05 de noviembre de 2009
05.11.2009

Un gijonés contra otro Berlusconi

La historia del «encontronazo» del juez José Prendes Pando y Díaz Laviada con el dictador Primo de Rivera

05.11.2009 | 01:00
Un gijonés contra otro Berlusconi

Mucho antes de que doña Pilar Pardo, o alguno/a de sus conmilotenes/as, lanzara a la parda basura un copiador con los restos de las cartas que el derrotado capitán Álvarez Cascos enviara al mundo y, por tanto, mucho antes de que el "dividido" Partido Popular Hispánico contribuyera con el voto de su mayor oreja a proteger la imagen del "gominolo" y millonario, dueño y señor de la prensa y televisión de su país, y eximio político "juerguista"..., un gijonés de limpia y marinera cuna, el bergantín "Julián" mandaba don Ceferino, caricaturista de mérito y modelo de juez, osó, como osan hoy los jueces italianos con su Berlusconi, enfrentarse con el que en Madrid hacía sus veces entonces, el "director" Primo de Rivera, al que sus cortesanas, en el fragor de las batallas nocturnas de "Villa Rosa", llamaban mimosamente Miguelito-, por la cuestión de la famosa "Caoba".

Don José Prendes Pando y Díaz Laviada, desempeñaba por aquellos años dictatoriales el Juzgado de Instrucción del Distrito del Congreso en la capital del reino alfonsino, donde, como hoy en Roma, toda necedad y vicio tenían reservado en su circo asiento preferente. Desde la "Casa de Canónigos" siguió don José la vida tragicómica de aquel Madrid rechulapo y verbenero. Allí, se topó el magistrado con personal en apuros de toda clase; distinguido y notable alguno, como don Miguel de Unamuno, o don Indalecio Prieto; del mundo del crimen, los más, como el famoso José Romero, el del crimen de la calle de Jovellanos, en el que perdió la vida el señor Novo, encargado de las obras del teatro Alcázar Español.

Marchaba sin sobresaltos el Juzgado, hasta que don José en su quehacer instructivo se topó con la explosiva "Caoba", cortesana de oscuro color, ojos ardientes y poderosos pechos, los preferidos del director general del concierto nacional para sus noches de toco mocho, vino y rosas...

Así contaba don Vicente Blasco Ibáñez, -¿Qué tiempos padece ahora su costa levantina, (para costas, los de Levante) que en vez de naranjos y esforzados campeones de la verdad y la república, florecen chorizos, fabras, curitas, ricardos y bigotes?- la historia del "encontronazo" entre el Juez honrado y el General de vida alegre:

"La familia de un empresario de teatro de Madrid, reblandecido por los años y los excesos, denuncia a la justicia el secuestro en que se hallaba éste bajo el poder de una cierta trotadora de aceras apodada "La Caoba". El juez, al enterarse de que la Caoba daba cocaína y otros estupefacientes a su viejo amigo, ordenó su procesamiento (y prisión). Y es al llegar a este punto, cuando el "director" encargado de hacer la felicidad de España, olvida sus importantes ocupaciones para concentrar todas sus facultades de guerrero y estadista en la solución de dicho caso.

Y para devolver la libertad a su "Caoba" querida, "ordenó" al juez gijonés que decretara su inmediata libertad..., y desatendida la orden verbal, como el "director" sabía, además de beber y joder, mandar, leer y escribir, dirigió al juez un volante particular, reiterándole que sin perjuicio de la tramitación correspondiente, estimaba (él) que la señorita Caoba no debía seguir detenida mientras que los cargos que se le hacían no estuviesen plenamente confirmados. Don José, -como gijonés de tres cepas, caballero y fino-, contestó al dictador en términos medidos y corteses, anunciándole que para que no se perdiera el ejemplar volante, lo unía al sumario...

Rebotóse el golpista, amante y pendón, y sin dilación puso en conocimiento del presidente del Supremo la desobediente conducta del juez gijonés. Don Buenaventura Muñoz y Rodríguez, que era digno del alto cargo que ocupaba, amparó la independencia de don José... Y el dictador, ni bebido, ni corto, ni perezoso, pidió la firma de su rey, abuelo del actual, y jubiló forzoso al honrado presidente por decreto dado en Palacio el día 7 de febrero de 1924.

El 13 siguiente, a las dos de la tarde, y con gran solemnidad, tomaba posesión del alto puesto el señor Tornos. Don José, que había sido apartado temporalmente de su puesto, se posesionaba nuevamente de él, el mismo día a las 9:30 de la mañana. El día 11 de abril siguiente, don José era alejado de Madrid y enviado a Albacete como magistrado de su Audiencia Territorial.

La historia nos enseña así que en cada una de sus momentos, 1924, 1936, 2009, sea en Madrid, sea en Roma, aquí mismo, o en Murcia, siempre hay un político, o un ciento; una obra, o un papel que tirar a la basura.

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