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la figura de la semana massiel

La dama de Begoña

La artista, que pasó muchos veranos en Gijón soñando que un día se convertiría en estrella, volvió a la ciudad para leer el pregón de su Semana Grande

La dama de Begoña

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Susana F. SERRÁN

«Hippie» de ideas, estrella de voz y asturiana de corazón. Massiel sigue siendo, a sus 66 años recién cumplidos, un torrente de energía allá por donde pase. Difícil es destacar una cualidad o hecho de una artista que ha hecho prácticamente de todo. Sí, todos conocen el «La, la, la» con el cual arrebató al padre del pop británico, Cliff Richard, el Festival de Eurovisión de 1968. Pero Massiel es un icono de la música española que alcanza más de 20 producciones discográficas, toca el teatro y coquetea con el séptimo arte. Con su inquieto espíritu y frenesí de vida, que no se detiene ni aunque las enfermedades se le crucen por delante (la cantante sufre de degeneración macular en su ojo izquierdo), Massiel tuvo tiempo de volver a Gijón y ser la pregonera de la Semana Grande. Para ella fue un orgullo porque sigue muy unida a una tierra en la que pasó muchos veranos de infancia y adolescencia, y a la que sigue viniendo año tras año.

En la gijonesa calle Canga Argüelles vivía Concepción Espinosa Peñas, madre de la cantante. El destino quiso que un sastre de Oviedo, Emilio Santamaría, se cruzase en su camino. Del encuentro surgió un romance amoroso que desencadenó en matrimonio. La pareja se trasladó a vivir a Madrid y de la unión nació María de los Ángeles Félix Santamaría Espinosa, un 2 de agosto de 1947 (más tarde nacería su hermano, Emilio). Un profesor de ballet de origen cubano la llamaba cariñosamente «Macciel», y por eso, más tarde la joven empezó a ser conocida artísticamente como Massiel. Por aquel entonces, su progenitor había pasado de sastre a convertirse en uno de los representantes de artistas más importantes de los años sesenta. Desde su agencia en la calle Leganitos, Santamaría llevó las carreras de músicos como «Los Brincos», Karina o Miguel Ríos.

No fue de extrañar que la pequeña Massiel de entonces sintiera curiosidad por el mundo artístico, ya que cuando su padre iba a las actuaciones, ella lo acompañaba. Sus sueños de convertirse en cantante emanaron de su despierta mente muchas tardes de verano en la villa gijonesa. Su tío le construyó un tablao para actuar, y Paco el de La Cabaña de Cimadevilla le inspiró con sus canciones. Pero no fue hasta 1966 cuando rompió el hielo escénico y se estrenó en los escenarios con «Di que no». En aquellos años, España vivía la apertura económica del régimen franquista. Llegó el turismo, la minifalda y algunos se atrevieron con la canción protesta. Este primer tema de Massiel fue considerado, precisamente, una de las primeras creaciones musicales reivindicativas.

Massiel abrazó la fama en territorio español gracias a ganar el Festival de Mallorca con una canción del ovetense Manolo Díaz, «Rufo el Pescador». De 1967 es «Rosas en el mar», una canción compuesta por Luis Eduardo Aute. «Voy pidiendo libertad y no quieren oír / Es una necesidad para poder vivir / La libertad, la libertad...», clamaba una de sus estrofas. Llama la atención que Massiel, pese a provenir de una familia acomodada, fue siempre de ideas revolucionarias. En 1972 sacó un álbum el que cantó baladas de Bertolt Brecht, dramaturgo y poeta alemán prohibido por aquel entonces en España.

Conocida por un estilo con aires de la «Nouvelle vague» (o «Nueva ola» francesa) en los años setenta, y con melena negra cardada y ojos bien marcados en los ochenta, el paso de los años supuso también una evolución en la música de Massiel. La cantante pasó de las primeras rancheras a un pop marcado por su particular voz. Massiel siempre tuvo especial cuidado con su garganta, y por eso aprovechó cada visita al parque Isabel la Católica para aprovechar las hojas y hacer vahos de eucaliptos.

Si Massiel se retiró de la canción a finales de los noventa, aunque no de manera definitiva, nunca ha dejado de hablar. Mujer de «rompe y rasga», con el remango de las cigarreras de Cimadevilla, podría decirse que el potente estilo que tiene se lo debe más a su forma de ser que a su forma de comportarse sobre el escenario. Por encima de los escarceos en diversos programas de tertulianos, hay otras imágenes que analizar. Por un lado, el de una mujer comprometida, como se vio en la colaboración con el programa «Espejo público» (Antena 3) a favor de los derechos de los animales. Pero, mucho antes, el de una mujer moderna para su tiempo: en una entrevista en la cadena pública en 1973, que fue censurada, abogaba por el divorcio y se declaraba antifascista.

En la búsqueda constante de una estabilidad familiar, Massiel se casó tres veces. Del segundo matrimonio nació Aitor, nacimiento que vivió con mucha felicidad. Ahora, después de haber terminado su actuación en «Follies», el musical de Mario Gas, la artista aprovecha los tiempos libres que tiene para dedicarse a sus aficiones. Leer biografías de todo aquel que ha dejado huella, comer marisco (su favorito es el centollo) o aprovechar su estancia en Asturias para degustar sidra. Ahora que la presión del pregón ya pasó, quizá se la vea por el muro de Gijón haciendo lo que más le gusta: pasear a su perro «Lenin».

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