10 de mayo de 2010
10.05.2010
 

La profesionalidad de la escuela americana

El efectismo de una sobria puesta en escena, volcando los detalles en la iluminación y el vestuario

10.05.2010 | 02:00
La profesionalidad de la escuela americana

La prestigiosa «ABT II» es toda una referencia de la escuela americana de danza, caracterizada por un sólido conocimiento de la técnica clásica y un incansable espíritu de búsqueda en las nuevas tendencias. Con su sede en el Metropolitan Opera House de Nueva York, la compañía busca la reinvención continua a partir de programas en los que se incluyen números de muy diferente carácter y estética, pero que conviven con coherencia y sin conflictos. El pasado sábado día 8 ofreció un cuidado y selecto programa en el teatro Jovellanos de Gijón, consiguiendo un muy notable éxito de convocatoria.

Una de las primeras virtudes que sale a la superficie al ver en directo a la «ABT II» es el alto nivel técnico de sus integrantes, un factor recurrente a lo largo de su trayectoria, y de la elegancia coreográfica, carente de cualquier signo de rigidez, reflejada por su director artístico, Wes Chapman.

Con una sobria puesta en escena, volcando todos los detalles en la iluminación y el vestuario, la compañía logró gran efectividad en la mayoría de sus intervenciones. Una de las más destacadas fue la primera, «Barbara», con una coreografía de Aszure Barton (una de las creadoras más activas de Canadá) que alternaba una dialéctica visual entre blanco y negro, con movimientos más clásicos pero también referencias procedentes de las danzas populares.

También «Interplay», más próxima al lenguaje del musical americano (no en vano su coreógrafo fue Jerome Robbins, quien trabajó mano a mano con Leonard Bernstein en creaciones tan destacadas como «Fancy free» o, sobre todo, «West Side story»). Precisamente, en la sección final de este número, (titulada «Team play») se recrea a la perfección un duelo entre dos grupos de cuatro bailarines. Con «A taste of sweet velvet», creación de la coreógrafa contemporánea Jodie Gates, se utilizó el «molto vivace» de la «Sinfonía n.º 9» de Ludwig van Beethoven, en un espectacular número de conjunto que optó por la sobriedad conjugada con elementos estéticos fríos (color) y más degradados (humo).

También se incluyeron dos números a dúo («pas de deux»), originalmente coreografiados por Marius Petipa (uno de los maestros más importantes del Ballet Imperial Ruso del siglo XIX), y revisados por el propio Chapman: uno del «Don Quijote» (con música de Ludwig Minkus) y otro de «El Corsario» (con música de Adolphe Adam, aunque el presente «pas de deux á trois» fue añadido por Petipa en una reposición posterior, incorporando la música de Riccardo Drigo).

En ambos casos fue visible la destreza y seguridad en los movimientos (sobre todo en las «pirouettes», muy aclamadas por el público), al igual que la sincronía musical. También hubo espacio para la visión de George Balanchine, otro coreógrafo clásico que ha trazado puentes con la modernidad, en el número de conjunto «Allegro brillante» (basado en la música del «Concierto para piano n.º 3, de Tchaikovski). Los pasajes de piano sólo se fundieron de manera excepcional con el ritmo de los movimientos de los bailarines, ofreciendo combinaciones muy diversas.

Sin duda, un gran espectáculo para los amantes de la danza.

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