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Claveles rojos por la memora de Araceli Ruiz, niña de la guerra

Multitudinario homenaje en El Arbeyal a la presidenta de los Niños de la Guerra, fallecida hace unos días: “Debe ser modelo para las jóvenes”

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Homenaje en El Arbeyal a Araceli Ruiz, niña de la guerra Juan Plaza

Salió del puerto de El Musel rumbo a lo desconocido junto a sus tres hermanas, y acabó viviendo una vida de película antes de retornar a su Gijón del alma para ser la voz de los Niños de la Guerra de Asturias, los pequeños evacuados a la Unión Soviética para escapar del terror de una Guerra Civil que atronaba la ciudad y la República. Araceli Ruiz Toribios falleció a los 96 años hace unos días, pero su figura menuda y su energía sin límites permanecerán para siempre en Gijón. Y así lo dejaron claro ayer las decenas de personas que se dieron cita junto al monumento a los “niños y niñas de la guerra” en la playa de El Arbeyal para rendirle un homenaje de claveles rojos, poesía, música y recuerdo.

Pese a lo desapacible de la tarde, nadie quiso perderse un acto entrañable, con cortes de audio de la propia Araceli, explicando, como lo hizo tantas veces, el periplo que la llevó hasta la lejana Rusia en un carguero, en el que embarcó tras conocer su madre que en aquel país estaban dispuestos a recibir a los niños que huían de un presente de bombas y desaliento en busca de paz y esperanza. Junto a sus hermanas partió el 23 de septiembre de 1937 rumbo a San Petersburgo, entonces Leningrado, donde “nos recibieron no como hijos bastardos de la República, sino con pancartas de bienvenida y toda la ciudad volcada en el puerto para acogernos”.

Fue una travesía larga, como se recordó en el homenaje de ayer, trufado de canciones interpretadas por Anabel Santiago, como la emotiva “Sin tu latido” de Luis Eduardo Aute. En su periplo vital acabaría estudiando Ingeniería de Caminos en Moscú, aunque su título nunca fue convalidado en España. Fue traductora de ruso en Cuba, donde conoció al Che Guevara, y donde pudo reencontrarse con su familia gracias a su amistad con él. También trabajó en Radio Moscú, y trató de regresar a Gijón dos veces.

La primera, en 1966, con el resultado de su detención e interrogatorio acerca de sus actividades en Cuba. La última, la definitiva, fue en 1980, tras jurarse Araceli Ruiz que nunca más volvería a poner los pies en España hasta la muerte del dictador. Volvió a su barrio, El Natahoyo, hace 40 años, y desde entonces hasta su fallecimiento, hace algo más de una semana, no dejó de luchar por la libertad, la justicia y el reconocimiento de todos los niños y niñas que salieron de España rumbo a Rusia.

Araceli Ruiz Ángel González

Tal como aseguraba ayer Esther Crespo, coordinadora del Área de la Mujer de IU en Gijón, los “niños de la guerra”, con cada vez menos supervivientes, se han quedado un poco huérfanos tras el fallecimiento e Araceli. Pero “nos queda su gran legado, que fue la solidaridad e n su más amplio sentido”, y no sólo “defendiendo sus ideas y difundiendo su historia, en la que siempre estuvo presente la solidaridad del pueblo soviético cuando llegó como refugiada; ella era también solidaria con absolutamente todas las luchas”, recordó Crespo. no en vano, cuando recibió el premio Pasionaria en el año 2015 “estaba de plena actualidad el drama de los refugiados de Siria, y ella hizo muchísima campaña en favor que se acogiera a los refugiados igual que habían hecho con ella en su momento”.

Por ello fue “una mujer increíble que tiene que ser modelo y figura para las jóvenes a partir de ahora”, apostó Esther Crespo, habida cuenta además de la sintonía que la unía con los adolescentes cada vez que iba a dar una charla a un centro educativo. “Era impresionante cómo la escuchaban en silencio y al terminar todos querían abrazarla y hacerse fotos con ella”.

El historiador Leonardo Borque quiso recordar cómo Araceli Ruiz era la memoria viva unos tiempos infames, con la desgracia añadida de que después de la guerra de la que huían también tuvieron que sufrir la invasión nazi de la URSS. “A través de la asociación Pablo Miaja resolvió muchos problemas, y ahora el testigo que ella dejó nos pasa ahora a las entidades que seguimos su camino”. Decenas de ellas, todas representadas ayer en El Arbeyal, entre los versos recitados por Alejandro Villa, del Ateneo Republicano y las docenas de claveles para decir alto que “su memoria vivirá para siempre”.

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