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josé manuel sariego | Exlíder del PSOE de Gijón, publica “Haikus y otros pecios pestilentes”

José Manuel Sariego publica libro: “Haría un plan PILES gigantesco para dar trabajo a los jóvenes de Gijón”

“En el PSOE echo de menos más beligerancia al defender asuntos como El Musel” | “No es bueno sentarse a escribir pensando en el lector, yo lo hago para ordenar ideas”

José Manuel Sariego, en Fomento.

José Manuel Sariego, en Fomento. Juan Plaza

A José Manuel Sariego (Santibáñez de la Peña, Palencia, 1954), la pandemia lo convirtió en compulsivo creador de relatos cortos y poemas de inspiración japonesa. Escritos que ha reunido para su cuarta obra, “Haikus y otros pecios pestilentes” (Bajamar Editores), con prólogo de Francisco García, subdirector de LA NUEVA ESPAÑA, y epílogo del periodista Jaime Poncela. Habla en calidad de ex (secretario general del PSOE de Gijón, concejal, diputado regional, trabajador de la terminal de minerales de El Musel...), pero sobre todo, como aspirante a compartir reflexiones, parecidas a las que dedica a su perro “Bilbo” en los artículos que firma en este periódico. Hoy, a las 19.00 horas, atiende en la caseta 18 de la Feria del Libro.

–¿Por qué haikus y por qué ahora?

–Por la pandemia. La parálisis y la confusión que provocó fue tal que, cuando me sentaba, solo era capaz de componer algún haiku prosaico y algún texto breve. Descubrí que la rutina es la agarradera que tenemos para sobrevivir. Los haikus y los relatos son producto de ese naufragio interior que cada uno hemos vivido en estos tiempos de disloque. Pasaba el día entero midiendo versos en mi cabeza.

–En algunos casos no salieron las cuentas.

–Escapo de las normas clásicas del haiku, en el contenido y en la forma. Los tradicionales suelen apelar a la naturaleza, a las flores y a los pájaros. Lo mío no va por ahí. Traté de acompasar la escritura al tiempo en el que vivimos, que no está para florituras. En cuanto al continente, procuré ceñirme a las normas clásicas, a la estructura habitual, pero abuso mucho de los encabalgamientos, que rompen el ritmo de un haiku en debidas condiciones. Son irreverencias de un novato. No hace mucho que conocí el género, pero leí a varios clásicos. Adaptarse a esa aparente sencillez del haiku no es fácil. Pero no me paré tanto en las formas como en tratar de transmitir mis vivencias en medio de la peste.

–¿A qué viene eso de “otros pecios pestilentes”?

–El pecio no sólo es un barco que ha quedado hundido sino que también son los restos de ese barco. Ferlosio usó mucho este término, que me vino muy bien porque refleja los restos de esta especie de naufragio colectivo e individual.

–Ni los haikus ni los relatos siguen un hilo argumental. ¿Buscó la anarquía intencionadamente?

–Son producto de sensaciones que me venían a la cabeza y que procuraba ordenar escribiendo. Es un revoltijo, fruto del desconcierto.

–Por momentos, en el libro parece que huye del pasado. Incluso del presente.

–El libro aspira a la antipoesía que preconizaba Nicanor Parra. De lo que huye es de la trascendencia, de la solemnidad, de la pomposidad de la escritura. Mezclo el presente, el pasado, se atisban futuros... Pero no huyo de ellos. Dicho esto, lo mejor son el prólogo y el epílogo. Conseguí que los hicieran dos grandes periodistas, pero sobre todo, dos escritores que usan la radicalidad del lenguaje para expresar sus ideas y que no se casan con nadie, ni con su propia vida.

–Su estilo descarnado sigue intacto.

–Sí, creo que este libro encaja con mi forma de escribir, quizás algo vulnerada en mi tercera obra, de tipo más novelístico. Yo soy muy fragmentario. Si tengo una idea, la expreso y a otra cosa, mariposa.

–¿Pensó en el lector?

–No. Me gustaría que el lector se confabulara con el autor. Que de alguna manera, el libro le sorprendiera. Si además le conmueve, ya sería el acabose. Pero creo que no es bueno sentarse a escribir pensando en el lector. Yo lo hago para tratar de ordenar mis propias ideas.

–El libro no va de Gijón, pero Gijón va al libro varias veces.

–Es imposible que Gijón no aparezca en un libro mío. Llevo en esta ciudad desde hace décadas y, además, durante mucho tiempo estuve muy dedicado a ella. Es parte de mi vida. Aparece inevitable y afortunadamente en mis obras. Aunque a veces, la ciudad cansa para alguien que ha estado tan íntimamente relacionado con ella.

–¿Gijón le llegó a cansar?

–Sí, en cierto sentido. La intensidad con la que se viven algunas cosas no se puede mantener siempre. A veces, conviene despegarse para ser algo más libre. Es necesario para no sentirse subyugado por lo que a uno le importa.

–¿También le cansó la política?

–En paralelo, sí. Llega un momento en el que uno ya no aguanta tanta intensidad. Es sano despegarse y aliviar la mente, la vida.

–Eso ha hecho con su partido. ¿No queda nostalgia?

