19 de noviembre de 2010
19.11.2010
 
Arte

Retablo del euro en la capilla de la Trinidad

19.11.2010 | 01:00

José Ramón Lidó Rico (Yecla, Murcia, 1968) viene avalado por un largo curriculum de títulos, exposiciones y presencia de su obra en colecciones y museos. Obra mestiza y mezclada, a medio camino entre la escultura, la performance y la instalación. No es casualidad que el artista haya colocado un vídeo donde muestra el proceso de trabajo. Se sumerge, entierra la cabeza en un recipiente de escayola, preparada con mucho cuidado hasta conseguir el espesor preciso para obtener moldes de su propio cuerpo, especialmente esa cara tapada con un pasamontañas. Aspira y resopla. El proceso de creación se muestra peligroso en sí mismo, tan peligroso como los resultados de la obra. La obra no se proyecta hacia fuera desde un inconsciente que brota y emerge al modo surrealista, sino al revés, penetra en nuestro interior desde una experiencia física apabullante y atormentada. No le teme al potente espacio barroco de la capilla de la Trinidad, perfecto para acoger esta obra, una de las más interesantes que se han medido con tan singular contenedor.


El símbolo del euro se inscribe sobre la pared como un retablo encima del primitivo altar, un símbolo entre la tierra y el cielo, escalera de Jacob, camino de ida y vuelta entre lo profano y lo sagrado. Perfecta escenificación de la sociedad de consumo, gobernada por los valores económicos. La Europa de los mercaderes. Un mercado inocente, dirán tantos desde el sentir cotidiano del dinero que suena en sus bolsillos. Pero un mercado lleno de gritos, tormentos, enajenación y dolor sin límites. El pasamontañas se convierte en símbolo de las tropas de élite, de los terroristas, de los ladrones de bancos. En el símbolo del euro, un nuevo Eldorado, confluyen pistolas, granadas de mano, monedas, libros, lanzas, teléfonos con diapasones, lingotes de oro, radiotransmisores y otros objetos inocentes y letales, que conviven con manos, trozos de cuerpos y sobretodo encapuchados que soplan, se estiran, se afanan por aspirar y expirar. Pequeñas calaveras doradas podrían hacer de joyas y pendientes, anillos para directores de banco o sellos de obispo, ajorcas y colgantes de cintura para modelos angelicales en las pasarelas del deseo. Una meditación muy barroca en época de crisis. Ahora nos enteramos de que estábamos viviendo años seguidos de dinero sin límites, ahora despertamos del sueño de la abundancia, del vivir por encima de nuestras posibilidades. Pero así pasa la gloria del mundo, así se consume la belleza y la juventud, así se pierde el seductor encanto y se llena el cuerpo de arrugas y pellejos. Tapa el cuello, que no se vean los colgajos. No sonrías, que tu boca se fruncirá como breva madura y las patas de gallo florecerán en las sienes como surcos de arado. Como el tiempo es trasfondo de la vida, así la riqueza, para Lidó Rico, no es hermandad, ni solidaridad, sino infamia, tormento, soborno, humillación y escarnio.


En hornacina inferior se agolpan personajes y por las paredes de la capilla, trepan figuras que parecen emerger y escapar de los muros. A la entrada, unas 400 calaveras en espiral contienen calaveras más pequeñas. Afortunado símbolo de las «bombas de racimo».

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