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Los pilares de Gijón

El hombre que decía «la mar no guarda fiestas» (I)

Melitón González García, empresario y naviero, participó activamente en el desarrollo económico del Gijón de mediados del XIX

El hombre que decía «la mar no guarda fiestas» (I)

El hombre que decía «la mar no guarda fiestas» (I)

Francisco Prendes Quirós

El Gijón expansivo de mediados del siglo XIX creció sobre tres pilares: la industria, el comercio y la navegación. Y esos pilares fueron arrastrados y colocados en posición de despegue por la fuerza del Ferrocarril de Langreo, inaugurado en 1852.

Dentro del ramo de la navegación brillaron con luz propia, entre otras, las casas de Melitón González primero, y la de Oscar de Olavarría, después; dentro de la industria local, por sobre todas, la casa de Anselmo Cifuentes, presente en todos los frentes, y la de Domínguez Gil, algo en la industria y mucho en la innovación mantequera; en el comercio, destacaron las de los mil Alvargonzález, que en esta villa han sido, y destacó la de Eduardo Martínez Marino y López, cuñado liberal del Olavarría republicano. Todos ellos, navieros, industriales, comerciantes, compaginaron con mayor o menor intensidad su dedicación empresarial con una fuerte vocación política, que en repetidas ocasiones les llevó a la casa consistorial, pero también a la Diputación Provincial y al Senado, en menor medida al Congreso de los Diputados...

El hombre que decía «la mar no guarda fiestas» (I)

El hombre que decía «la mar no guarda fiestas» (I)

Brilló durante años con luz propia, aunque hoy sea prácticamente desconocida, la firma naviera de Melitón González García, «Melitón González y Cª», que contó con capitales procedentes de «las américas» hechas por conspicuos gijoneses, como los Pola o el opulento Manuel Prendes, natural de una aldea de Perlora, y también con la presencia de gijoneses de solera como Manuel Velasco, Epifanio Alvargonzález, Bernardo de la Rionda, o Atanasio Fernández Luanco.

La casa donde Don Melitón tuvo su escritorio, casa como de campo que contaba con huerta, cochera y bodega, se situaba dentro de la vasta propiedad que le correspondió al naviero en la división que hizo con Ramón Pelayo de la histórica propiedad «Las Figares», que perteneció al Justo gijonés Gaspar Melchor, que fue a en una sola persona padre y madre de este pueblo, y que ambos adquirieron de los herederos de Domingo de la Fuente, el criado/mayordomo/apoderado de Jovino.

Al prolongado esfuerzo de desarrollo y crecimiento que la villa emprendió sobre la mitad del siglo XIX, contribuyó muy directamente Melitón, porque el inicio del «estirón» coincidió con su regreso de Cuba. De allende los mares, trajo un regular capital. Para él, acostumbrado a las «jornadas» cubanas, no hubo fiestas de guardar. «La mar no guarda fiestas, ni respeta vidas», solía repetir el naviero en la pequeña dársena, o en el café «Suizo», cuando aguardaba con alguno de sus socios el regreso ansiado de la nave que se había visto en peligro. Por eso contribuía con 100 o 200 reales en cada suscripción abierta en la villa para paliar la desgracia de huérfanos y viudas de los marineros arrebatados por los golpes de la mar. Sufrió, muy particularmente Melitón con la desgracia del joven capitán Nicanor Piñole, que en 1878 dejó testimonialmente su vida en el puente del «Asturias», el vapor más querido de su pequeña flota. Con su viuda, Doña Brígida, mantuvo hasta su fallecimiento excelente relación y al niño Nicanor Piñole le dedicó atenciones y cariños de padrino. Por esta mala fortuna, se dio la curiosa circunstancia de que Melitón tuvo estrecha relación con dos niños que serían los pintores emblemáticos de Gijón y Asturias: Nicanor Piñole, como hijo del joven capitán muerto; y Evaristo Valle, como sobrino carnal que fue de su esposa...

