02 de junio de 2019
02.06.2019
Las tertulias de Fomento

Siete de cada diez niños valorados con alta capacidad son varones, según los expertos

Los casos en niñas son "difíciles de detectar" y "acaban con problemas de ansiedad" porque "intentan esconderse y no llamar la atención"

02.06.2019 | 00:52

Un niño con "necesidades educativas especiales" es, a ojos de muchos, un pequeño al que le cuesta algo más estudiar. Se suele asignar este concepto a alumnos con autismo, síndrome de Down o diversidad funcional, y, por lo general, a los que les rodean suelen inspirarles un sentimiento de lástima. Por el contrario, los llamados niños "con altas capacidades", mal denominados "superdotados" por muchos, suelen ser envidiados por el resto de compañeros y padres, convencidos de que este rasgo no es más que una gran suerte. Madres de la Asociación de Padres de Alumnos de Altas Capacidades del Principado de Asturias (Apadac), con su sede principal en Gijón (otra en Oviedo y con la firme intención de abrir otra pronto en Mieres), visitaron esta semana la redacción de LA NUEVA ESPAÑA de Gijón para explicar por qué sus hijos también tienen necesidades educativas especiales y cuáles son las trabas con las que se encuentran en el sistema.

Qué es. El primer escollo es la propia definición del grupo; los niños con altas capacidades suelen ser denominados superdotados. "La superdotación entra dentro de la alta capacidad, pero solo un porcentaje muy pequeño lo es; exige destacar según unos criterios determinados en todas las áreas de la inteligencia. Es un término que casi nunca se utiliza bien", explica Luz Luna, profesional contratada de la asociación asturiana y madre de dos niños con altas capacidades. Por su parte, Irela García, actual presidenta de la asociación, definiría la alta capacidad como "un potencial que se convierte en talento a base de trabajo". "Sin embargo, una persona sin este rasgo puede desarrollar también talento, y una persona con alta capacidad puede no hacerlo si crece, por ejemplo, en un entorno en el que no se fomenta su desarrollo. Es un mundo de grises", matiza, y recuerda que, ante todo, la alta capacidad es un simple rasgo genético, como el color de los ojos.

Otro mito: un niño con altas capacidades no tiene por qué sacar siempre buenas notas, ni suele destacar, de hecho, en todas las asignaturas. "El talento académico es otra capacidad, pero no está presente en todos los casos. Si obtienes muy buenas notas, es porque eres el que más rendimiento has sacado al temario que se te ha puesto, pero no tienes que ser el que más sabe. Al menos, no necesariamente", matiza García.

La falta de visibilidad del colectivo, según las madres, se debe a que la sociedad actual tiende a destacar más las aptitudes de los estudiantes que se manejan bien en el apartado científico-tecnológico (tengan alta capacidad o no) que los talentos que se inclinan más hacia lo creativo y el lenguaje, que acaban por ser relegados. "Es complicado, porque un niño con altas capacidades lingüísticas ni siquiera tiene por qué sacar buenas notas en Lengua. Su forma de procesar las cosas es más amplia, y no se mide solo con el rendimiento académico", concreta la presidenta.

La importancia de los informes. Debido a todos estos matices, los padres que sospechen que sus niños puedan tener altas capacidades deben solicitar un informe que lo avale para, después, poder exigir que en el aula se tengan en cuenta las necesidades educativas del pequeño, que en algunas asignaturas podrá, por ejemplo, aprender conceptos que no formen parte del temario general o participar en excursiones y talleres fuera del programa lectivo que le estimulen y ayuden a crecer. El escollo es que hay dos tipos de informes: el que realiza la Administración pública y el que se puede contratar a un organismo privado, pero solo el primero es válido de cara al ámbito educativo, al menos, en los colegios e institutos públicos. Los privados, explican, se rigen por su propia sistema -pero si el pequeño cambia de centro tendrá que empezar de cero-, y los concertados deben redactar un informe público, pero suelen tener en cuenta el privado para hacerlo.

El documento oficial lo realiza, por lo general, el equipo de orientación del centro en el que esté matriculado el pequeño. Problema: no todos los orientadores son psicólogos clínicos, por lo que el nivel de formación de cada uno varía y hace que, a veces, su criterio discrepe del de los padres y del de los profesionales de la privada. "A veces parece que la gente piensa que pagamos a un profesional para que nos dé la razón", lamenta Cayuela.

