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El bar del parque del Lauredal, una ruina que entristece a los vecinos

Los residentes urgen el plan municipal para recuperar el edificio, quemado hace seis años: “Daba mucha vida al barrio”

María del Carmen Martín pasea junto a Gerónimo Gómez delante del bar del parque del Lauredal. En los círculos, por arriba, interior del edificio y el merendero anexo. | Juan Plaza

María del Carmen Martín pasea junto a Gerónimo Gómez delante del bar del parque del Lauredal. En los círculos, por arriba, interior del edificio y el merendero anexo. | Juan Plaza

Cada vez que la pequeña Melania Arconada pasea por el parque del Lauredal recuerda los helados de chocolate que, en los calurosos días de verano, su madre le compraba en el bar del espacio verde. Hoy, hace más de seis años que la niña apenas puede acercarse a un edificio que reposa en un estado calamitoso. Un incendio, ramas de árboles que cayeron sobre su precario tejado, actos vandálicos y la inacción de las autoridades municipales han convertido el coqueto merendero en lo más parecido a una casa del terror. Ahora, un lustro después, el gobierno local ha dado el primer paso para recuperarlo encargando un informe del coste de la obra. Debe ser el primer paso para la vuelta a la vida de una instalación muy apreciada en El Lauredal. “Nos daba muchísima vida”, aseguran los vecinos.

El parque del Lauredal es uno de los pulmones de la zona oeste gijonesa. Todos los días se juntan decenas de paseantes y deportistas en su césped. Carlota Blanco y María García son dos vecinas del barrio. La primera lleva ya una década residiendo en el lugar y la segunda acaba de llegar hace cosa de 14 meses. Ambas vigilan que sus pequeños no se manquen mientras tratan de escalar un pequeño árbol, al pié del bar del parque. La más veterana de ellas recuerda los buenos tiempos del merendero. “Servían hasta sardinas, era una cosa muy guapa, pero ahora parece un edificio del Bronx”, comenta. “Da bastante mala imagen y tiene pinta de ser peligroso porque está para caerse”, afirma la segunda mujer.

El edificio da pena por fuera y por dentro. El color salmón desgastado de las paredes se entremezcla con decenas de pintadas que ensucian la fachada. Las hay de todos los colores y estilos. Desde hoces y martillos hasta una que reza “Arriba España”. Hay otra, de una cruz roja, algo inquietante. No faltan los insultos. Las ventanas, o lo que queda de ellas, no están mucho mejor. Han sido cosidas a pedradas. Por dentro, la basura se amontona. Garrafas de refresco con agua del grifo sobresalen entre los residuos, entre los que se cuenta un balón de fútbol desgastadísimo y un colchón.

Desde el 2016 se acumulan las exigencias de grupos políticos y asociaciones. Ciudadanos tramitó en ese mismo una iniciativa en la que denunciaba el mal estado del bar. El partido naranja volvió a la carga la pasada semana. Entidades benéficas, como Cristianos de Base, pidieron recuperar el local para dar cobijo a personas sin hogar de la zona oeste durante la pandemia. El gobierno local tiene en mente repararlo. La concejala de Hacienda, Marina Pineda, aseguró que se hará un estudio para verificar los costes de la reparación con el fin de volver a sacar el bar a concurso.

Mientras eso sucede, las quejas vecinales se agolpan. Marcos Muñiz tiene 39 años y trabaja como vigilante de seguridad. Acompaña a José Díaz, de 48 años, hostelero en la zona. “Estuvo abierto muchos años, estaba lleno de vida, pero ahora está en un estado lamentable. Es un peligro”, cuenta el primero. “Que lo recuperen o que lo tiren abajo, pero así no se puede quedar”, añade el segundo.

María del Carmen Martín camina agarrada del brazo de Gerónimo Gómez. Tienen 68 y 84 años y son de la zona oeste de toda la vida. Recuerdan la popularidad del establecimiento. “El merendero era precioso. En verano siempre estaba lleno”, cuenta la mujer. “Ahora es un desastre, el ambiente al verlo recuerda al de un funeral”, cuenta el hombre, que, como el resto del los habitantes del barrio, urgen medidas para salvar el entrañable bar del parque, un edificio que está en las últimas tras años de abandono.

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