Había nacido Melitón dentro de modesta familia en lo alto de la parroquia de Ceares, en el año 1821. Cuando contaba apenas ocho años fue enviado por sus padres a Cuba para que allí probara «fortuna». Y la hizo; y la hizo pronto, porque en 1852 ya estaba el arrogante Melitón González de regreso en su Gijón natal, muy desenvuelto con sus aires americanos y el adorno de la regular fortuna limpiamente ganada en la Isla; en octubre de ese año, adquiere su primer solar, entre las calle de Corrida y Moros.

La mar, los barcos y los solares, que no dejó de comprar en Gijón, y las caserías que adquirió por las parroquias, amén de su esposa, hijos y demás familia, fueron las grandes pasiones de la vida de Melitón.

En el solar adquirido en octubre de 1852 a Dionisio Acebal Laviada, de casi doscientos cincuenta metros cuadrados, a la altura de la Fuente Vieja, -como sobre hoy «La Playa»-, levantó su casa familiar, la que a lo largo de seis años, de 1858 a 1862, vio a nacer a los tres hijos que tuvo con su esposa, Carmen Fernández Suárez-Quirós: Carmen, en noviembre de 1856, que casaría dos veces, primero con su tío, el comandante graduado de Coronel Anselmo Suárez Quirós, y en segundas con Florencio Rodríguez, el fundador del Banco de Gijón. De este segundo matrimonio de ambos contrayentes nacería el famoso, tanto por su fortuna como por sus cualidades personales, «Pepín» Rodríguez; Francisco, que no nació «bueno», en abril de 1858; y Felisa, en febrero de 1862, que casó con Manuel de la Cerra Pérez.

La esposa de Melitón pertenecía a la sociedad tradicional gijonesa. Era hija de un propietario de Llanes, Francisco Fernández Onieva, y de Benita Suárez Quirós, descendiente de la casona de los Quirós, de Logrezana. Su hermana menor Marciana, fue la madre de Evaristo Valle. También fueron hermanos de Carmen, el brigadier Anselmo, que casaría con su hija Carmen; José María, que fue Cónsul de España en distintas capitales, e Isidoro, artista pintor, que obtuvo plaza de profesor de dibujo en la Escuela de Artes y Oficios.

En la casa, como solariega, de «Las Figares», pretendió esperar Melitón la construcción, que nunca llegó, de la dársena del Humedal, que habían proyectado socios e ingenieros del Ferrocarril de Langreo.

En aquella vastísima propiedad que ya no estaba como en 1810 a las afueras de Gijón, sino el vértice de su crecimiento industrial, vivió Melitón con su esposa a la vieja usanza... Bien a la mano, su gran bodega; no lejos, una espaciosa cuadra-cochera, donde gobernaba Fausto, el mayoral, para su mal, muy amigo de visitar la bodega de la casa y «probar» en las espichas de las aldeas; no lejos de la cochera, la amplia huerta, suficiente para aprovisionar la cocina de la casa, y las cocinas de no pocos amigos. En la huerta mandaba «Casquitos», el hortelano. Pancho de nombre y natural de Coaña. Viejo carlista, que hiciera prisionero en la guerra del Norte, Don Anselmo.

En la propiedad, no lejos de la cochera y a la vista de la casa, dando frente a lo que hoy son las calle Libertad y Langreo, se mantenían en pie con alguna dificultad sendas hileras de casuchas obreras, (quizá de los primeros patios obreros). Dos «barrios» decían en la casa, habitáculos casi infectos, casi en ruinas, casi inhabitables, que administraba y sostenía milagrosamente en pie un dependiente de Don Melitón, con algo de números y algo de construcción, llamado Francisco León, antiguo herrero, forzudo, triste y silencioso, que en .868 figura alistado entre los «Voluntarios de la Libertad», que nacieron cuando la explosión de la Gloriosa Revolución de Setiembre...

El desarrollo de la «casa naviera» de Melitón González García será objeto de otro capítulo de estos pilares de la villa, como si los fueran los pinos sobre los que se apoyaron las edificaciones que se levantaron en los humedales locales.

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