoda también, componía versos».

Avanzada la guerra, Vicente Rodríguez recuerda la declaración de soberanía del 24 de agosto de 1937, dos meses antes de la caída del Frente Norte, cuando se constituye el Consejo Soberano de Asturias y León, lo que significaba que el Gobierno asturiano, establecido en Gijón, rompía con el de la República, en Valencia. Era presidente de dicho Consejo el socialista Belarmino Tomás y, precisamente, el Partido Comunista se opuso a aquella medida de soberanía. «Belarmino Tomás quería asumir cargos de una manera muy personal», explica el veterano gijonés. «El Partido Comunista propugnaba un Ejército regular, mientras que Belarmino quería uno de milicianos; y, al mismo tiempo, él acusaba a los comunistas de querer crear un Ejército rojo». El caso es que, «cuando el coronel Prada fue destinado por la República al Ejército del Norte, prefería más tratar con los comunistas que con los socialistas de Belarmino», agrega.

«Finalmente, Belarmino destituye a Ambou y se nombra a sí mismo consejero de Guerra. Entonces, mi padre es destinado al consejo militar del Partido Comunista». Dicho partido tenía su sede «en la casa de Paquet, en el muelle, en la parte de arriba del edificio, subiendo por la cuesta». El consejo militar del Partido Comunista estaba comandado por «Casto García Roza, que en el año 1946 vino a organizar el partido, por orden de Santiago Carrillo, a La Camocha, pero le capturó la Policía y le llevaron a la Comisaría de la calle Cabrales, donde le torturaron y murió; en el parte de defunción decía que había fallecido de un infarto, pero ya sabíamos todos lo que eran esos infartos».

Lo que sucedió aquel 20 de octubre de 1937 constituye el preámbulo de la huida de este gijonés por El Musel. «A las doce del mediodía, hubo reunión del Consejo y se planificó la salida inmediata». Para aquel chaval iba a ser, en principio, «un día de vida normal; fui a Correos a trabajar y volví a casa a la hora de comer. Fue entonces cuando mi padre me dijo que a las cinco de la tarde, no más tarde, fuera a la casa de Paquet, para salir de Gijón».

A continuación, «a las tres de la tarde, vuelvo a Correos a trabajar y me llama el consejero, Aquilino Fernández Roces. "Antes de marchar, vete a inutilizar la emisora", me dijo».

Vicente Rodríguez hizo un rápido cálculo de horas y se percató de que no daba tiempo a cumplir su misión y llegar a las cinco a la cita con su padre. Pero obedeció la orden.

«La emisora estaba en la calle de Los Moros, antes de la calle de Tomás Zarracina. Tenía el locutorio abajo y los aparatos arriba. Llegué y el técnico de la emisora se mostró reacio a hacer nada. Yo le expliqué que bastaba con romper o inutilizar algunas lámparas, para que la emisora quedase inutilizada durante unas horas, las suficientes para que los nacionales no pudieran utilizarla al entrar en Gijón».

Entre las discusiones y la ejecución de lo previsto, «pasaron varias horas, y cuando llegué a la casa de Paquet ya eran las ocho de la tarde y allí no había nadie».

Vicente Rodríguez reflexiona hoy sobre el hecho de que su padre no le esperara. «La respuesta es bien fácil: él, como les pasó a muchos otros comunistas, sería con total seguridad fusilado y yo, por estar a su lado, pues también. Por ello optó, con muy buenas razones, por pensar que los dos por separado tendríamos más oportunidades de salvar el pellejo».

Tras encontrar vacía la sede del Partido Comunista, «junto a otros compañeros tomé rumbo a El Musel. Hice todo el trayecto corriendo todo lo que me daban las piernas y las zapatillas de esparto y pude observar con gran desolación que no estaban ni mi padre ni nadie conocido a quien yo pudiera pedir ayuda».

Eran las nueve de la noche y había comenzado ya la noche más clara que Vicente Rodríguez recuerda haber visto en toda su vida.

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