Gijón amaneció ayer de luto por la muerte del polifacético Alfonso Peláez Canal a los 66 años. Médico de formación y droguero por herencia de un negocio familiar en la calle Munuza, Peláez derrochó “gijonesismo” por los cuatro costados durante toda su vida, ya fuese contando anécdotas detrás del mostrador, en la barra de algún bar o haciendo afilados comentarios en las páginas de LA NUEVA ESPAÑA. Sportinguista empedernido, amante de la tauromaquia, asiduo al Club de Regatas y exalumno de La Inmaculada, puso negro sobre blanco mucho de lo que aconteció en la villa durante las últimas décadas, empeño que le llevó a publicar varios libros. Conocido y querido por una multitud, deja viuda, Isabel Vila, y dos hijos: María, abogada, e Ignacio, redactor de LA NUEVA ESPAÑA. Su adiós abre un hueco imposible de llenar y supone el fin de una forma de entender y sentir Gijón.

Su desapego por las nuevas tecnologías –no entendía ni quería entender nada de móviles– obligaba a los suyos a ir a buscarle al bar, a Casa Ataúlfo o al Club de Regatas para dar con él. Hasta el párroco de San Pedro, Javier Gómez Cuesta, cuenta que conoció a Peláez frente a una pinta en El Molinucu. Lo hizo gracias a José María Díaz Bardales, histórico sacerdote de La Calzada ya fallecido, que durante años formó con el droguero un tándem de tertulias interminables. “Eran amigos del alma, de los de verdad. Tanto, que durante años cada vez que escribía en el periódico siempre encontraba la manera de citarle a él, y yo me daba cuenta”, asegura el sacerdote. Alfonso Peláez, relata Gómez Cuesta, “fue un hombre entrañable, un gijonés de esos que te ilustran cuando uno viene de nuevo a la ciudad y no conoce su esencia”. Este arraigo playu lo plasmaba en las páginas de LA NUEVA ESPAÑA con artículos en general muy breves, suspiros cortos pero densos que escribía primero a mano y años después a máquina en cuartillas recicladas de carteles de publicidad y facturas de la droguería.

Cuando veía que tenía demasiado que contar, se ponía a escribir libros. Entonces se explayaba para explicar la historia del Bella Vista o la de su querido colegio de la Inmaculada. Su última obra, aún inédita y dedicada a personajes gijoneses ya fallecidos, descansa ahora en un cajón de su casa a la espera de ver la luz. “Gijón para él era el paraíso. No había ciudad en el mundo más preciosa y acogedora y solidaria. Era un gijonés de superlativos y de tremenda bondad. Muchas veces vino a pedirme ayuda para vecinos en apuros. Le importaba su gente”, completa Gómez Cuesta, que hoy oficiará el funeral por su amigo, a partir de las 13.00 horas, en San Pedro. Y añade: “Tenía tanta gracia para contar las historias y un corazón tan grande, que desbordaba”.

El artista Miguel Mingotes también se hizo amigo de Peláez en una barra. Fue dándole vueltas al café en un local cerca del centro San Agustín que se llamaba El Vienés. Pero Mingotes, en realidad, había conocido al gijonés mucho antes, cuando ambos eran estudiantes de la Inmaculada, cuya asociación de antiguos alumnos también lamentó ayer la marcha de quien considera “su compañero”. El artista es cuatro años más joven, así que en épocas de pupitre jamás se le hubiese ocurrido acercarse a un veterano que tenía fama de jugar muy bien al fútbol y se le antojaba imponente. Era la norma no escrita: los pequeños respetaban tanto a los mayores que apenas se atrevían a mirarles a los ojos. Años después, Peláez le definiría como su “hermano pequeño”.

El caso es que décadas más tardes, entre café y café, Mingotes ya conoció al Alfonso Peláez de verdad, al de la droguería, al de los chistes inteligentes, al de los artículos empapados en coña marinera. También al Peláez taurino que no sabía decirle que no a un gin-tonic. “Prestaba leerle casi tanto como hablar con él. Era entrañable. Personalmente es una pérdida tremenda para mí. En días como hoy (por ayer) te das cuenta de lo que Alfonso significaba para Gijón. Salí a la calle un momento y unas cinco personas se acercaron a contarme que se nos había ido en cuestión de minutos. Es una pena”, señala.

