Un grito desesperado para sobrevivir. Eso fue la mayúscula protesta de ayer de los hosteleros y autónomos gijoneses, abocados a una crisis sin precedentes por las restricciones de horarios y aforos impuestas por el Principado para frenar la expansión del covid-19. A pesar de que los organizadores de la manifestación desactivaron en la víspera la marcha por las restricciones de la Delegación del Gobierno, el sector acudió de igual forma para visibilizar su precaria situación. Decenas de personas marcharon desde la iglesia de Fátima hasta el centro de la ciudad formando una columna a la que terminaron por juntarse más de un millar de compañeros. La protesta se notó también en las carreteras. Muchos conductores de camiones de reparto colapsaron el tráfico y los oídos de media ciudad tocando sus cláxones. La manifestación desembocó en el paseo del Muro con una gran cadena humana desde el Campo Valdés hasta la escalera seis. Y posteriormente, en la plaza Mayor, donde a las puerta del Ayuntamiento salió la alcaldesa, Ana González, a recibir a los hosteleros entre gritos de “dimisión, dimisión”. El mandamiento fundamental que resume la concentración de ayer también fue uno de los argumentos más coreados: “Queremos trabajar”.

La protesta de ayer nació la tarde del 16 de octubre en La Calzada. La impulsaron Roberto López, el dueño de una vinatería del barrio, y Goyo Ibáñez, quien regenta una asesoría en la zona. Lo que comenzó como un pequeño grito de rebeldía hiperlocal terminó por aglutinar con el paso de los días la desesperanza de muchos pequeños y medianos hosteleros. Pidieron permiso para que 2.000 personas marcharan desde la iglesia de Fátima hasta la plaza Mayor. Sin embargo, la Delegación del Gobierno limitó la noche antes la concentración a 175 personas en la plaza Mayor con un metro y medio de distancia entre cada uno. Ante esa tesitura, los organizadores decidieron desconvocar la marcha y dejaron a la elección de cada uno la decisión de acudir o no. La respuesta fue masiva e incluso sobrepasó las mejores perspectivas de los convocantes. “Lo que no podían prohibir era que saliéramos a protestar”, apuntó Amor Serrano, otra de las impulsoras.

Desde las nueve de la mañana, en la parroquia de Fátima, en un goteo constante fueron llegando hosteleros como Noelia Álvarez y Carmen Marcos, que viven en Gijón, pero regentan un bar en La Camocha. El poblado minero está al otro lado del cierre perimetral. “Estamos aquí representando a todos los hosteleros del barrio”, aseguraron.

"Manos arriba esto es un atraco": el grito de los hosteleros de Gijón ante las restricciones del sector

Pasadas las diez, los hosteleros salieron hacia el centro. Siguieron el recorrido inicialmente previsto, pero por las aceras en vez de la carretera. Discurrieron por las calles Manuel Rodríguez Álvarez, Brasil, la rotonda de Cuatro Caminos, la avenida Galicia, Mariano Pola, Juan Carlos I y Marqués de San Esteban. Accedieron a la plaza Mayor desde la plazuela del Marqués, en dos filas de a uno para evitar aglomeraciones. De ahí fueron hasta el paseo del Muro para hacer la cadena humana y posteriormente volvieron a la plaza Mayor para entregar a la Alcaldesa su propuestas. “No pedimos ayudas, pedimos que no haya más cierres”, manifestó Jacobo Menéndez, otro de los impulsores.