Al depender de Educación, además, el documento solo se remite a este apartado. "Cuando los contratamos por nuestra cuenta también se estudian aspectos del comportamiento social y familiar del niño, que son muy importantes", matiza la presidenta, aunque reconoce que desde la asociación recomienda siempre pedir el informe público al ser el único válido en el ámbito escolar, "que al fin y al cabo es donde los niños pasan buena parte de su tiempo". Critica, eso sí, el retraso habitual de la burocracia. "En muchos casos, los padres esperan todo un curso para que les den respuesta. Si tu hijo tiene problemas, esos meses se te hacen eternos", comenta.

Por otra parte, si uno u otro informe ratifica que el pequeño en cuestión sí tiene alta capacidad (o cualquier necesidad educativa), la asociación recomienda que los padres destierren el uso del término "diagnóstico" y adopten el de "evaluación". Si no lo hacen, consideran, acabarán por alimentar los calificativos que tradicionalmente se asocian a su colectivo. Lo habitual es que si el informe da positivo en alta capacidad les digan a sus padres que han tenido mucha suerte, mientras que si se ha detectado problemas en el aprendizaje el comunicado inspirará compasión. "Hace creer que unos niños son mejores que otros e invisibiliza los riesgos de los que tienen altas capacidades; ambos tienden a desarrollar problemas de adaptación y socialización similares, pero parece que unos preocupan menos", explica la presidenta del grupo.

Al hablar de "diagnóstico", además, se acaba por patologizar a los pequeños, que deberán arrastrar desde entonces un estigma que no tiene por qué estar relacionado con una enfermedad, ni mucho menos. "Hay un gran problema con las etiquetas en este mundo, pero lo cierto es que las necesitamos de cara a la Administración. En vez de renunciar a ellas, podemos hablar de alta capacidad con normalidad y no verlo como algo raro", completa García.

Ámbito educativo. Desde los 2 o 3 años y hasta alcanzar la mayoría de edad, los jóvenes se pasan la mayor parte de su tiempo en clase, en actividades extraescolares y haciendo deberes. Por ello, que el pequeño se sienta a gusto en su aula y con sus profesores es para sus padres poco menos que un requisito imprescindible. Y el problema es que las familias no tienen forma de prever ni cómo se adaptará su hijo a una clase nueva ni cómo se tomarán los profesores, junta directiva y orientadores la noticia de un nuevo alumno con alta capacidad. "Al final dependemos casi por completo de cada profesor. Puedes matricular a un niño en un colegio porque una amiga te dice que se portan muy bien con las altas capacidades y que al final tu hijo acabe en el grupo B y no el A, y que el tutor del A sea estupendo pero el de la B no acabe de empatizar", ejemplifica Luna.

El grupo considera que una regulación "en condiciones" sobre la educación de este tipo de alumnos solventaría en parte el problema. Luna explica que a nivel estatal estos menores sí están reconocidos, pero que esa diferenciación no acaba de aplicarse con medidas concretas en las comunidades autónomas. "Ya no es que cada profesor se comporte de una manera distinta, que también, sino que no hay ningún tipo de regulación autonómico sobre alta capacidad para poder unificar el trato", completa.

Otra de las soluciones propuestas por las madres es ampliar la formación sobre altas capacidades en las facultades de docentes, ya que en la actualidad, aseguran, se limita a "un apartado en un tema de una de las asignaturas de toda la carrera".

El cambio de Primaria a Secundaria tiende a sumar más obstáculos, según las expertas, porque los pequeños pasan de tener un único tutor a recibir clases de una decena de profesores distintos, uno por cada asignatura. "Además les puede tocar un profesor de Matemáticas, por ejemplo, que estudió sobre el tema pero no tiene formación en pedagogía, así que solo se preocupa de dar el temario correctamente", asegura Montse Cuervo, otra de las madres adscritas a la asociación. "Luego a veces tienes golpes de suerte. Mi hija ahora está con una profesora que, en un grupo de 23 alumnos, le ha hecho a ella un cuaderno personalizado haciéndole preguntas y lanzándole ideas que motivan mucho su creatividad. Casi está haciendo más de psicóloga que de profesora; es un regalo", añade Marimar Cayuela, también integrante del grupo, que aclara que esta docente en concreto acudió de forma voluntaria a cursos específicos sobre este tema. "Como no está reglado, los profesores a los que sí les interesa empatizar con niños como mi hija tienen que formarse por su cuenta, tirando de su tiempo libre y de su propio bolsillo", aclara.

