20 de septiembre de 2009
20.09.2009

El general de los peatones

Hace medio siglo los gijoneses recibieron una orden del alcalde, el militar retirado Cecilio Olivier Sobera, para transitar siempre por las aceras de la derecha en el casco urbano

20.09.2009 | 02:00

J. M. CEINOS


Lo cierto es que Ciudad Real no da muchas noticias de ámbito nacional. Pero este verano, que ya toca a su fin, la ciudad manchega saltó a los titulares gracias a su nueva Ordenanza de Movilidad, en la que se estipulan multas que han suscitado una gran polémica en la capital castellano-manchega: por ejemplo, un ciudadano que sea sorprendido en la vía pública saltando o corriendo puede ser sancionado con 75 euros, y con la misma cantidad por «cruzar las plazas, cruces o glorietas sin rodearlas».


A los gijoneses más veteranos el asunto manchego traído a colación les resultará algo familiar, puesto que hace medio siglo, en septiembre de 1959, el entonces alcalde de Gijón, Cecilio Olivier Sobera, sorprendió a propios y extraños publicando un edicto, en el que ordenaba el tránsito peatonal en la ciudad, comenzando por la calle de Fernández Vallín (la cuesta de Begoña) y siguiendo por la de los Moros en su cruce con la de Jovellanos.


En síntesis, Cecilio Olivier, que no era familia, que se sepa, de Laurence Olivier, el actor inglés que bordaba a Shakespeare, pretendía que sus convecinos circularan por la derecha. A saber: si un propio quería subir desde la plaza del Seis de Agosto hasta el paseo de Begoña, obligatoriamente tenía que caminar por la acera del Hotel Hernán Cortes. Y viceversa: para bajar desde Begoña hasta los pies de la estatua de Jovellanos debía hacerlo, inexcusablemente, por la acera de Correos. Siempre por la derecha.


El miércoles, 2 de septiembre de 1959, en su primera página, el diario «Voluntad» publicaba una fotografía de su redactor gráfico Guerrero, en la que, bajo el título de «Circulación de peatones en Fernández Vallín», explicaba: «Nuevamente se pusieron ayer en vigor normas que, para la circulación de peatones en la calle de Fernández Vallín, habían sido dictadas hace unos meses y temporalmente suspendidas. Los agentes de la Guardia Municipal, situados en la esquina de Correos, imponían la circulación por la acera opuesta para quienes se dirigen calle arriba, sin más excepción que los que llevan correspondencia a los buzones».


El diario daba una de cal y otra de arena a la primera autoridad municipal, al publicar que «la medida, la verdad, no resulta del agrado del público. Pero confiamos en que, con un poco de flexibilidad por quienes la aplican, y con cierto espíritu de sacrificio y disciplina de los peatones, produzca los buenos efectos en que ha sido inspirada».


Al día siguiente, 3 de septiembre, y se supone que a causa del revuelo ciudadano, «Voluntad» recogía, en su página de información local, que el alcalde Olivier «ha publicado un edicto por el cual hace saber que el señor Gobernador civil de la provincia (entonces el excelentísimo y jefe provincial del Movimiento, camarada Marcos Peña Royo), en escrito dirigido a la Alcaldía, dice lo siguiente: "Es costumbre de antaño el que en los pueblos se establezca el paseo en las calzadas por las que precisamente atraviesa la carretera, como asimismo la celebración de festivales que suelen celebrarse con ocasión de festejos populares o instalándose otros medios de diversión pasajera, todo ello da lugar a un entorpecimiento evidente en la circulación, causante de accidentes y daños a veces irreparables, dando al simple espectador sea nacional o extranjero, la impresión nada halagüeña que está en esa Alcaldía evitar"».


