19 de agosto de 2019
19.08.2019
Feria Taurina de Begoña

Perera pone el broche perfecto a la feria

El diestro extremeño aprovecha un toro de Juan Pedro extraordinario mientras la tizona deja sin triunfo a Ponce y Manzanares

19.08.2019 | 00:23
Perera pone el broche perfecto a la feria

El broche triunfal a la feria de Begoña llevó la firma de Miguel Ángel Perera, que llegó como un ciclón, sustituyendo a Roca Rey, y reivindicándose como indispensable en El Bibio. Suyos fueron los mejores muletazos en una tarde de entrega absoluta en la que la espada privó de la Puerta Grande a Enrique Ponce y José María Manzanares con un noble encierro de Juan Pedro Domecq en el que sobresalió el extraordinario tercero. Respetó, además, la lluvia y es de agradecer el perfecto estado del ruedo después de todo el agua caída desde la madrugada hasta el mediodía de ayer. Aunque sí frenó el arreón último de taquilla.

El diestro de Puebla de Prior salió a revientacalderas con un vistoso saludo de capote con tres verónicas de rodillas, otro ramillete por el mismo palo de pie, chicuelinas y una larga de remate para decir alto y claro "aquí estoy yo". El toro de Juan Pedro, de perfectas hechuras, hacía presagiar algo grande por la codiciosa manera de meter la cara en las telas. Tenía, además, la casta que le faltó por momentos a sus hermanos, como demostró derribando al caballo de picar que montaba Ignacio Rodríguez.

La variedad de suertes que hilvanó Perera en su turno de quites -chicuelinas, tafallera, caleserina, saltillera y una revolera- convirtió la plaza en un manicomio con los tendidos puestos en pie. Para seguir caldeando el ambiente llegó Javier Ambel con dos soberbios pares con los rehiletes y una impecable brega de Curro Javier, que debió desmonterarse también junto a su compañero. El brindis al público fue la sal para la predisposición del público.

Los andares y el semblante de Perera -sumados a la boyante embestida de "Hoguero"- hacían vislumbrar un inicio de faena marca de la casa. ¿De rodillas o con un pase cambiado por la espalda (péndulo para los mexicanos?, nos preguntamos. Las dos anteriores son correctas. Perera, de rodillas, citó desde el centro del platillo al toro de Juan Pedro, que se arrancó con brío desde el burladero del tendido 4. Dos péndulos de rodillas daban inicio a la revolución. Sonaba ya la ópera Carmen, de Bizet. Perera fue ligando muletazos largos, de mano baja y notable profundidad en la primera tanda, aprovechando la entregada embestida de "Hoguero" que humillaba siempre hasta el final del muletazo.

La sinfonía fue "in crescendo" a medida que Perera, clavado a la arena, seguía toreando en redondo a placer. Así llegó una admirable tanda de cuatro muletazos por el derecho, cambio de mano por la espalda y el de pecho llevando la muleta hasta la hombrera contraria. Con la misma intensidad le ofreció la tela por el izquierdo al encastado y repetidor Juan Pedro que acometió con la misma entrega en cinco naturales muy sinceros y profundos. Otra más, de seis, le endosó Perera a su oponente, que seguía embistiendo, aunque con menos brío. Faena intensa, meritoria y de una veintena de muletazos con los que había amarrado las dos orejas hasta que el mal uso de la espada dejó el premio en un trofeo.

El pasaporte para salir en hombros hacia la carretera de Villaviciosa lo logró en el sexto, un ejemplar de capa colorada al que bregó de forma notable Javier Ambel. Brindó Perera a la mujer de su amigo y exapoderado Fernando Cepeda. El toro le desarmó cuando iniciaba faena a pies juntos. Volvió Perera sobre sus pasos con mayor fortuna. El toro, de escaso fuelle y con la casta justa. El diestro estuvo dispuesto por ambos pitones y exprimió las pocas embestidas que podía permitirse el de Juan Pedro. Luego, para cortar la oreja, acortó terrenos en una fase final de faena encimista con el toro aplomado. Un pinchazo precedió a una estocada contraria que suscitó que asomasen varios pañuelos. ¿Era de oreja la faena? No. ¿Había petición mayoritaria? Lo dudo. ¿Se podía cerrar la feria sin Puerta Grande? Ni de coña. Bien el presidente por su sensibilidad.

Le hubiesen acompañado Enrique Ponce y José Mari Manzanares de no haber errado con los aceros. El maestro de Chiva paseó un trofeo a su nobilísimo primero, al que llevó a media altura. Hubo ligazón y temple, la mejor medicina a la falta de fuerza para sostener al toro. En el cuarto, los acordes de La Misión despejaron las ideas de Ponce que pareció venirse arriba para dibujar una faena íntima, para sí mismo, en la que el temple volvió a ser sanador. Fue por el izquierdo donde emanaron los mejores muletazos. La espada difuminó cualquier atisbo de triunfo.

Manzanares también tuvo en la tizona su cruz. Rara avis. Ante el quinto, sin casta, estuvo ahí. Mejor en el segundo de la tarde, con el que había saludado Jesús González "Suso" al dejar las banderillas con los colores de Alicante. Citó siempre en largo, con temple y profundidad para crear una labor elegante e intensa de contenido. Apuntaba a Puerta Grande, pero los pinchazos -aunque sea uno y luego entre la espada arriba como hizo José Mari- se pagan caros en El Bibio. El año que viene más. No pasarán.

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