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Viajeros entre talleres

Del poderío industrial y comercial de Gijón en los siglos XIX y XX a través de los escritos de varios forasteros que circularon por la villa en plena industrialización

De El llano a begoña. En la fotografía de la izquierda, una vista de la zona de El Llano desde los altos de Ceares, a principios del siglo XX. A la derecha, un dibujo del XIX de la fábrica de vidrios La Industria, que estaba situada en la zona de Begoña. | archivo de juan martín merino, «juanele»

De El llano a begoña. En la fotografía de la izquierda, una vista de la zona de El Llano desde los altos de Ceares, a principios del siglo XX. A la derecha, un dibujo del XIX de la fábrica de vidrios La Industria, que estaba situada en la zona de Begoña. | archivo de juan martín merino, «juanele»

J. M. CEINOS

Al socaire de la formidable crisis que amenaza con apagar los últimos rescoldos del Gijón industrial, que también arrastra al sector terciario, puede ser buena hora para recordar lo que era la villa a mediados del siglo XIX y en lo que se convirtió pocas décadas después. Una radiografía pretérita a través de los textos de quienes, con ojos forasteros, vieron el Gijón finisecular que encaraba a buen paso el siglo XX entre fábricas y talleres. La parte principal de los textos pertenecen al libro «Escrito sobre Gijón», publicado hace diez años con el patrocinio del Ayuntamiento.

En plena época romántica, propensa a los viajes por España de extranjeros en busca de aventura, el francés Émile Bégin publicó, en 1850, «Viaje pintoresco por España y Portugal», en el que dedicó las siguientes líneas a la villa cuando comenzaba su industrialización: «Gijón tiene cierta importancia comercial, artística y literaria. Su industria está compuesta por herrerías, fundiciones de cobre, fábricas de sombreros, de loza, de tejidos y otras».

Viajeros entre talleres

Viajeros entre talleres

Nueve años después, el también francés Alfred Germond de Lavigne escribió lo siguiente en su «Itinerario descriptivo, histórico y artístico de España y Portugal»: «Gijón, parador de las diligencias, es una villa de 6.200 habitantes, situada en la falda de una colina rodeada casi enteramente por el mar Cantábrico».

Como hacía pocos años (en 1856), que había entrado en servicio la línea férrea entre Gijón y Sama, el viajero francés incidía en que «el puerto es el mejor de toda la costa (...) El comercio es aquí de gran importancia; la hermosa carretera carbonera, abierta hasta Langreo por el señor Aguado (marqués de las Marismas del Guadalquivir, muerto en Gijón el día de la inauguración del vial carbonero), y ahora un ferrocarril de 34 kilómetros, traen hasta el puerto, en cantidad considerable, los combustibles minerales de esta rica cuenca minera».

Viajeros entre talleres

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En 1877, tres años antes de que entrará en producción la Fábrica de Aceros de Moreda y Gijón, que sería determinante en la industrialización de la villa, Rafael María de Labra, jurista, político y escritor nacido en La Habana española, escribió «Gijón. Una villa del Cantábrico». El libro fue reeditado en 1997 por el Ateneo Obrero y del mismo entresacamos las siguientes apreciaciones del viajero De Labra: «La industria gijonesa tiene una tradición bien modesta. Hace dos siglos la principal ocupación de los vecinos de la villa que no se dedicaban al comercio era la pesca (...) Hoy los gijoneses no pueden ser clasificados entre los pescadores (...) y los mozos de Gijón hallan ventajoso y lucrativo empleo de sus fuerzas ora en las diversas fábricas establecidas en la villa, ora en los talleres de los caminos de hierro, ora en los incesantes trabajos del muelle». Y remataba el escritor habanero asegurando que «Gijón es un pueblo industrial en el amplio sentido del vocablo; es decir, un pueblo donde los intereses materiales y la vida económica han logrado un desarrollo extraordinario».

En la relación de viajeros que dejaron sus impresiones sobre el Gijón finisecular no podían faltar los británicos. En este caso Mars Ross y H. Stonehewer-Cooper con su célebre «The Highlands of Cantabria (Las tierras altas del Cantábrico)», el libro de viajes que «abrió» los Picos de Europa a los montañeros europeos. Publicado en 1885, míster Ross y míster Stonehewer-Cooper titularon el capítulo dedicado a Gijón: «El Cardiff español», comparando a la villa con la capital de Gales, entonces una región puntera en el arranque del carbón que alimentaba las máquinas de vapor que movían el Imperio Británico.

