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La Figura de la Semana | Alberto Aguilera Acuyo, muevo jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Gijón

Benemérita lealtad y compañerismo

El teniente coronel, aficionado al deporte, la música y los paseos por San Lorenzo, regresa al cuartel de Contrueces, donde dejó “un gran recuerdo”

Benemérita lealtad y compañerismo

Benemérita lealtad y compañerismo I. PELÁEZ

Si tienes un problema y en su mano está solucionarlo, puedes dar por hecho que se solventará. Aunque para lograrlo haya que remover Roma con Santiago. Esta es la definición más repetida en la Guardia Civil cuando se pregunta por Alberto Aguilera Acuyo (Jaén, 1972), que acaba de asumir la jefatura de la Comandancia de Gijón, gracias al buen recuerdo que dejó durante su anterior etapa en las dependencias ubicadas en la calle de la siempre recordada Irene Fernández Perera. Ahora, este hombre vitalista y ágil de ideas tomará posesión del cargo en el mes de junio, convertido en teniente coronel tras una dilatada trayectoria en el cuerpo por destinos como San Sebastián, Marruecos o Barcelona, para reemplazar a Francisco Javier Puerta, ascendido a coronel. Y lo hará, como siempre, “con el compañerismo por bandera” y un “ilimitado espíritu de servicio”.

Sin antecedentes familiares en el Instituto Armado (su padre trabajó en el Banco de España), este jienense aficionado al deporte, como el pádel, y apasionado de la música indie, pop y rock, se matriculó en la Academia Militar de Zaragoza tras completar el Bachillerato y la selectividad en el Instituto Jabalcuz de su ciudad natal. Llegó con la idea de estudiar para el Ejército del Aire, pero en la capital aragonesa conoció al hijo de un mando de la Guardia Civil que logró cautivarle con las historias que le contaba. De esta forma, tras dos años en Zaragoza, donde recibió la misma formación que el Ejército de Tierra, pasó otros tres cursos en la Academia de Oficiales de Aranjuez. San Sebastián, como teniente, fue su primer destino y allí estuvo durante ocho años.

Su periplo por Guipúzcoa, en una época nada sencilla, le sirvió en lo profesional, pero también en lo personal, pues fue entonces cuando conoció a su hoy esposa, Beatriz Terrón, una asturiana de Avilés que también forma parte de la Guardia Civil, con la que se casó en Gijón en 2007 y con la que tiene dos hijas. Pronto llegó su primer ascenso, a capitán, que estrenó en el Centro de Cooperación Policial Aduanero de Hendaya (Guipúzcoa), antes de marchar a Torrevieja, destino en el que ejerció de jefe de Compañía durante dos años. A sus 35 años, en 2008, completó el curso de ascenso a comandante y con ese rango se instaló en el cuartel de Contrueces, como número dos del entonces jefe, Juan Bautista Martínez-Raposo.

En Gijón dejó “un buenísimo recuerdo”, tanto como compañero como jefe, durante los casi tres años de destino en los que ejerció de jefe de operaciones. Se desvivió, aseguran, por echar una mano a todos los agentes que hubiesen tenido algún problema durante su etapa y es por ello que ahora están con los brazos abiertos y su mano tendida esperando su llegada. En lo policial, destaca su compromiso en distintos operativos llevados a cabo en su demarcación, desde la búsqueda del niño de diez años que murió ahogado a finales de diciembre de 2011 tras volcar la lancha de recreo en la que viajaba con varios familiares (el cuerpo sin vida se localizó dos semanas después cerca de El Musel) o los asesinatos de un hombre en un portal de Cangas de Onís, en febrero de 2010, o el apuñalamiento mortal de un taxista en Arriondas ese mismo año. También tuvo vital importancia en la investigación de los casi 300 kilos de cocaína que aparecieron flotando en la costa gijonesa en 2011. Ya lo confesó el propio Aguilera en una entrevista concedida a LA NUEVA ESPAÑA durante aquella época. “El espíritu de servicio es ilimitado, hasta la vida. Es lo que juramos y prometemos al jurar bandera”, señaló.

Con ese bagaje ya tenía claro que había acertado al querer convertirse en Guardia Civil. “Hubo momentos puntuales de gran dificultad, pero si miro hacia atrás y hago balance, teniendo en cuenta que esta profesión es vocacional, veo que ha sido sencillo y, sobre todo, hermoso”, confesaba desde su despacho en Contrueces hace poco más de una década. Con ese buen recuerdo, y ya con la estrella de ocho puntas de comandante en el pecho, puso rumbo al Reino alauita como agregado de Interior del Consulado español de Marruecos, en Tánger, donde también fue coordinador del centro de cooperación policial que el propio Aguilera inauguró. Tras sus andanzas por Marruecos, se trasladó a Barcelona para ejercer como jefe de Información de la Zona de Cataluña.

Hace una semana se dio a conocer el regreso a Gijón de un hombre que tiene la palabra lealtad como piedra angular de su vida y su trabajo. Ahora, tomará las riendas de la Comandancia en el mes de junio y con ello podrá recuperar sus paseos por la playa de San Lorenzo, donde iba a caminar con su primogénita, y la gastronomía gijonesa, además del buen trato que siempre ha tenido con sus compañeros en el Instituto Armado. Ya lo dijo el duque Ahumada, que “allá donde va la Guardia Civil, para el ciudadano de bien es un pronóstico feliz”. Alberto Aguilera es claro ejemplo de que el fundador del Benemérito Instituto tenía razón.

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