Don José Moñino, conde de Floridablanca (1728-1808)

Cuadro de Gregorio Ferro en el Museo del Prado.
Vicente cueva díaz . .
Verdaderamente la historia no siempre ha cumplido honestamente con algunos personajes que fueron hombres-clave en el desarrollo político, administrativo y cultural de nuestra nación. Esta aseveración es especialmente justa en el caso de dos de los pensadores y hombres de acción de la España del siglo XVIII, un siglo que habría de determinar el posterior destino nacional. Me estoy refiriendo a dos grandes políticos de ideas reformadoras que no siempre fueron entendidas en el marco de su época: el gran intelectual ilustrado don Gaspar Melchor de Jovellanos, el hombre más «de centro» del siglo, quien en su ideario incorporó a lo mejor del antiguo régimen, lo mejor de las avanzadas ideas europeas, y el eficaz y gran hombre de acción que fue el murciano don José Moñino y Redondo, conde de Floridablanca.
De aquel, en la actualidad, Gijón, su tierra natal, no ceja en colmarle de honores y reconocimientos. Del Conde de Floridablanca, de quien hoy quiero ocuparme especialmente, ya que en breve se cumplirá el II Centenario de su muerte, y que fue figura histórica de primera fila en la historia del último cuarto del siglo XVIII, es hora de dar relieve a su figura y restablecer su memoria.

Don José Moñino, conde de Floridablanca (1728-1808)
Existen muy pocos estudios consistentes acerca de su vida y obra. Hombre reservado al parecer, pues ni Diarios ni abundante correspondencia han llegado hasta nosotros que pudieran desvelarnos rasgos de su carácter. No obstante, las obras del gran político del despotismo ilustrado: jurídicas, diplomáticas y políticas, revelan fielmente su pensamiento y su obra de gobierno. Sin la prosa del personaje murciano no sería posible comprender ni el significado del regalismo, del despotismo ilustrado, de la lucha de ideas que representó el problema de los jesuitas, las reformas interiores, etcétera. En sus escritos se nos desvela un hombre laborioso, moderado, honesto, religioso e instruido, el hombre adecuado que Carlos III, tras el motín de Esquilache, eligió, junto a Aranda y a Campomanes, para constituir el grupo de ministros que encarnarían el movimiento reformista.
Firmemente convencido del necesario reforzamiento del poder absoluto del monarca como vía necesaria para la mejora del país, corrigió abusos e introdujo innovaciones en la mayor parte de las instituciones aunque manteniendo a todas: la Inquisición, la Mesta, los gremios, los mayorazgos, etcétera, llegando a ser el hombre más poderoso de los últimos años del retrato de Carlos III.

Don José Moñino, conde de Floridablanca (1728-1808)
Nacido en Murcia, el 21 de octubre de 1728, de familia modesta (lo que parece ser causó ciertas dificultades en su carrera honorífica), bien pronto, a los 36 años, fue nombrado fiscal del real consejo de Castilla y posteriormente embajador en Roma, ante la corte del pontífice Clemente XIV.
El rearme del poder estatal se dirigió, sobre todo, a la confrontación con la iglesia, con la idea de desarrollar una política regalista. El sujeto paciente más directo de la estrategia regalista fue la compañía de Jesús, que finalmente es expulsada de España. En el marco de las directrices regalistas, el sometimiento exclusivo de aquella a la Santa Sede era inasumible. El impulsor de su expulsión fue Campomanes, quien convenció al monarca de que si no lo hacía correría peligro su vida y Carlos III firmó la expulsión sin más fundamentos que «los que guardaba en su conciencia». Más fue don José Moñino el que, con sus excepcionales dotes diplomáticas, obtuvo la disolución de la compañía en menos de un año, consiguiendo del Papa, en 1773, la firma de la supresión en el breve Dominus ac Redemptor, por lo que fue recompensado con el nombramiento de conde de Floridablanca. Sin duda, el objetivo de nuestro embajador fue servir al rey, pero las repercusiones para la cultura, principalmente en la educación primaria y secundaria, fueron importantes: en España y en América Latina, donde los jesuitas habían realizado una espléndida labor. En América, además, significó un vacío insuperable que contribuiría decisivamente a la ruptura del criollismo insurgente con la metrópoli española unos años más tarde.

Don José Moñino, conde de Floridablanca (1728-1808)
Posteriormente, Floridablanca fue nombrado primer secretario del despacho universal de Estado de Carlos III y fue creador, en 1787, de la Suprema Junta Ordinaria y Perpetua de Estado (el primer precedente del Consejo de Ministros), sirviendo a dos borbones durante más de dieciséis años, ya que Carlos III le hizo jurar en su lecho de muerte que continuaría en la política de gobierno del reinado de su hijo Carlos IV. Compromiso que acabó unos pocos años después, en 1792, con su exoneración, su prisión posterior y largo destierro en su tierra natal.
Las noticias de los acontecimientos revolucionarios que llegan de Francia en 1789, las malas cosechas que vacían las despensas de las clases populares, provocan distintos motines, que causaron la alarma del gobierno de Floridablanca, quien temeroso de que el hambre degenerase en estadillo antimonárquico, lleva al secretario de Estado a establecer «cordón sanitario», una vigilancia fronteriza a cargo del Ejército y la Inquisición, con el fin de salvar a España del incendio revolucionario.

Don José Moñino, conde de Floridablanca (1728-1808)
Aquella política radical de oposición a Francia se declaró en un rechazo frontal de las posiciones de la asamblea nacional francesa y forjó en España un férreo régimen policial y de censura. Este escenario se reveló contraproducente para el principal deseo de Carlos IV: socorrer a Luis XVI, viéndose forzado a destituir a Floridablanca y nombrar al conde de Aranda, quien mejoró las relaciones diplomáticas conlas autoridades francesas. El «miedo a la revolución» que simbolizará Floridablanca en 1789 desencadenó toda una puesta en cuestión de los logros más avanzados del reformismo de Carlos III y la reacción conservadora acabaría ganándole la batalla a la reforma ilustrada.
Tras la abdicación de Bayona se crea una nueva institución de gobierno: las Juntas Provinciales, pero con el fin de superar la división provincial y establecer un gobierno unitario se constituyó la Junta Suprema Central y Gubernativa del Reino bajo la presidencia del anciano y ya retirado conde de Floridablanca, en Aranjuez. En septiembre de 1808 la Junta Central tomó los poderes soberanos y se erigió en el máximo órgano gubernativo de la España no ocupaba por las tropas de Napoleón.
A sus 80 años puso su energía, su lucidez y su gran pasión del reino de España y de las Indias y del Pacífico al servicio de la nación. Consciente de lo que a España se le venía encima, lo expone en su último escrito: «Manifiesto a la Nación española», un mes escaso antes de morir.
En 1809 la Junta General, tras la tremenda derrota en Ocaña, tiene que abandonar la meseta para buscar refugio en Sevilla y luego en Cádiz. Para cuando se aprobaron las primeras cortes de Cádiz, don José Moñino, conde de Floridablanca había ya dejado de servir a su patria, el gran objetivo de su existencia.
El interés por esta gran figura histórica es hoy actualidad. En concreto, en Gijón y a instancias del actual conde de Floridablanca, el Foro Jovellanos del Principado de Asturias está realizando un exhaustivo estudio acerca del tema, bajo la dirección de su presidente, don Jesús Menéndez Peláez, y de su secretario, don Orlando Moratinos Otero, en colaboración con un escogido grupo de intelectuales, y cuya edición está prevista para finales de año. Vicente Cueva Díaz es patrono del Foro Jovellanos.
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