09 de febrero de 2018
09.02.2018

Hacer volar drones, recoger piñas y soltar tortugas, prohibido en Isabel la Católica

El plan de uso y gestión del parque tampoco permite esparcir restos de incineraciones ni celebrar conciertos y actuaciones "que generen ruido"

09.02.2018 | 03:28
El parque de Isabel la Católica, con la estatua de la reina en primer término.

En el interior del parque de Isabel la Católica no se podrán utilizar drones ni hacer volar cometas, ni recolectar piñas, frutos y plumas de aves. Estará prohibido también el enterramiento de animales de compañía o esparcir restos de incineraciones. Se penalizará a quienes liberen animales de cualquier especie en todo el recinto y se llevará a rajatabla la prohibición de conciertos y actuaciones "o cualquier otra actividad que genere ruido".

Son algunas de las prohibiciones que contempla el plan de uso y gestión de este espacio verde gijonés, recientemente aprobado por decreto de Alcaldía, en el que se muestra también preocupación por una práctica nociva, como es la costumbre de algunos ciudadanos de desprenderse de tortugas que han adquirido con un pequeño tamaño pero que al crecer las depositan en este parque, lo que puede alterar el ecosistema de este espacio protegido.

Según señala el plan municipal, es preciso proponer y en su caso adoptar y colaborar con medidas de control o erradicación de las especies faunísticas exóticas invasoras detectadas así como un seguimiento de las mismas. La medida se refiere en primer lugar a la tortuga de Florida, una especie de la que se suelen retirar del parque unos setenta ejemplares al año. Pero no sólo: también al cangrejo rojo que han colonizado los estanques.

Usos autorizables

Pero no todo son prohibiciones. El plan de uso y gestión relaciona también qué está permitido sin restricción alguna y qué usos son autorizables. En el primer caso, destaca la utilización de la zona de solárium con lugar de descanso y picnic; las actividades fotográficas y de grabación de imagen y sonido; la circulación en bicicleta pero solo por el carril bici que bordea el parque y en las zonas establecidas para tal fin; el paseo con perros y cualquier animal de compañía "debidamente sujetos con correa"; o la observación de aves y censos de aves migratorias por parte de grupos de interés.

Respecto a los usos autorizables, se autoriza cualquiera actividad relacionada con fines científicos, si bien los investigadores deberán comunicar los resultados de la investigación "y remitir una copia de los estudios y las publicaciones que realicen al Ayuntamiento". Se autorizan visitas e itinerarios escolares y la organización de eventos de pequeña entidad "que no generen ruido ni produzcan daños o deterioros en cualquier elemento físico o natural del parque".

El nuevo documento de gestión de este singular espacio natural de Gijón propone también una serie de medidas que tienen como fin su mejora y un mayor conocimiento de sus recursos por parte de la ciudadanía. Por ejemplo, la recuperación ambiental de los estanques, en franco deterioro, los cuales se reclama poner en valor "por su importancia como refugio de aves invernantes acuáticas"; el uso de la pista polideportiva, actualmente en desuso, para albergar un edificio-invernadero para exposiciones; o la edición de un plano guía informativo y divulgativo.

"El parque más representativo de Gijón", como relata el plan de uso y gestión de este espacio incluido en el Patrimonio Cultural de Asturias como uno de los dieciséis jardines históricos de la región, tiene como mayor singularidad un extenso arbolado de especies exóticas y dos lagunas que acogen una importante población de aves acuáticas domésticas e invernales.

El recinto verde y pulmón de la zona este de la ciudad comenzó a construirse en los años cuarenta del pasado siglo para solucionar el problema de salubridad pública que ocasionaban las marismas del río Piles antes de su encauzamiento. Como recuerdan los gijoneses más veteranos, los terrenos pantanosos se convertían cada verano en un hervidero de mosquitos, además de proliferar malos olores que convertían a esa zona de la ciudad en un lugar impracticable.

Hubo que desecar las charcas mediante rellenos y plantar suficiente arbolado para proceder al saneamiento integral del entorno. De esa época quedó lo que los gijoneses llaman popularmente el "estanque de los patos", de siete mil metros cuadrados de superficie y 0,8 metros de profundidad. Las obras concluyeron en el año 1967.

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