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Pelayo era playu (y II)

La consolidación de la monarquía asturiana conlleva el languidecimiento del cantón gijonés, pese a tratarse de una poderosa plaza fuerte, como si del mar sólo pudieran venir peligros e invasiones

Paseantes que ingresan en la plaza Mayor por el arco que da a la estatua de Pelayo, junto al muelle.

Paseantes que ingresan en la plaza Mayor por el arco que da a la estatua de Pelayo, junto al muelle. JUAN PLAZA

Tras la batalla, el gijonés Pelayo es proclamado Rey, pues al fin y al cabo su caudillaje ha sido artífice del triunfo, pero no deja de ser un intruso, pues pertenece a otro pueblo, y los cántabros a los que ha llevado a la victoria no son gente de "los suyos". De ahí que haya de obtener su legitimidad a través del matrimonio de su hija Hermesinda con Alfonso, hijo del Duque de Cantabria, lo que debió de abrir expectativas de sucesión en él.

Por eso tras ser sucedido el gijonés Pelayo por su hijo Favila el asunto, nunca del todo cerrado, se plantea de nuevo. La muerte de Favila es enigmática, y la referencia a un oso como su matador puede ser un recurso metafórico para eludir que la monarquía asturiana se asienta sobre un crimen originario: fue a Favila a quien cazaron como a un oso. ¿Quién sucede al hijo de Pelayo? Estaba cantado, como en los viejos guiones policíacos: el hijo del Duque de Cantabria, Alfonso, el yerno de Pelayo, cuñado por tanto de Favila. En una monarquía de varones es tanto como cortar de un tajo la estirpe de Pelayo (aunque luego renacería y empezaría una alternancia).

¿Influyó esa aversión a Pelayo y lo que representaba en el traslado de la corte a Pravia, cuatro décadas después? Se trata de un movimiento estratégico de primera importancia, un cambio geopolítico en la historia de la monarquía asturiana, que desde sus primeros tiempos había abierto las alas hasta abarcar a los pueblos vascos y galaicos, pero a duras penas mantenía su cohesión. El traslado a Pravia saca la corte del territorio cántabro y la sitúa en territorio astur, más aún, en territorio de los antiguos pésicos, un poderoso pueblo que algunos sitúan en pié de igualdad con los astures, y no integrado en ellos. Su vieja capital, Flavionavia, estaba, al propio tiempo, en el punto final de uno de los ramales de la ruta de la Mesa. Por tanto el traslado de la corte a Pravia tiene mucho sentido. Sin embargo no deja de ser llamativo que se pase de largo por Gijón, con su poderosa plaza fuerte. ¿Carecía Gijón de importancia "política", digámoslo así, con vistas a reforzar la integración entre pueblos, por su tradición cantonal y un tanto aislacionista?, ¿se deja a un lado la cuna de Pelayo, el fundador de la Monarquía, pero luego expurgado dinásticamente de ella?, ¿o se desprecia un cantón, una gran boca abierta al mar, que ninguna función tiene que cumplir para un destino muy terrestre, el propio de los Ástures, y aún, si se quiere, de los herederos, reales o fingidos, de un pueblo germánico? Del mar, desde ese punto de vista, sólo pueden venir peligros e invasiones, para empezar la de los propios árabes contra los que ahora se lucha. Definitivamente Gijón no conviene para nada, consideradas de forma conjunta todas las razones. A Pravia, pues.

Lo cierto es que la consolidación y reforzamiento de la monarquía asturiana representa, se mire como se mire, el languidecimiento del cantón gijonés. Al propio tiempo con Alfonso II aparece una capital del Reino con grandes pretensiones, Oviedo, en el centro del territorio y con potencia telúrica. Se trata de un hecho determinante para la historia de Gijón, a partir de ese momento signada por su dialéctica con la capital, que supo serlo desde entonces no sólo de la administración y el poder, sino también a través de otra forma sutil de dominación: la de los textos escritos.

La monarquía asturiana gesta en su interior diversas querencias, que componen su modo de ser. Una de ellas es su afán de encontrar una legitimidad en el pasado gótico, del que se piensa sucesora, y a través de prácticas imitativas llega en verdad a serlo. Otra es una cierta voluntad genesiaca, como si la historia empezara con ella. Parecen contradictorias, pero así es el carácter de las personas y los pueblos. Es una monarquía inaugural, aunque reclame para sí nobles antecedentes. Su singular arquitectura bien puede ser la expresión sintética de esas dos voluntades. La misma construcción de una historia propia, artificiosa y legendaria, a la medida de su gusto -una historia virtual- es un signo inequívoco de autogeneración. ¿Hay mayor proeza genesiaca que crearse con una historia a la medida? Todavía hoy, para muchos, Asturias comienza con la Monarquía asturiana, que sin duda es un episodio crucial en la historia de España, y tal vez de Europa; pero también lo fueron otros, como las guerras de astures y cántabros contra Roma, o la gesta del pueblo astur manteniendo signos de vida por debajo de las diversas dominaciones (romana, goda, musulmana, neogótica), y marcando incluso, malgré eux, los designios profundos de los monarcas asturianos: Alfonso III, el último de ellos, define el limes de su reino con un conjunto de fortalezas al norte del Duero, más o menos siguiendo la frontera sur del antiguo pueblo astur. Como si algo en su interior le dijera: hasta aquí hemos llegado, misión cumplida.

A las palabras, igual que se dice de las armas, las carga el diablo. Pelayo era pelágico, marítimo, como su ciudad. Pelayo era playu, cabría decir, siguiendo con el juego. Sin embargo se ve envuelto en una gesta que la leyenda -o sea, su entidad real como tal gesta- quiere telúrica: logra su victoria entre montañas, al pie de la más sagrada de todas, metido en su útero-cueva, y, para reduplicar el simbolismo, la faena victoriosa es rematada con un estornudo de la madre tierra, un derrumbe o argayu, que sepulta a los moros fugitivos. ¿Hay quien de más en telurismo? También desde este punto de vista Pelayo era un intruso, y fue expulsado. Sin embargo el pelágico o pelagiano Gijón nunca lo ha repatriado de veras, ni aún hoy le ve como un insigne hijo suyo. Un destino trágico, lo que no deja ser propio del perfil del héroe.

Los textos corresponden en su práctica totalidad al capítulo 5 de "El cantón milenario", prólogo del autor al libro sobre Gijón, de igual título, publicado por el Ayuntamiento de Gijón en 2003).

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