26 de julio de 2009
26.07.2009

Alguien ha perdido una estrella

26.07.2009 | 02:00
Alguien ha perdido una estrella

Dice haber nacido con un lápiz en la mano y que fue su madre quien alentó en ella el deseo irreprimible de pintar. Sus genes eran incuestionables, aunque imprecisos, ¿a qué ascendente había que transferirlos si en todas sus ramas, con más o menos contundencia, se definía el arte? Cienfuegos-Jovellanos, del Campo, Jove, Pola... Nunca lo sabrá, pero, al crecer, los pinceles entraron a formar parte de su vida de un modo natural. Eran pinceles elaborados con las crines que el Nordeste arranca del lomo de las olas. Y ellos mismos buscaron el reencuentro con el mar, valiéndose de la mirada dulce, del alma oceánica y del tacto de seda de María Antonieta Laviada. Con ella renacía el mar, esta vez emergiendo de la niebla. Su tío y mentor, el gran César Pola, intentó conducir sus lienzos a tierra firme, pero no fue posible. Para entonces el agua ya le llegaba a la cintura y, como a las sirenas, comenzó a resecársele la piel de su vitalidad. «En la mar me había ido metiendo yo poco a poco... Sus luces, sus colores y contrastes son para mí fuente inagotable de inspiración», ha reconocido. Y volvió a arroparse en la pátina áspera del salitre.


Pero, como la vida de cada cual está llena de paradojas, María Antonieta Laviada acaba de conseguir el primer premio del concurso nacional de pintura naturalista «Picos de Europa», con su óleo «Montaña nevada, Asturias». Sin duda, ha sido un giro de autodefensa, como decirse a sí misma, «yo no me acabo aquí, en una orilla; por mucho que me seduzcas no me has de esclavizar atada a tu rompiente». Es, una vez más, la rebeldía del arte, el impulso de búsqueda, la llamada imperiosa a la aventura. María Antonieta dejaría de ser una creadora si alguna vez no sintiera todo eso. Y con sabia decisión le puso los cuernos a la marea.


No hemos visto la obra galardonada porque actualmente se exhibe en el hotel Pelayo de Covadonga, pero, de acuerdo con el estilo de la firma y el tema que la titula, de su composición habrá desaparecido el carácter abrupto, sobrecogedor y tortuoso de los Picos. Descubriremos en ella el lirismo de la Cordillera, la atracción salvaje de las cumbres y la soberana belleza de su invierno. Todo ello relatado con la sensibilidad de una maestra que ha sabido hacer de lo más prosaico un poema. Ahí están sus puertos industriales, con todo su utillaje de grúas, estibadores, dragas y puntales, convertidos en una atrayente sinfonía de vida. Con la popa roja y negra de un carguero enfrentando la silueta difusa de El Musel, María Antonieta Laviada ganó el concurso de carteles para la 42.ª Feria Internacional de Muestras de Asturias. «Me encantan los puertos, sus sonidos, su olor, las tonalidades del óxido... Es interesante descubrir el alma de las cosas», ha dicho.


Dotada de un sólido sentido estético, humilde y silenciosa, su vida sigue la ruta de su arte. «Esto es como una escalera sin fin que quizás acabe llevándome a la abstracción». De ahí su imperiosa necesidad de libertad. Al conocerla de cerca, al hallar su carácter dulce y sereno, se infiere que ha de quererla mucha gente. Sabemos que muchos hombres la han amado; todos han perdido una estrella. Es así. Hay quien elige quedarse en su galaxia y seguir entregando su melena al sesgo de los vientos; sonreírle a la Luna cada noche o dejar que las mareas salpiquen su alma, abandonada en una discreta bohemia. Es libertad.

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