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Adolfo Manzano Escultor, autor de “Cantu de los Díes Fuxíos”

“El título es un topónimo, no quería un monumento sino un lugar para habitar”

“Gijón hace una apuesta por el arte del tiempo que nos toca vivir y en el que las expresiones hablan de nosotros, que es el sentido del arte”

El escultor Adolfo Manzano, ayer junto “Cantu de los Díes Fuxíos”.

El escultor Adolfo Manzano, ayer junto “Cantu de los Díes Fuxíos”. Juan Plaza

Adolfo Manzano es el autor de “Cantu de los díes fuxíos”, la obra en el Cervigón que celebra su vigésimo aniversario. Diseñó la escultura en mármol de Macael para disfrutarse en días grises como ayer. Es de Quirós, pero vive en Oviedo. Sus últimas semanas están siendo frenéticas. Prepara una exposición en La Caridad para el 1 de octubre. Cede muy amablemente parte de su tiempo y se desplaza a Gijón para entrevistarse con LA NUEVA ESPAÑA. Con las prisas del trabajo, ha olvidado el móvil y también tomar un paraguas. Se protege de la lluvia con una sombrilla de colores que guardaba en el maletero del coche.

–Al contactar con usted, me llamó la atención que no estuviera al corriente del vigésimo aniversario de su obra. ¿No le presta mucha atención a las efemérides?

–Es que soy un poco despistado y entonces se me pasan los años que no me entero (risas). Tampoco es que le preste mucha atención al tema, pero sí, se cumplen 20 años.

–¿Cómo era usted hace dos décadas?

–Tenía menos arrugas, era más guapo y en lo artístico tenía menos experiencia. Quizás, tenía más iniciativa. Cuando llevas mucho tiempo, hay cosas que te decepcionan. Ya no es todo tan novedoso. Son etapas diferentes. Ahora, controlo más de arte, pero tengo menos fuerzas.

–¿Cómo surgió “Cantu de los díes fuxíos”?

–Fue una iniciativa del Ayuntamiento. Me plantearon buscar un sitio donde hacer una obra pública. Barajé Los Pericones y otras ubicaciones, pero un día paseando por el Cervigón descubrí este saliente al mar, y fue donde me pareció que podía encajar una pieza para crear un lugar, un sitio.

–¿De dónde le vino la inspiración para el diseño?

–Cada obra que se hace es la memoria de otras piezas. Este fue una casualidad. Estaba en una beca del gobierno alemán en Alemania para hacer un proyecto itinerante por el país y España. La pieza que hacía no se planteaba como una pieza acabada sino que en cada uno de los museos los mismos elementos iban formando esculturas diferentes para adecuarse al espacio. Aquella muestra se llamaba “Transfer” y terminó por llegar al palacio de Revillagigedo, que fue cuando el Ayuntamiento me planteó hacer una escultura.

–Qué curioso.

–Sí, como le decía barajamos varias propuestas y lugares y de pronto se me encendió la bombilla. Esa escultura que se iba transformando adquirió en Gijón un sentido diferente. La pieza que tenía la exposición en el Revillagigedo se parecía a la escultura del Cervigón pero era de madera y de parafina. Formalmente había mucho parecido, porque eran volúmenes con planos inclinados sobre los que había, como en este caso formas que evocaban objetos domésticos como tazas o platos. Al final, consideré que esa misma pieza podía ubicarla donde está.

–¿A qué alude el título?

–Es más un lugar, un topónimo, que el título de una escultura. Pretendía hacer un sitio de encuentro en el que la vida participa en la escultura y al revés. No quería hacer un monumento para ser visto desde lejos. Quería hacer un lugar para estar, para habitarlo, no para contemplarlo. Por eso está aquí porque te la encuentras en la senda más que caminar hacia ella porque de lejos no se ve.

–¿La hizo para que fuera usada por la gente?

–Sí, claro. Ahora mientras hablamos hay un pescador. Quería un lugar. Por eso el título nombra un lugar. En el “Cantu los díes fuxíos” la palabra “cantu” se refiere al lugar, al saliente, al acantilado. No a la acción de cantar. Los días huidos son los días que huyeron de la memoria. Son esos días importantes que conforman nuestra vida pero que sin embargo no recordamos. Pensamos que las fechas señaladas en nuestra vida son las que nos marcan, pero muchas veces las fechas no señaladas, las que huyen de la memoria, son las que conforman nuestro carácter, nuestras emociones y nuestra relación con la realidad.

–Eso que dice es tremendo.

–Alguna vez lo dije. No recordamos el día que aprendimos la palabra “odio” pero el odio, el amor o la venganza en algún momento entraron en nuestra vida y no somos conscientes de ello. Y eso sí que tiene importancia en la vida (risas).

–¿Qué representa Gijón y su apuesta por el arte contemporáneo en la calle?

–Tiene una importancia trascendental. Debería ser la norma que se apueste por arte contemporáneo porque a veces se apuesta por un modelo pasado, en el que las obras que se ubican en la ciudad no hablan el lenguaje de hoy en día, que no pertenece a este tiempo. Sería absurdo plantear edificios del presente que respondan a necesidades del pasado. Eso vale para el cine o la literatura, así que no tiene sentido que haya ciudades que en la plástica apuesten por un modelo que no responde a las reflexiones del tiempo que se vive. Sin embargo, Gijón hace una apuesta por un arte que representa el tiempo en el que nos toca vivir y en el que las expresiones hablan de nosotros. Ese es el sentido del arte.

–¿Elegiría entonces el mismo diseño para su obra?

–Hay esculturas en las que cambiaría cosas o directamente no las haría. No sucede lo mismo con esta obra. Sin duda volvería a hacerla porque está bien y sigue teniendo vigencia. La idea de los días que huyen de la memoria, una escultura que remita a una situación de pérdida es una poética que sigue vigente.

–Hay ciertos desperfectos. ¿Pedirá al Ayuntamiento que los arregle?

–A veces pienso que igual le viene bien un repaso y otras lo contrario. En nuestro cuerpo quedan las huellas de los accidentes, los sufrimientos y los placeres. Eso nos conforma. Así que esta escultura, que está en un espacio público, tiene la huella del paso del tiempo y de los accidentes. A veces pienso que a lo mejor le viene bien una operación estética y otras creo que está bien que tenga sus arrugas. Es inevitable que una obra que está en un sitio público haya gente que la use para pescar, besarse o comer el bocadillo y otra que, por sus limitaciones intelectuales, se relacione con ella a través de la agresión. Así es la vida.

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