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Los tres hermanos asturianos que vivieron la invasión nazi de la URSS, el estalinismo y la revolución cubana

Honorina, Libertad y Ramón Fernández, tres niños de la Guerra, vivieron en el exilio tras la Guerra Civil y su salida en barco desde El Musel

Libertad, Ramón y Honorina Fernández, cerca de 1945.

El último recuerdo que Honorina Fernández mantiene de su infancia es la imagen de Gijón sucumbiendo a las llamas de las bombas de la cruenta aviación franquista. Una imagen, datada en 1937, que se difumina entre la bruma marina a la misma velocidad que el barco que tomó en el puerto de El Musel junto a sus hermanos menores, Libertad y Ramón, y los lleva a la Unión Soviética para convertirlos en unos de los miles de niños de la Guerra. Esos pequeños a los que lo que quedaba de la II República los mandó al exilio y a los que el paso de las décadas ha condenado al olvido. Un olvido que no merecen porque los tres tuvieron una vida plagada de aventuras y peligros en Rusia, que les impulsó a vivir la invasión nazi, los años duros de Stalin y la revolución de Castro en Cuba.

Honorina se licenció en Medicina a principios de la década de los cincuenta; un camino que comenzó años antes en Saratov, la ciudad más cercana a Stalingrado, atendiendo a los malheridos soldados que la mayor batalla de la guerra escupía a su retaguardia más cercana. Libertad, que fue economista, descubrió un gulag en una de sus investigaciones, extrañada por el elevado número de suscripciones a revistas científicas en una remota zona boscosa. Y Ramón, que fue ingeniero, junto con sus hermanas, partieron a principios de los años 60 para apoyar en Cuba la revolución de Castro. Puros testigos del siglo XX.

Vicente Bas y Honorina Fernández, en 1953.

De los tres hermanos, aún sobreviven Honorina, que a sus 95 años reside en un piso del barrio madrileño de Santa Eugenia, y Libertad, que vive interna en una residencia en Gijón. Ramón falleció el año pasado. El custodio de sus recuerdos es Miguel Bas, el hijo de Honorina, un asturiano-valenciano que nació en la Unión Soviética por los caprichos del destino. Es un periodista de raza, reportajeó el final de la URSS, fue cronista de guerra y se convirtió en el primer corresponsal extranjero en llegar a Vorónezh, una ciudad rusa a 500 kilómetros al sur de Moscú, donde en 1989 la TASS (la agencia de noticias soviética más importante) difundió el aterrizaje de una nave extraterrestre. Un hecho que narra el libro publicado en enero de 2021 “Mi ovni de la perestroika”, de Daniel Utrilla.

“El viaje de mi madre fue duro. Ramón tenía cinco años y durante una escala en Francia por poco escapa de su hermana y de la expedición. Lo recuperaron los gendarmes franceses”, recuerda el periodista, que tras muchos años de ejercicio, reside ahora en Cataluña y prepara un libro sobre los niños de la guerra españoles que se labraron un nombre en el fútbol soviético.

Bas revela un detalle fundamental del viaje de sus familiares, que marcharon de Gijón llevando a cuestas una máquina de escribir que les legó su padre, Sabino Fernández, cuya historia también daría para un serial. “Les dijo que con ella nunca les faltaría el cacho de pan”, apunta Bas. Precisamente en 2011, el Ayuntamiento editó “Memorias de una máquina de escribir”, donde Libertad Fernández relata sus vivencias y las de sus hermanos durante su exilio.

Ese exilio empezó en Leningrado (hoy San Petesburgo) y les llevó a vivir unos años cómodos y relativamente felices a sesenta kilómetros de Moscú, en la Casa de Niños Número 1. Algo así como un orfanato para otros pequeños exiliados de Asturias y el País Vasco. “Visité el lugar y es un sitio precioso”, puntualiza. Su estancia en ese lugar se truncó a los pocos años. Los tres escaparon de los horrores de la Guerra Civil para encontrarse con los de la Gran Guerra Patria. O, como se conoce al otro lado del Telón de Acero, la Segunda Guerra Mundial. Con los nazis avanzando, en medio de la “operación Barbaroja”, los rusos aguantaban el frente al tiempo que evacuaban a los no combatientes de la ferocidad de la contienda.

Miguel Bas en la guerra de Tiflis, en Georgia, en 1992.

A Honorina y sus hermanos les tocó asentarse en Kukus, un pequeño pueblo a orillas del río Volga, curso arriba de Stalingrado, donde se decidió el destino de la humanidad entre agosto de 1942 y febrero de 1943. “En la oscuridad y el silencio de la noche, mi madre veía tras el horizonte el resplandor de las llamas y escuchaba el lejano estruendo de la artillería”, describe Bas. Fue entonces cuando con apenas 15 años Honorina y otras jóvenes españolas marcharon a cuidar a los soldados heridos. Lo que más la impresionó, confirma Bas, eran aquellos muchachos, casi niños, mutilados de piernas, brazos y manos a los que el humor negro de la guerra bautizó con el nombre de “Samovar”, típico utensilio ruso para hervir el agua para el té.

Al terminar la guerra, Honorina y sus hermanos tuvieron un porvenir gracias a sus respectivos estudios. Vivieron los años duros de la dictadura de Stalin, las de las desapariciones y la paranoia. Unos años de los que, sin embargo, no guardan un recuerdo tan dramático. Quizás porque no es lo mismo contarlo que vivirlo, o quizás por la razón que da el propio Bas: “Hablar de Stalin con mi madre era complicado. Sabe que fue malo, pero trató bien a los españoles. Mucha gente no quiere ver sus mejores años de un color tan oscuro”.

Los tres hermanos, en Madrid en el año 2011.

A Miguel Bas lo crío su abuela asturiana, no lo tuvo nada fácil en la postguerra española. Su marido, Sabino Fernández, el de la máquina de escribir, había sido concejal en Langreo, participó en la Revolución del 34 y luchó por la República. Con la caída del frente del Norte se hizo maqui, lo que a su mujer le reportó cárcel y palizas. Al final, tras saltar a Francia, terminó en Rusia en 1956 para hacerse cargo del pequeño Miguelín. “Para mí algo oxidado era ferruñosu y una de las primeras canciones que aprendí fue el Asturias Patria Querida”, afirma el periodista, que forma parte de una historia, la de los niños de la guerra, que no merece ser olvidada.

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