04 de mayo de 2012
04.05.2012

Recuerdos de un «gran conciliador» que dejó la impronta de su elegancia «por dentro y por fuera»

04.03.2012 | 01:00
De izquierda a derecha, en la fila superior, Alfonso Peláez, Gómez Cuesta, Guillermo Quirós, Luis Antuña, Carlos Roces, Alberto Torga, Jesús Díaz Baizán, Ángel Aznárez, José Luis Martínez, José Antonio Samaniego, Fernando Canellada; en primera fila, Javier Fernández Conde, Bardales, José Luis González Novalín, Pérez Las Clotas, José María Cabezudo e Ignacio Menéndez, en Castiello en el verano de 2007.

«Era un hombre de una exquisita educación. Si un camarero le tiraba el café de la taza, era él quien pedía perdón. Ése era Juan Ramón», explica Genaro Palacio. «Era coherente en el ser y en el estar», añade Aznárez.


Carlos Roces compartió con Clotas la primera tertulia, la del Cervantes en Oviedo, y ésta postrera de los viernes, a la que el decano acudió mientras se lo permitió la cada vez más gastada maquinaria. El pintor de los Felgueroso recuerda al Juan Ramón periodista de 1956 que deslumbraba al «Oviedín de entonces», y que era «un chaval muy pecoso, estirao, desgarbao, al que nos habían puesto como ejemplo de joven falangista». Y entonces sale a relucir el dandismo de Clotas, dibujado por Aznárez en su reciente necrológica y con el que no parece estar de acuerdo Peláez: «No le gustaba que le dijeran dandy. Le iba mejor el apelativo de gentleman». Ramón Artime, que convivió con Clotas en el Colegio Mayor San Gregorio cuando Juan Ramón ya ejercía el periodismo y él aún tenía carné de estudiante, recuerda que en aquella época «su ejemplo hizo que muchos cambiaran la corbata por el pañuelo al cuello». Tan es así, relata «Garrucho», que en el colegio mayor, a los que lucían palmito les solían decir: «Vistes mejor que Clotas». «Era elegante por fuera, pero también por dentro», concluye Cabezudo.


«Garrucho» ha sido durante décadas amigo entrañable de Juan Ramón y narrador de algunas de sus mejores anécdotas, como cuando, estando destinado en Lisboa como corresponsal, Clotas estuvo a punto de tener problemas con la policía política lusa por culpa de un intercambio de cartas con mensaje cifrado que, en plan de coña, le había remitido su afín ovetense Miguel Álvarez Buylla. Peláez, que cada viernes, después de la comida con los tertulianos, telefoneaba a Clotas para darle cuenta de los sucedidos de la jornada, y al que cabe el honor de que el último prólogo que firmó Juanra dé lustre a su libro «Droguería Asturiana», cuenta socarrón cómo una vez el maestro de periodistas «confesó que estuvo a punto de ser hijo de un payaso, ya que su madre fue cortejada de joven por Charlie Rivel, durante una estancia temporal del célebre clown en Gijón».


Las anécdotas se suceden, las sonrisas se desatan, como en una excursión a Bulnes, tras la anual visita de diciembre a rendirle pleitesía a la Santina en Covadonga. «Bajamos del funicular y el pueblo estaba nevado. Y allí se planta él, con zapatos de tafilete, inasequible al desaliento, resbalando muy dignamente sobre el hielo», rememora el médico-droguero. «No eran zapatos, Alfonso, eran botines», recrimina Antuña.


«Nos queda el recuerdo de un hombre de una gran curiosidad por todo que al hablar con él nos hacía sentirnos importantes», reflexiona el arquitecto del grupo. «Y un gran conciliador. Si alguna vez yo había criticado a alguien, él me respondía: "Pues no sabes lo bien que habla él de ti". Y tú empezabas a ver a ese persona, gracias a él, de una forma distinta».


«Al final de su vida fue un hombre afortunado porque recibió mucho cariño. Tuvo una tercera edad muy buena, se sintió apreciado, por sus amigos y por el periódico. Allí siguen su despacho y su vieja Olivetti. Qué distinto de las miserias que sufren muchas personas mayores que lo han dado todo en su trabajo y son apartadas al final de mala manera», sentencia Aznárez.


Juan Ramón ya no está, pero permanece inmenso su sereno magisterio en la tertulia de los viernes, donde cada semana se le echará de menos, como a José Luis Martínez, como a Díaz Negrete. «Nos queda la memoria, que es viuda», sentencia el notario con solemnidad de fedatario. Y el resto damos fe y alzamos la copa.

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