Numerosos allegados acudieron ayer al tanatorio de Cabueñes para dar el último adiós a Alfonso Peláez y arropar a su familia. En la imagen, en el centro, el exfutbolista del Sporting Eloy Olaya, entre la viuda, Isabel Vila, y el hijo del difunto, Ignacio Peláez. | Marcos León

También novato del articulista en los tiempos de la Inmaculada fue Alfredo Alegría, presidente del Club de Regatas, que asegura tener en casa todos los libros del articulista. Él, como Mingotes, no cruzó palabra con Peláez en el colegio. “Eran dioses, a los mayores ni se les miraba”, bromea. Tanto Alegría como su familia, todos fieles clientes de la Droguería Asturiana entienden que Gijón perdió ayer “a uno de sus últimos clásicos, sino el último”.

Quedó demostrado durante toda la jornada de ayer en el tanatorio de Cabueñes, donde centenares de allegados acudieron para dar el pésame a la familia de Peláez, empezando por la alcaldesa de la ciudad, Ana González. Entre ellos, estaba Ataúlfo Blanco, de Casa Ataúlfo, también lloraba ayer con amargura a Peláez, cliente y amigo, por ese orden. “Es que era prácticamente de la familia. No sé cómo lo voy a llevar a partir de ahora”, lamentaba. Blanco añade que echará de menos el humor de su amigo, su facilidad para la palabra y, sobre todo, sus anécdotas, “que eran unas cuantas”. También su elegancia y su buena educación “en todos los sentidos”. “Porque sorprendía lo respetuoso que era con todo el mundo y también lo culto, lo cultísimo que era”, prosigue.

“Hace unos días vino la familia a pedirme unos chipirones de potera, cuatro o cinco, para él. Les puse ocho y me pidieron la cuenta, pero les dije: ya me los pagará Alfonso cuando venga”, relata. “Ya sabía que no iba a venir, pero sabía que le iba a hacer gracia”, recuerda el hostelero, que añade: “Realmente no creo que hubiese otra persona mejor que él. Estoy casi seguro de que es imposible superarle”.

Para el empresario Luis Mitre la ciudad ha perdido a “un hombre bueno, a un gran sportinguista y a un escritor extraordinario”. Mitre tiene en casa todos sus libros y en su cabeza un centenar de anécdotas, todas buenas. “Fueron muchos años de conversación ya desde la época de la droguería con sus padres, porque yo soy un poco mayor. Siento muchísimo su marcha, era una gran hombre”, comenta.

Te puede interesar:

En agosto, Peláez tomaba como sede la Feria de Begoña. Explica Maritina Medio, presidenta de la Federación de Peñas Taurinas, que el gijonés era un fiel seguidor de Morante. “Pero era, ante todo, un referente para la ciudad. Era como una institución, algo inherente a ella. Su pérdida es grandísima. Sabía disfrutarlo todo y compartirlo con el resto”, señala. Consternado estaba ayer también el empresario de la plaza de toros de El Bibio, Carlos Zúñiga. “Le tenía un inmenso cariño, siempre me apoyó en todas las facetas empresariales”, indicó. “Sus críticas constructivas me han hecho crecer como profesional”, añadió. “Su sensibilidad no es habitual”, remató.

El expresidente del Principado y escritor Pedro de Silva lo recuerda así: “Desde detrás del mostrador de la vieja droguería, por delante de la que antes o después terminaba pasando todo el mundo, o desde la proximidad de su infinidad de amigos, pero sin ser tampoco un habitual de la vida social, el doctor le tomaba el pulso a la ciudad”. Su bondad, añade, servía de “filtro que dejaba fuera la maledicencia”. “Y la sonrisa que solía provocar lo que escribía era de las que sacan a flote la buena cara del lector y lo hace mejor”, dice. “No era inocencia, era inteligencia”, matiza De Silva. “Me parece que creía en alguna forma de cielo y desde luego se merecía que exista”, remata. Sea como sea, Alfonso Peláez ya forma parte de la eternidad de Gijón.