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Un negocio al alza: La pandemia abre puertas a los cerrajeros

“Mucha gente se queda encerrada en casa”, aseguran los profesionales | El experto que participó en el desahucio de Nuevo Gijón: “Casi me da con el hacha”

Mario Pandiello desarma una cerradura.

Mario Pandiello desarma una cerradura. Marcos León

Han pasado ya ocho días y ahora Víctor Fernández lo recuerda como una anécdota más de su dilatada carrera, pero el cerrajero no olvidará la mañana del 17 de febrero. Él fue el profesional escogido para el desahucio de la calle Trueba, en el barrio de Nuevo Gijón. Una intervención que casi termina en tragedia porque el inquilino del piso, un vecino de 65 años, tuvo que ser reducido a tiros por los agentes de la Policía Local al atacarles con un hacha y un cuchillo de grandes dimensiones. “Me salvó que abrió él la puerta. Si no me llevo yo el hachazo”, cuenta.

Podría parecer que la cerrajería es una profesión monótona, pero historias como las de Fernández dejan claro lo contrario. También que, con el confinamiento y las restricciones, sus intervenciones se hayan reducido considerablemente. Si la gente sale menos de casa, hay menos posibilidades de que se olvide las llaves. Tampoco es el caso. Ellos mismos lo explican: “Este trabajo es esclavo, pero todos los días se aprende algo nuevo”.

Mario Pandiello tiene 29 años y lleva descifrando cerraduras desde los 19. Empezó como pupilo de Jonathan Solares, que fue cerrajero durante 15 años y ahora se gana la vida como distribuidor. Pandiello es autónomo y está pendiente del móvil las veinticuatro horas del día, todos los días de la semana. El virus ha cambiado sus salidas. Antes, era habitual que tuviera que acudir al rescatar algún despistado que, tras una noche de fiesta, extravía sus llaves. “Ahora hay sobre todo cerraduras rotas y gente que vive sola y queda dentro de casa”, explica el joven.

Por la izquierda, Kevin Solares, Víctor Fernández, Mario Pandiello y Jonathan Solares, junto a un aparato de reconocimiento facial.

La anécdota más memorable de Solares sucedió hace siete años en la calle Saavedra. “Me engañaron para robar un piso”, cuenta entre risas. La cosa sucedió de la siguiente manera. El inquilino de la casa afirmó que había olvidado las llaves dentro del inmueble junto con cualquier otro documento que acreditara que él residía en esa vivienda. Tampoco podía llamar al dueño del piso, porque afirmó que este no se encontraba en Gijón.

La situación escamó a Solares, que obligó a firmar al tipo un documento dejando constancia de la situación. El caso terminó en manos de la Policía, que acudió al piso en el momento en el que cerrajero se encontraba en plena faena. “Se pensaron que estaba en el ajo y me encañonaron con la pistola”, ríe Solares, que tuvo que declarar como víctima en un tribunal. Si la historia tiene de todo, falta la guinda cómica. El bueno del cerrajero cobró ese servicio. “Fueron 100 euros. Lo recuerdo como si fuera ayer”, dice.

Lo de encontrarse con la Policía no es extraño para estos trabajadores. De hecho, es común que los vecinos alerten a los agentes cuando sienten al cerrajero trabajar. Toda precaución es poca. Si no, que se lo digan a Pandiello que hace no demasiado tiempo tuvo una salida nocturna movidita. Al joven le tocó vencer un cerrojo echando mano del taladro. Algún precavido vecino pensó que era un ladrón y alertó a las fuerzas del orden, que se personaron en el edificio a toda prisa. “Llegó uno por el ascensor y otro por las escaleras. Menudas caras cuando vieron que era cerrajero. A uno de ellos le había abierto la moto no hacía mucho tiempo”, ríe Pandiello.

Mario Pandiello, con Víctor Fernández.

Ya ha quedado claro que el oficio de estos profesionales está lleno de anécdotas, pero no todas tienen por qué ser tensas ni dramáticas. Ahí está por ejemplo el testimonio de Víctor Fernández, el del desahucio de Nuevo Gijón, al que hace cosa de 15 años le cambió la vida. Una clienta, que estaba con una amiga, contrató sus servicios porque era incapaz de entrar en su casa. Una cosa llevo a la otra y al final el célebre cerrajero terminó saliendo con la acompañante de la clienta. No les fueron mal las cosas, porque hoy esa mujer es su esposa.

Y es que la cerrajería será una de las pocas profesiones a las que el coronavirus no ha lastrado. Funciona también como una metáfora perfecta de lo imprevisible de la vida. Nunca se sabe qué es lo que va haber detrás de una puerta que se abre. A veces, es una persona colérica que te recibe armada con un hacha, y otras la persona que tira la llave y el cerrojo del corazón.

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