–Lo hice con la ciudad, el partido, el Ayuntamiento, el Parlamento... Llevo más de diez años al margen. Tengo conversaciones con compañeros, pero ya. Mi tiempo pasó. Tengo un distanciamiento respetuoso con quienes están ahora. Me gusta el tono de Paz (Fernández Felgueroso) como ex. Ese tono respetuoso me gusta.

–No negará que dejó impronta en el partido.

–Soy el secretario general más duradero. Tuve momentos de acierto y desacierto, de triunfo y derrota. Procuré cumplir con mi misión. Traté de hacerlo lo mejor posible y creo que muchos afiliados valoran mi trabajo.

–¿No le llaman los que mandan ahora?

–No me dejo llamar mucho, pero tampoco lo rehuyo. Si alguien quiere mi opinión, la doy. Aunque una de las cosas que aprendí como secretario general es que es conveniente dialogar, pero al final es uno el que tiene que tomar decisiones en soledad. Una soledad necesaria.

–¿Queda mucho del PSOE que dejó?

–No lo sé. Lo que me preocupa es la actual polarización de la sociedad, que se refleja en la política y se traslada a la vida interna de los partidos. Yo siempre procuré resolver los problemas hablando. Hasta las discrepancias se pueden pactar. Eso no ocurre ahora. El otro día me aterró ver en Facebook a un grupo de militantes del PSOE que llamaban a celebrar una victoria ocurrida hace cuatro años: la de Pedro Sánchez sobre Susana Díaz. Me espeluznó. Al revés también me habría espeluznado.

–Pues en Gijón esa fractura fue grande. ¿Sigue?

–Las primarias son un avance democrático por su propia dinámica. Pero creo que tienen efectos perversos que merecería la pena corregir. Anulan a las minorías. Estatutariamente habría que reglamentar un procedimiento para que eso no ocurra. Eso obligaría a que los organismos de carácter horizontal, como el comité federal, autonómico, local... tuvieran un papel más importante. Incluso yo llegaría a plantear que el perdedor de unas primarias tenga una presencia en función de un porcentaje que establezcan los estatutos. Eso aliviaría. Quizás haya que modificar los estatutos porque favorecen la verticalidad y el hiperliderazgo. Y en la militancia, eso despierta una especie de “hooliganismo”.

–¿Apoyará a algún candidato en las primarias de Gijón?

–Ejerceré mi derecho a voto. Ya.

–¿Se siente representado por el actual PSOE?

–En términos generales, hay una continuidad en los contenidos y las formas. Lo que quizás echo de menos es una mayor beligerancia en la defensa de determinados asuntos, como la ampliación de El Musel. Hay que ser valientes. Si no nos defendemos a nosotros mismos, no seremos capaces de defender a los ciudadanos.

–Diez años fuera de la política y ocho de gobierno de Foro.

–Ocho años de desgobierno de la derecha. Si se preguntara por la calle cuál ha sido el éxito de esos ochos años, nadie sabría decirlo. No hubo proyecto. Al actual gobierno local le toca resolver los problemas de esos ocho años y proyectar nuevos asuntos. Si a eso se suma que se ha encontrado con una pandemia... Por eso, ahora se debería bajar el diapasón de la crítica.

–¿Añora el Gijón de “antes” de Foro?

–Gijón sigue siendo una ciudad admirable por su espíritu crítico, participativo y reivindicativo. Por cierto, con nosotros lo fue más que con Foro. La ciudadanía es lista, sabe cuándo puede exigir. Los de Foro fueron ocho años muertos.

–¿Y los dos últimos?

–Son dos años anormales por la pandemia. Creo que sería bueno que el gobierno local se centre en los asuntos cruciales. Por ejemplo, ya es hora de concretar el plan de vías. No toca distraerse en asuntos menores. Además, resaltaría que ahora tenemos un problema de extrema gravedad con los jóvenes, por su falta de perspectivas, como antes teníamos con el empleo en general. Creo que el Ayuntamiento debería hacer políticas muy radicales en favor de los jóvenes. Yo haría un plan PILES gigantesco para que los jóvenes pudieran trabajar.

–¿Demasiado debutante en su partido?

–Sí es cierto que estábamos acostumbrados a que hubiera un protagonismo de responsables públicos del partido que se mantenía a lo largo del tiempo. En los últimos tiempos se ha producido una renovación que es posible que fuera necesaria. Pero eso resiente la gobernanza. Conviene conciliar veteranía y cambio. Quizás hemos dado un cambio demasiado radical. Y no hablo solo de Gijón.

–¿Tampoco echa de menos El Musel?

–No soy de echar de menos esas cosas. Estuve los últimos ocho años ahí muy feliz, pero ya estoy jubilado. Sí diré que la ciudad no capta la importancia de El Musel, quizás como le ocurre a casi todas las ciudades con puerto. El Musel es el pilar fundamental de la economía asturiana. A veces, se analiza su importancia con una miopía excesiva. Debido a ello no es fácil explicar las actuaciones de mejora en El Musel. Ahí está la historia de la ampliación.

–Hablando de historias. ¿Cuál será la próxima?

–Pues igual es un recopilatorio de las cartas a mi perro que publico en LA NUEVA ESPAÑA. También estoy seleccionando todos mis discursos políticos, publicados o no. Quizás me lance a que vean la luz.

–Después de tanto escribirle a su perro, al menos le hará caso.

–Ni puto caso. Pero yo lo sigo intentando.

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