18 de agosto de 2019
18.08.2019
Feria Taurina de Begoña

Cumbre de Morante, que honra el toreo al natural

"El Juli", con su balsámica muleta, corta dos orejas, y Pablo Aguado emborrona con la espada una faena de puro temple

18.08.2019 | 01:36
Cumbre de Morante, que honra el toreo al natural

Las manchas en la playa de San Lorenzo, la depuradora del Este, el plan de vías, los grados de Deporte y Bellas Artes, la residencia universitaria, los arreglos de fachadas, el deterioro de Cimavilla -origen de todo lo demás-, la suciedad de las calles con la zona cero en la aberración de Marqués de San Esteban, las trifulcas en la zona de Fomento, la contaminación en la zona Oeste, las entidades sociales cobrando tarde, mal y nunca, el turismo de bocadillo y hasta la limpieza de El Molinón. ¿De verdad que tienen tiempo de preguntar por la feria de Begoña que permite ingresar al Ayuntamiento más de 60.000 euros al año por ocupar El Bibio una semana y de donde ayer salieron extasiadas más de 6.000 personas? Demencial. Los taurinos, en cambio, sienten compasión por aquellos cuya sensibilidad no alcanza para vibrar como ayer propició Morante de la Puebla con una obra cumbre de toreo al natural. Una corrida en la que "El Juli", con su poderosa y balsámica muleta, y el puro y templado toreo de Pablo Aguado, pese a la espada, ayudaron a inmortalizar en las retinas de miles de aficionados que cantaron olés por la libertad.

Todo ocurrió en el cuarto. Segundos antes, Morante de la Puebla dio la orden de regar el ruedo. De hecho, dentro de su genialidad -siendo benevolentes- dio hasta indicaciones de dónde y cómo había que echar el agua. Al menos, no le dio por coger la manguera como otras tardes. Mereció la pena. Lo que parecía que iba a ser una faena de probaturas y con bronca épica se tornó en obra magna. Dos naturales de bello trazo hicieron sonar el concierto de Aranjuez. Soberbia combinación. Llegaron luego otros tres naturales excelsos. Pequeñas píldoras de toreo puro, de mentón hundido, encajado y todo su cuerpo toreando a compás. Eso, ya de por sí valía la entrada.

De pronto, gracias a la suavidad y el temple del trazo de los vuelos de la franela, el toro de José Vázquez pareció revivir y querer acoplarse a la frágil muleta de Morante. Llegó entonces la eclosión. Excelsos naturales, largos, de mano muy baja y un gusto exquisito que comenzaban a erizar la piel al público. Seis pases con la mano desmayada, a cámara muy lenta, fueron de antología. Morante dio esa tanda con todo el cuerpo y también con el alma. Encima, el tío se los pasa muy cerca del fajín. Sin ventajas. Pura verdad. Y la pierna echada para adelante.

La emoción recorrió cada rincón del coso, que llevaba años, demasiados, esperando la llegada de las musas para ver en plenitud al torero de Puebla del Río. Desde su debut en 1998 saliendo en hombros, concretamente. Tal fue la inspiración que los olés se hacían más largos, acompañando el sosegado vuelo de la tela. Las trincheras y kikirikís de remate ya levantaban al público de sus asientos. Los ayudados por alto sirvieron en bandeja de plata una revolución de pasiones que alcanzó su cénit en una soberbia estocada en toda la yema que tiñó de blanco los tendidos. Hubiese sido bonito que asomasen a la vez los dos pañuelos. Pero llegaron las dos orejas, que es lo que importa. O no. Qué más da después de la borrachera de toreo al natural que sirvió Morante.

Fue la de la suya una tarde completa. Ya en el abreplaza dejó momentos de pureza, como en sus doblones de inicio con la muleta, que empapó con agua de su botijo. Puso gusto exquisito en una tanda por el izquierdo que emborronó el acero. Morante qusio toda la tarde.

Pablo Aguado aportó su granito de arena para la sobredosis de toreo al natural. De pureza. Llegaba el sevillano con ambiente después del éxtasis en la Maestranza. Sus compañeros tenían la Puerta Grande asegurada y no podía quedarse atrás. Salió con decisión en el sexto -después de no tener suerte con el descastado tercero que, para colmo, le dio una paliza al entrar a matar- y dibujó unas primorosas verónicas. Se quejó al presidente al pensar que el toro estaba reparado de la vista, pero lo cierto es que el animal sacó su buen fondo y lo aprovechó Aguado con la franela en la mano izquierda. Posee este joven torero de Sevilla una muñeca prodigiosa y agarra con las yemas de los dedos las telas. Tanta torería, gusto y temple en unas mismas manos es un "rara avis" en los tiempos de las chicuelinas y manoletinas a granel. Se sucedieron las tandas al natural, de cinco y hasta seis muletazos a cada cual con mayor empaque y profundidad. También largura. Una tanda rematada con un farol, el de pecho y un desplante sirvió para que El Bibio fuese testigo que Pablo Aguado va en serio en la profesión. Y además, sin música. Los apasionados olés arroparon de sobra su labor que, de nuevo, emborronó con los aceros. "Matar, qué palabra más fea", decía Curro Romero. Pues eso.

A la fiesta se había sumado también "El Juli" en su plaza talismán. Su muleta poderosa y balsámica para meter en el canasto a los toros se vio clara en su primero, al que mejoró su embestida. Lo llevó cosido por el pitón derecho en tandas notables y también hilvanó con acierto por el derecho. Le recriminaron su colocación desde el tendido y "El Juli" respondió con un "estoy donde me da la gana". Para explicarlo dio una arrebatada tanda por el derecho. Con el público entregado, solo la espada le privó de dos orejas. Ese doble trofeo llegó en el quinto, protestón. El mando medicinal de "El Juli" volvió a llevarlo por el sendero de la embestida gracias a dejarle siempre la muleta en la cara. También al natural puso arrojo en su labor y esta vez se tiró con más verdad a matar, logrando el triunfo que buscó toda una tarde para el recuerdo. Y que nos dejen en paz.

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