Viajeros entre talleres

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Contaron: «Gijón es el puerto natural de las minas de carbón de Sama, en el distrito de Langreo, de donde hay una distancia de veinte millas (...) El comercio extranjero en Gijón está creciendo rápidamente en importancia. Su importación incluye maíz del Danubio y de América, madera de Noruega y Suecia, cordaje de Belfast y Liverpool, ginebra de Holanda, azúcar y sal de Cádiz, y algunas mercancías del norte de Inglaterra».

Con buenos ojos comerciales, ambos viajeros explicaban, más adelante, que «el primer artículo de exportación, aparte del carbón, son las nueces; Gijón es el primer punto de España en exportar nueces (...) Asimismo, la madera de nogal forma un pequeño artículo de exportación, pero el marcado de mantequilla asturiana, especialmente a Cádiz, Sevilla y Cuba, está creciendo rápidamente».

En otro librito reeditado por el Ateneo Obrero en 1994, titulado «Gijón 1894», se recoge la parte correspondiente a la villa que el escritor y periodista Alfonso Pérez Gómez-Nieva le dedicó dentro de su obra «Un viaje a Asturias pasando por León». Quien luego fuera ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes en la dictadura del general Miguel Primo de Rivera y Orbaneja dejó escrita su primera impresión al llegar a la villa: «El viajero que arriba a Gijón en el tren percátase de lo que es la población en cuanto se mete en el ómnibus. A ambos lados del camino descubre varias altas chimeneas de ladrillo, que arrojan columnas de negro humo, y por donde quiera, agrupados en torno de los rojos monolitos de la industria, tinglados, naves, cercas, edificios, carros que van y vienen, un pueblo de obreros».

«Barcelona, Bilbao y Gijón. Por este orden pueden colocarse nuestras tres grandes ciudades fabriles», decía Gómez-Nieva cuatro años antes del desastre de Cuba y Filipinas. Pero en 1894, para el viajero Gijón era «una villa honrada y laboriosa, que merece que en las altas esferas gubernamentales se la mire con más cariño y atención del que se le consagra. En Madrid se la cree sólo una estación de verano, y precisamente lo que menos resulta es veraniega, por lo mismo que es una ciudad con medios propios de vida».

El año del final de la Gran Guerra, en 1918, Miguel de Castro Marcos decía lo siguiente en su obra «Asturias. País de amor y tierra de fuego»: «Gijón reúne todas las condiciones apetecibles para las personas. Es gloria de Asturias, es emporio de industrias (...) Muchas fábricas, muchos talleres, mucha vida comercial, mucha alegría, mucho placer. Es una villa a la inglesa, esas elegantes ciudades londinenses (sic) que todo lo poseen, que todo lo reúnen. El espíritu gijonés es trabajador infatigable».

Ese aroma británico en el Gijón de entonces también fue apreciado en 1926 por el periodista cubano Manuel Villaverde, cuando escribió, en «Un verano en España», que «Gijón es una ciudad de aspecto inglés o norteamericano; Oviedo, situado a cinco leguas de distancia, es una población netamente, típicamente española, con arreglo al concepto general o mejor al concepto místico de lo que debe ser el españolismo de un pueblo. Parece imposible que media hora escasa de ferrocarril o quince minutos en automóvil basten para descubrir tan notable diferencia».

Por último, Enrique Lafuente Ferrari, el historiador fallecido en 1985 y que fue un referente en el estudio de la pintura española, en 1963, dentro de su estudio sobre el mejor pintor que dio Gijón, titulado «La vida y el arte de Evaristo Valle», apreció que «Gijón marcó en el siglo XIX el rumbo a una Asturias modernizada, explotadora de sus riquezas, frente al rural arcaísmo tradicional de una región aislada por el mar y las montañas. Carbón, barcos, primeras y modestas industrias, técnica importada y naciente capitalismo, ideas liberales y desarrollo desordenado».

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