De un centro educativo a otro, según el grupo, también difieren mucho los orientadores. Las madres explican que sus hijos necesitan que esta figura la ejerza un psicólogo clínico, pero que no todos los colegios cuentan con uno. Independientemente de la formación, añaden, muchos centros "comparten" al orientador -dependiendo del día de la semana está en un colegio o en otro-, que por lo general sufren de una interinidad muy volátil. "En muchos centros cada curso hay un orientador nuevo, y estos casos necesitan trabajo y constancia. Incluso en los casos en los que encuentras a un orientador que toma en serio a tu hijo y empieza a trabajar con él, al curso siguiente ves que tienes que volver a empezar desde cero", comenta Luna.

El matiz de género en la alta capacidad: las niñas se esconden. Las madres explican que, por experiencia, saben que los niños con altas capacidades son más fáciles de reconocer porque por su carácter masculino tienden a exteriorizar más sus pensamientos. "No es raro que un niño le diga a otro que él se considera el más listo de la clase, pero la niña que se crea así va a intentar esconderse y no llamar la atención", concreta Luz Luna. "También es más fácil que si el chico tiene problemas su familia se anime a pedir una valoración, pero el perfil de niñas con altas capacidades viene acompañado de una inteligencia emocional distinta; son más sociables, se camuflan, no se comportan de ninguna manera que pueda llamar la atención", matiza García. "Ellas intuyen que tendrán menos problemas si se esconden", añade.

Como ellos son más dados a hablar abiertamente de sus pensamientos, también tienden a provocar más rechazo entre sus compañeros, así que pronto la familia del pequeño o el profesor de la clase se dará cuenta de que algo falla. Ellas lo hacen al revés: se muestran más abiertas y socializan mejor, pero lo hacen "a costa de su propio ser", según explica Luna, y acaban desarrollando problemas de somatización, que podrían ir desde irritaciones de piel y alergias hasta dolores de estómago y de cabeza y trastornos de ansiedad. La asociación, de hecho, asegura que de cada diez niños registrados como alumnos de alta capacidad siete son varones. "Y eso, claro está, no quiere decir que haya menos niñas con las mismas características; simplemente, pasan desapercibidas y no desarrollan tanto su talento como sus compañeros", lamentan las expertas.

Las familias también deben aprender. Desde la asociación animan también a los padres a formarse sobre la alta capacidad. En muchos casos, las "pistas" de que un niño entre dentro de este grupo pasan desapercibidas hasta que se convierten en un problema. Si el pequeño es muy inquieto, no se verá como algo extraño hasta que empiece a dar problemas en clase; si su forma de expresarse y pensar es distinta, no llamará la atención hasta que deje de interesarse por las asignaturas que no le gusten y su rendimiento académico baje. "Escuchar todos los días lecciones durante seis horas es tedioso para muchos alumnos, pero para los de alta capacidad tiende a ser peor. Muchos acaban por abstraerse y pensar en otras cosas, y los padres y profesores tienen que saber interpretar eso", resume García, que asegura también que en muchos casos garantizar un entorno familiar motivador y sano es más prioritario que asegurarse de que el pequeño estudie un temario académico más extenso que el del resto de compañeros. "Si el crío crece en un ambiente favorable a su desarrollo, va a buscar información y aprender por su cuenta. Solo hay que animarle a que lo haga", sentencia la presidenta.

Apadac atiende actualmente a casi 800 familias y se encarga de asesorar en las tareas administrativas, en la formación de los padres y en la promoción de talleres infantiles para fomentar la creatividad de los pequeños. "Lograremos nuestro cometido cuando dejen de mirar a nuestros hijos como gente con suerte que tiene el futuro asegurado", recalcan.

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