29 de agosto de 2010
29.08.2010

El mesías de las plantas

29.08.2010 | 14:15
El mesías de las plantas

Dicen que cuando la gente se lo encuentra por las calles de Londres y se enteran del puesto que ocupa en los prestigiosos «Royal Botanic Gardens» de Kew, ponen cara de incrédulos. Su aspecto informal, que incluye pelo largo, barba y pendiente, nada tiene que ver con el «look» de un «gentleman» inglés. Pero bien merece el título de «sir», pues Carlos Magdalena se ha convertido en toda una eminencia botánica. Ni las abejas polinizan mejor que sus mañosas manos, que consiguen la reproducción de cualquier tipo de planta que se encuentre en peligro de extinción. Quién le iba a decir a su madre, que regentaba antaño dos floristerías en Gijón, que Carlinos se convertiría en lo que es hoy.


Tampoco se lo esperaría él cuando puso rumbo a Londres en 2001. Ni siquiera Gijón se dio cuenta de que en ese momento se le estaba fugando un cerebro, que le vendría de perlas a un Jardín Botánico Atlántico que por entonces no existía. La cuestión es que Carlos emigró y floreció así un horticultor de excepción, que bien podría tener un estambre y un pistilo por manos. Sin embargo, los inicios laborales de este gijonés, nacido en 1972, se vinculan más bien a los bares de copas que a las copas de los árboles.


Antes de poner rumbo a las islas británicas, Magdalena sirvió cubatas durante varios años en distintos locales de la marcha nocturna gijonesa. Pero hay que remontarse mucho más atrás, hasta sus primeros años de vida, para conocer cómo se le inculcó a Carlos el gusanillo de las flores. Gran parte de culpa la tiene su madre, dueña de dos floristerías. Allí, un bebé, que todavía no tenía ni barba ni pendiente y apenas chapurreaba frases ininteligibles, plantaba sus primeras semillas bajo la tutela de su progenitora. Sus abuelos, por otro lado, fueron también unos buenos iniciadores para Carlos en materias de horticultura. Eran gente de campo y de su mano el pequeño Magdalena aprendió a hacer injertos y cosechar maíz y hortalizas. A pesar de que vivía en el ambiente urbano de Gijón, tenía un intenso contacto con las plantas. Incluso su padre, que era un comercial de ventas, suministraba productos relacionados con la jardinería. Así creció Carlos, rodeado de plantas y con una tremenda pasión por la naturaleza.


En el huerto que tenían su padres fuera de la ciudad construyó una pajarera donde llegó a tener más de trescientos animales. Tarde o temprano esa obsesión tendría que explotar de forma profesional. La pena es que, aunque en Gijón colaboró con los negocios de sus padres instalando jardines y acuarios y, esporádicamente, en investigaciones sobre plantas amenazadas para el Gobierno, el gran salto de su vida lo dio fuera de España por varias circunstancias. Sus abuelos fallecieron y Carlos perdió gran parte de su contacto con el medio rural asturiano, y, cuando tenía 25 años, su padre murió y su madre decidió retirarse del negocio de las plantas.


Para relanzar su carrera, Magdalena huyó a Londres. Tras un periodo como sumiller en un hotel, se enamoró del botánico de Kew en una visita y decidió pasar de oler vinos a oler flores. Se introdujo habilidosamente en los prestigiosos jardines y obtuvo el difícil diploma de horticultura de Kew. Entonces sí, su fama subió como la espuma. Se especializó en plantas acuáticas y en salvar especies en peligro de extinción. Consiguió reproducir un pequeño nenúfar africano al filo de la desaparición, y lo mismo hizo con el «café blanco» de Isla Rodrigues. Carlos es la última esperanza para muchos vegetales. Se ha erigido en el mesías de las plantas.

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