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El IES Rosario Acuña: Cambios de clase con buen ritmo

El centro sustituye la clásica campana por canciones: “El trato es muy humano”, asegura la directora

Alumnos de cuarto de la ESO, en el patio del Rosario de Acuña. | Fernando Rodríguez

Faltan pocos segundos para el cambio de clase en el instituto Rosario de Acuña. Los profesores y los alumnos deberían preparar sus oídos para el atronador sonido de la campana, pero el pitido que ha marcado a generaciones de estudiantes y docentes nunca llega a sonar. En su lugar, los acordes suaves y elegantes de la sintonía de “La Pantera Rosa” inundan el patio del recreo, como semanas antes lo hicieron canciones de Halloween y antes de estos temas para concienciar sobre la violencia de género. Este detalle auditivo es una pequeña muestra del sello de identidad de un centro público en el que la cercanía entre alumnos y profesores es marca de la casa. “Tenemos un gran ambiente. El trato es muy humano entre nosotros”, destaca la directora Raquel Álvarez.

Alumnos de cuarto de la ESO, en el patio del Rosario de Acuña. | Fernando Rodríguez

La música para marcar las alternancias entre asignaturas varía en cada cambio de clase. También suena una pieza diferente con las entradas, las salidas y el recreo. La idea está implementada desde el año pasado y la selección del repertorio comprende a los estudiantes. Las temáticas de las canciones también varían. Por ejemplo, toda esta semana pasada han estado sonado canciones de jazz, mientras que en la anterior lo hicieron sintonías de “Scooby Doo”, “Heidi” o “Los Simpsons”, entre otras. La producción requiere maña y de la técnica se encargan los maestros. “Cambia la sensación. Los alumnos van a clase con un ritmo diferente. No tiene nada que ver con lo de antes”, explica Rosa Rodríguez, profesora de orientación. También lo agradecen los alumnos. Nayara Solís y Enol Ordieres son dos jóvenes que cursan tercero de la ESO dentro del Programa de Mejora y Aprendizaje del Rendimiento (PMAR), una modalidad para alumnos con dificultades para el aprendizaje no relacionados con las horas de estudio. “Es mucho más entretenido, cambias el chip”, destaca Solís. “La verdad que el timbre sonaba muy alto. Te reventaba los oídos”, relata Ordieres.

La alumna Erika Díaz con el profesor Fran Llorente.

Los hay que se atreven a hacer propuestas. A Rodrigo Mazariegos, otro joven de 15 años, le gustaría que pusieran canciones de “Nirvana”, uno de sus grupos favoritos a juzgar por la sudadera que lleva con el logo de la banda de Kurt Cobain. Y a Eva Lorenzana, una joven aficionada al anime y al manga, le prestaría mucho escuchar canciones de “Jojo’s”, una de sus series japonesas favoritas.

Alumnos en el taller de tecnología.

La sustitución de la campana se ha realizado gracias al programa “Proa Plus”, por el cual también se ha podido decorar parte del instituto con grafitis realizados por los alumnos. Todo esto pone sobre el tapete la cercanía entre los profesores y los estudiantes. “Lo que más me gusta del centro es que los profesores no son tan malos como los pintaban en el colegio. La mayoría explica muy bien”, reflexiona Aroa González, otra joven.

La profesora Rosa Rodríguez con el alumno Rodrigo Mazariegos.

La vida lectiva del Rosario de Acuña no está exenta de dificultades. Con 568 alumnos y 70 profesores, el edificio, que antaño fue un antiguo colegio, presenta algunas carencias. No hay ni cafetería, salón de actos ni fórmula para remediarlo que no sea una hipotética ampliación que desde luego no se contempla por ninguno de los actores implicados. “Son aulas pequeñas y estamos un poco a tope, pero a cambio es un centro en el que te manejas bien y en el que hay un vínculo cercano y un buen ambiente”, zanja Raquel Álvarez sobre el Rosario de Acuña, que marca con cada cambio de clase su propio ritmo educativo.

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