La marcha, a pesar de no estar respaldada por ningún colectivo mayoritario, tuvo un enorme seguimiento. Para comprender esta respuesta, basta con echar una mirada a las calles de La Calzada, donde muchos escaparates están adornados con un cartel de “se alquila”, o escuchar las historias personales de algunos de los asistentes. Carla y Melody Mensalva son madre e hija y las acompañaba la abuela de la primera, Marcelina Laiz. Poseen un bar en la avenida Portugal. “Desde que empezó la pandemia casi no llevamos dinero a casa”, lamentaron. Lilí Mar Rojas es venezolana, pero lleva en Gijón 13 años. Trabaja en un bar y lleva otro en la calle Costa Rica sin posibilidad de terraza. “Llevo seis meses con pérdidas”, aseguró. Anderson Luna nació en Colombia, pero llegó a Gijón con siete años. Trabaja en la hostelería desde los 14 y lleva un negocio con diez empleados. “Tengo dos hijas y otra en camino. No puedo endeudarme más”, valoró. Andrés Gómez, socio de un local en el centro y otro en Pumarín, llevaba sin ir a una manifestación desde 1985. Ayer, salió a la calle para luchar por su supervivencia. “Estamos machacados a impuestos”, explicó.

Dos manifestantes, en la cadena humana en el paseo del Muro.

La marcha fue bicéfala. Mientras los hosteleros caminaban por la acera, muchos conductores de camiones de reparto hicieron su parte desde la carretera. La caravana era larga y el sonido de sus cláxones atronador, tanto en La Calzada como en el Muro. Los manifestantes gozaron de la simpatía de muchos comerciantes que decidieron acudir a su jornada laboral. Muchos salieron a la puerta para aplaudirles. Otros vecinos aplaudieron desde sus ventanas. Los organizadores tuvieron un cuidado obsesivo por guardar las distancias y por controlar que todo el mundo llevara mascarilla. Recriminaron a dos personas que no la llevaban. También censuraron el lanzamiento de dos petardos. “No pueden marchar nuestro nombre. Nosotros no somos el virus”, apuntó Amor Serrano.

Caravana de camiones de reparto y coches en Juan Carlos

Ya en el paseo del Muro los manifestantes montaron una gigantesca cadena humana. Tras horas de caminata, hubo quien repartió agua. Fue el caso de José Luis Berán, dueño de un bar en la calle Puerto Rico. Este hostelero ya tuvo un comportamiento ejemplar en febrero, prestando ayuda a las víctimas de un incendio que se produjo en una vivienda cercana. “Solo trato de ayudar. Hay mucha gente que está aquí para poder vivir”, dijo.

Sobre las 11.45 horas, los organizadores de la concentración recibieron un nuevo cambio de planes. Ana González iba a salir a recibirlos y a recoger sus propuestas. La primera edil bajó del Ayuntamiento hasta los soportales de la plaza Mayor. Frente a ella, más de un centenar de hosteleros expresaron su enfado con gritos de “dimisión, dimisión” y “la hostelería no es el virus”. González charló por espacio de diez minutos con Roberto López y Jacobo Méndez. “El escenario es no cerrar la hostelería”, aseguraron los convocantes que les dijo la Regidora. Estuvieron miembros de todos los partidos políticos de la oposición en la plaza Mayor.

Tras ese encuentro, Roberto López se dirigió a sus seguidores. Casi rompe a llorar, como ya lo hizo hace 48 horas cuando desconvocó la manifestación. Sus lágrimas esta vez no eran de pena sino de orgullo. “Sois muy grandes. Vamos a seguir luchando. Tenemos futuro”, clamó con un megáfono para poner el epílogo a la jornada en la que hostelería de Gijón clamó por algo tan básico como su supervivencia.

La alcaldesa salió a dialogar

La Alcaldesa salió a dialogar

“Lo que hemos visto es la frustración de gente que quiere trabajar. Hay que ponerse en su piel”, apuntó la alcaldesa, Ana González, tras entrevistarse con los organizadores de la marcha. “El mensaje es claro: busquen ayudas para nosotros”, dijo la primera edil, que destacó que el gobierno local suprimió varias tasas al sector. “Estamos ayudando, pero hay que preguntarse si esa ayuda debe de venir de más sitios”, indicó la regidora. “Dicen que la hostelería no es el virus y estoy de acuerdo. La mayor parte cumple”, remató.