Y proseguía el Gobernador Civil ordenando, «de conformidad con las normas dictadas por la Superioridad», entre otras medidas, que «la circulación de peatones aislados o en grupos invadiendo la calzada con inobservancia del artículo 66 del Código de Circulación, que impone a los mismos la obligación de transitar por la acera de la derecha en el sentido de su marcha, y si no existiesen aceras o andenes, por el lado izquierdo, lo más cerca posible del bordillo de la calzada y sin dificultar la circulación de vehículos».


Recibido el despacho del Gobernador Civil en la plaza Mayor, Cecilio Olivier se apresuró a redactar un edicto en el que, entre otras cosas, decía a sus convecinos: «A fin de evitar el entorpecimiento en la circulación motivado por las aglomeraciones que se forman en las carreteras que atraviesan las poblaciones y en las calzadas de las calles del interior de éstas, dando ello lugar a accidentes y daños (...) Esta Alcaldía velará para que desaparezcan, rogando puntual observancia de lo dispuesto por la referida autoridad, al objeto de que en breve plazo la circulación en Gijón sea la que el espíritu de la ciudadanía de sus habitantes desea, para su mayor prestigio, cual corresponde a una ciudad de su categoría».


Fue Cecilio Olivier Sobera un alcalde de Gijón breve. Designado para ocupar el cargo por el Ministro de la Gobernación, tomó posesión a las siete de la tarde del sábado, 15 de febrero de 1958, sustituyendo a José García-Bernardo y de la Sala, que había estado casi diez años sentándose en el sillón de la Alcaldía.


Nacido en Hiendelaencina, población manchega de la provincia de Guadalajara, había cumplido los 66 años cuando llegó a la Alcaldía de Gijón. Militar de profesión, ingresó en la Academia de Infantería en 1907. Luego tuvo destinos en varios regimientos («Asturias», «Inmemorial», «Tarragona» y «Galicia», entre otros). Uno de sus destinos fue Gijón y aquí se casó con la gijonesa María Díaz Monasterio, en abril de 1918.


Durante la guerra civil acompañó a las Brigadas Navarras hasta su entrada en Gijón, el 21 de octubre de 1937, y luego pasó a la 83.º División del Cuerpo de Ejército de Galicia. Era entonces teniente coronel por méritos de guerra. Tras la contienda civil ascendió a coronel y luego a general, hasta que en 1954 pasó a situación de destino por la edad.


El 14 de julio de 1961, Cecilio Olivier Sobera, el alcalde que pretendió que los gijoneses caminaran por la derecha, dejaba la Alcaldía en manos de Ignacio Bertrand y Bertrand. En su discurso de despedida hizo un pormenorizado repaso a su gestión municipal, destacando, por ejemplo, que «otro viejo anhelo de los gijoneses era la transformación del Cerro de Santa Catalina en un parque; en el Ayuntamiento existe la correspondiente autorización del Ministerio del Ejército y sólo faltan los medios económicos para su realización; de haber contado con ellos, la vieja idea estaría hoy convertida en realidad».


Lo que tampoco fue realidad, hace medio siglo, fue la observancia ciudadana del edicto para caminar por las aceras de la derecha. La cosa duró poco. Los guardias municipales no pudieron contener el viejo espíritu rebelde de los gijoneses, acentuado bien pronto a la salida de los cines del centro.


Cuenta Juan Martín Merino, «Juanele», que «a la salida de los cines los guardias no pudieron con la gente y aquello duró muy poco». La cuesta de Begoña, entonces, era el vial que comunicaba directamente los cines de Corrida y Moros («Robledo», «María Cristina» y «Roma») con el «Hernán Cortés», «Arango» y «Jovellanos».


Pocas ganas tendrían los gijoneses de entonces de hacer caso a los guardias de don Cecilio después de ver a Kirk Douglas en la película «Los vikingos», a Antonio Molina con su espectáculo «Sabor andaluz», a Burt Lancaster en «De aquí a la eternidad» o a Marilyn Monroe en «Luces de candilejas». Casi nadie en las pantallas.

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