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La figura de la semana | Adela Gabarri Jiménez, presidenta de la Asociación Gitana de Gijón, empezará a escribir sus memorias

Adalid feminista de sangre calé

De carácter fuerte y firme defensora de sus raíces, animó a mujeres de su comunidad a salir de casa, estudiar e ignorar tradiciones “anticuadas”

Adalid feminista de sangre calé

Adalid feminista de sangre calé

A punto de empezar a escribir unas memorias que llevan ya tiempo en su cabeza, a Adela Gabarri (León, 1954) le van a faltar páginas solo para resumir su labor en las últimas dos décadas al frente de la Asociación Gitana de Gijón. De carácter fuerte, con genio, esta gijonesa de adopción y gitana de pura cepa es una veterana apisonadora de prejuicios para payos y gitanos. A los primeros les critica aquello de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. A los suyos, negarse a superar ciertas tradiciones que deben evolucionar de acuerdo a los nuevos tiempos. Mosqueada ya desde la infancia porque en su familia parecían importar más las necesidades de sus hermanos varones que las suyas, Gabarri ha ido derribando paredes, al principio sola, pero pronto ganando adeptas. Sacó de casa a muchas gitanas que se habían resignado a una vida en el hogar y las animó a ponerse pantalones, a no tirarse media vida vestidas de luto, a estudiar, a ser independientes y, a la vez, a defender sus raíces, a bailar, a reunirse con los suyos y a no tener vergüenza de una cultura calé que lleva siglos afincada en un país todavía impregnado por el racismo.

Gabarri siempre se sintió diferente. Cree su familia que su forma de ser se fraguó ya en la infancia, una época que ella siempre define como “muy dura”. La pequeña Adela pasó frío y pasó hambre y casi no fue a la escuela. Cuando aprendió a leer y a escribir en la escuela de adultos ya tenía nietos. Lleva ya un par de años con la idea de escribir sus memorias, pero ahora, aunque no se pueda desvelar, ya tiene hasta título para el libro. Tiene muchas cosas que contar.

Adela Gabarri.

Gabarri, por ejemplo, no cumplió un luto al uso tras la muerte de su marido. Aguantó un tiempo con la falda, sí, pero pronto volvió a ponerse pantalones. No veía mucho sentido a tener que demostrarle a nadie su tristeza con su forma de vestir. Tampoco debía probarle nada a nadie. Lo de los pantalones fue otra pared a derribar; ella los pone desde hace años y desde entonces muchas gitanas han ido normalizando también otras formas de vestir. Su familia vincula estos pequeños cambios de armario a una apuesta en firme por la libertad de las mujeres. Dicen que muchas han ido tomando estos años como referencia a Gabarri para perder el pudor y vestirse de otra manera, como “más modernas”, y dejar atrás costumbres que ya no casan con las jóvenes del nuevo siglo.

Gabarri, no obstante, defiende el moño alto a lo gitano y un estilo de moda que ha ido calando en las payas. Se siente muy orgullosa de ser gitana, porque criticar tradiciones que ella considera anticuadas no impide que defienda a capa y espada una forma de ser y una cultura históricas. Presume de que entre las payas haya calado también la elegancia de la moda gitana, los moños apretados, las uñas, los labios pintados.

Gabarri es feminista. Ante todo y contra todos. Pelea para que las mujeres de su comunidad se atrevan a hablar con voz alta y clara. Les enseña a hacerse valer, a ser independientes. Les inculca la importancia de estudiar, presume de los buenos expedientes escolares de sus nietos, defiende el valor de la educación como arma de independencia y entrada a un mundo laboral todavía algo vetada para las jóvenes, pero cada vez menos. Para lograrlo, la leonesa tuvo que hacer frente a más de una crisis. Hace años provocó un debate abierto en la ciudad tras decidir meter a su madre en una residencia de ancianos, una práctica hasta entonces prohibida tácitamente en la comunidad, que seguía defendiendo el papel casi exclusivo de la mujer como cuidadora.

Lo cierto es que la comunidad gitana, añaden conocidos de la presidenta, “ha dado ejemplo” en esta pandemia. Se han quedado en casa, han renunciado a las multitudinarias reuniones que solían convocar en Navidad y han repartido comida, a través de la asociación, para las familias que peor lo están pasando estos meses. Es una guerra personal de Gabarri acabar con la “falsa creencia de que los gitanos son malos” y trata siempre de dar sus orígenes a conocer. Las últimas décadas han servido para lograr muchos avances, pero toda la asociación es consciente de que todavía tienen mucho que demostrar.

Dicen los allegados de Gabarri que la gitana “rompe con todos los moldes que tienen que romperse” y que es ella una de las razones por las que la comunidad gitana se siente hoy más cómoda en su piel que hace un par de décadas. Reconocen que no vendría mal una Adela en cada ciudad de España para sacudir estigmas.

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