09 de mayo de 2012
09.05.2012

Curas que curan

Llorado por sus feligreses asiduos, por los intermitentes y hasta por los ateos, rendidos a la palabra justa

09.03.2012 | 01:00
Curas que curan

En su momento nos explicaron qué era la santidad. Al propio Bardales le tocó hacerlo en las clases de Religión que impartía en el Instituto Padre Feijoo, en aquella época mía -principios de los ochenta- en la que la asignatura de Religión se estrenaba como optativa en un Estado que se estrenaba laico en una democracia recién estrenada.


Bardales impartía clases a chicos y chicas a los que, a su tiempo, había dado la comunión, a muchos de los cuales casaría posteriormente y cuyos hijos, con el paso de los años, iría bautizando. Todo ello sin que, entre un sacramento y el siguiente, tuviésemos la delicadeza de ir a una sola de sus misas ordinarias. Si acaso, a la bendición de los ramos, acto que se hace en la explanada delantera de la iglesia de Fátima y en el que Bardales trataba de hacerse oír, megáfono en mano, entre el guirigay de abuelos embelesados, padrinos orgullosos, padres sargento, niños a su niñez y palmas a palmazos.


Nunca pareció incomodar a este buen cura el absentismo de sus feligreses intermitentes, los que íbamos de Pascuas a Ramos pero siempre para encontrar puertas abiertas, comprensión y alguna palabra de ésas que van sueltas, como desmayadas al caer, pero que luego hacen pensar y rucan. Jamás un no.


Los galones de cura obrero los ganó este hombre con muchos sudores en las chabolas de Tremañes, hasta que desaparecieron; en las confesiones comunitarias, hasta que se las tasaron; en ese olvido deliberado de las tarifas aplicables a los servicios de Dios, en la santa paciencia, en ese saber pedir a quien podía ayudar en lo que se terciase, que hasta el Partido Comunista le dejó unos bajos para improvisar una parroquia mientras le construían la nueva.


Con el paso de los años, Bardales empezó a aparecer en los papeles -en estas mismas páginas firmaba- y en alguna tertulia radiofónica, así que otros feligreses de otras parroquias pudieron calibrar al hombre justo que nosotros teníamos en la nuestra. Fue la forma en la que este bondadoso pastor, a su manera, nos ayudó a tener aún más orgullo de barrio: donde otras homilías son un truño, mira tú qué peazo ministro de Dios tenemos en la nuestra.


Para quienes tenemos fe pero andamos huérfanos de iglesia, que somos muchos más de lo que parece -y Bardales bien que lo sabía, astuto él-, estas vidas entregadas son una inspiración, conquistan y hasta curan. Curan del descreimiento ante tanta pequeñez humana campando en todas direcciones. Si la fe hace esto con algunas personas, ¿qué habrá detrás de la fe?


Quizás lo que voy a decir, en oídos eclesiales, sea una herejía porque la santidad es una cosa muy seria, que ha de ser documentada, dilatada y parida con mucha pompa y ceremonia. Pero resulta que somos incontable multitud los que tenemos alguno, varios o muchos momentos compartidos con este hombre bueno y todos fueron positivos, balsámicos e inspiradores. Pensar siempre primero en el otro, sin desfallecer ni un segundo, debe ser lo más parecido a la santidad. No recuerdo cómo la explicaba Bardales en las aulas; sin embargo, la lección de su vida, ésa, Dios mío, qué bien la hemos entendido.

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