“El salto del porno a internet lo ha cambiado todo; ahora la media de edad de inicio de consumo está en los 12 años”. Bajo esta premisa defendió ayer la sexóloga María Rodríguez, ponente de clausura de la Escuela de Pensamiento Feminista de Cimadevilla, la importancia de que el feminismo se involucre en esta industria y se aleje de posturas censoras. La experta, al contrario, aboga por que el colectivo, “como ya lo ha hecho en la literatura, la fotografía y el arte”, tome parte en la producción de contenidos eróticos para ayudar a variar la temática de una industria que, a su juicio, sigue ilustrando un modelo de sexualidad centrado en el varón y “poco realista”.

Rodríguez hizo un breve repaso histórica del sexo como producto cultural para demostrar que el debate lleva ya siglos de recorrido. Explicó que el primer gran acontecimiento fueron los hallazgos arqueológicos de Pompeya en el siglo XVIII, cuando se ocultaron las representaciones artísticas de contenido sexual en unos archivos secretos de Nápoles a los que solo podían acceder hombres de clase alta. Después, en el XIX, surgieron las primeras posturas a favor de la censura, marcando qué partes de la sexualidad eran apropiadas y cuáles no. En los años 80, prosiguió la sexóloga, llegaron las películas porno en DVD, que vinieron a “democratizar” su consumo.

Y, por último, ya en este siglo, llegó internet. “Ahora, a golpe de clic, muchos chavales ven un porno hegemónico demasiado centrado en el coito y los genitales. Se calcula que un 30 por ciento de los jóvenes usan este contenido explícito como única fuente de información sexual, y que un 48 por ciento lo consideran una forma legítima para aprender, y no es así”, defendió. Planteó, sin embargo, si tal vez “el feminismo que defiende la censura” no debería orientarse mejor a uno que “quiera formar parte” de una industria que no deja de ser “una fuente de contenido de ficción”. “¿Por qué le exigimos al porno, que es entretenimiento, una función didáctica?”, se preguntó la sexóloga, que considera que potenciar una educación sexual en las aulas y apostar por contenidos pornográficos que reflejen otras partes de la sexualidad y representen también el placer femenino serían las dos principales líneas de trabajo a seguir.