La cultura asturiana llora la pérdida de quien fue uno de sus máximos exponentes durante décadas, el gijonés Faustino Rodríguez Arbesú, que falleció a última hora del domingo a los 82 años. Aficionado desde niño al mundo del cómic y gran experto en cine, fue director del Salón Internacional del Cómic del Principado desde 1986 hasta su cierre, en 2014, y se encargó de la edición de “El Wendigo”, la clásica revista especializada en cómic, hasta la misma fecha, cuando las pérdidas económicas del festival del año anterior por recortes en las ayudas públicas colmaron su paciencia. De carácter fuerte y con la conciencia social que le dejó su trabajo en la metalurgia y el recuerdo de robar chatarra para pagarse la entrada al cine de pequeño, fue Arbesú el maestro oficioso de ahora reconocidos autores como Florentino Flórez y Gaspar García Meana. “Siguió interesado por este mundillo hasta el final y seguía escribiendo. Deja sin terminar dos libros inéditos”, asegura su hija Sofía Covadonga Rodríguez. Arbesú será despedido hoy, a las 13.00, en un funeral en la iglesia de San José.

“El Wendigo”, explica uno de sus fundadores, Ramón Fermín Pérez, se hubiese encaminado seguramente a un recorrido más bien efímero si Arbesú no se hubiese implicado a tiempo. “Duró la revista tantos años por cabezonería suya”, bromea. De Pérez dice el estudioso del género Florentino Flórez que era el que mejor escribía. Y Pérez dice que “es posible”, y se ríe, pero a día de hoy casi vincula la revista más a Arbesú que a sí mismo. “La fue haciendo suya con el tiempo y la mantuvo económicamente ante una total indiferencia, por no decir algo peor, de los poderes públicos. Con el Salón trajo a Asturias a autores tremendos. A Quino, a Víctor de la Fuente, a Walter Simonson. Que nadie se cuelgue ahora medallas: el primer en traer a autores estadounidenses fue él”, reivindica. Cuenta que en la década de los ochenta estos superhéroes americanos no tenían mucha cabida en España: “La crítica de aquí, siempre tan suya, los tenía por agentes de la CIA. Hoy parece absurdo pensarlo”.

El escritor Fernando Cuesta, estrecho compañero de Arbesú, recordaba ayer apenado a aquel amigo de carácter fuerte y sombrero de ala a quien él conoció a través del celuloide. Porque el gijonés fue también, dice, “clave” en la difusión del cine en la ciudad. Llevó durante años el cineclub Ensidesa-Gijón, rebautizado en sus últimos años como cineclub Jovellanos, cuando ya no podían proyectarse filmes en el cine de San Pedro y Arbesú se asoció con el Ateneo. “Luego hicimos más amistad por el cómic, y él me ofreció escribir en ‘El Wendigo’. Con estas dos vertientes acercó a la ciudad a grandes figuras, a John Ford, a Jodorowsky, a Eisner, a Quino, a Ibáñez. Lo mejor de lo mejor con un presupuesto que le obligaba a hacer malabares, una cantidad de dinero ridícula”, señala.

El dibujante asturiano Javier Rodríguez rememora aquellas ediciones del Salón del Cómic que le pillaron siendo joven y antes de labrarse una carrera con Marvel en Barcelona. “Pero la vinculación con él viene desde crío, porque mi padre ya era aficionado a los cómics y tenía buena amistad con Faustino. De adolescente me dio clase Florentino Flórez y así pude publicar también en ‘El Wendigo’. Yo soy de barrio, de La Calzada, y gracias a esta gente pude conocer a autores que hubiese sido imposible tener acceso en una ciudad como esta”, asegura. Rodríguez pudo, así, chapurrear en los años 90 el poco inglés que sabía con uno de sus ídolos, Will Eisner. “De aquella el género de los superhéroes estaba denostado, se le tildaba de colonialista, y Faustino reivindicó, por ejemplo, la figura de Frank Miller cuando aún era joven. Los que realmente amamos este mundo le debemos mucho”, completa el artista.

Arbesú llevaba varios años más alejado de los focos, aunque presentó su investigación sobre McCay en 2017 y se seguía emocionando, según revela su hija, cuando se le pedía escribir algún artículo o veía a alguno de los suyos lanzando nuevas ideas en libros y blogs. Su cuarto cáncer ha evitado que pudiese terminar de escribir sus dos últimos proyectos, una recopilación del mundo del cómic donde incluía anécdotas del Salón, y otra obra más personal sobre su trayectoria. “Gijón ha perdido a un apasionado conocedor y divulgador de la cultura popular de masas”, lamenta Miguel Barrero, director de la Fundación de Cultura, que aplaude la “tenacidad” de un gijonés que puso a la ciudad durante décadas en el mapa internacional de las viñetas.

LAS REACCIONES

Alfonso Zapico | Dibujante: “En la buena época lo de Arbesú fue demencial, llenaba el Jovellanos”


Florentino Flórez | Estudioso del cómic: “Fuimos los más grandes y trajimos a los mejores gracias a Tino, y al final nadie le dio las gracias”


Ramón Fermín Pérez | Cofundador de “El Wendigo”: “Nuestra revista duró tantos años por cabezonería suya, fue de las más longevas que se conocen”


Sofía Rodríguez | Hija de Arbesú: “Siguió interesado en este mundillo hasta el final, se ilusionaba cuando volvía a escribir algún artículo”


Javier Rodríguez | Dibujante: “De lo primero que publiqué fue con él; soy de barrio y sin él no hubiese conocido a tantos autores en Gijón”


Miguel Barrero | Director de la Fundación Municipal de Cultura: “Era un apasionado conocedor y divulgador de la cultura de masas”

Un articulista rebelde que “dignificó” el género: “Aprendió a leer con los tebeos”

El gijonés dirigió el cineclub de Ensidesa para “acercar la cultura a los obreros” y fue el principal investigador de la historieta asturiana

Faustino Rodríguez Arbesú nació en 1939 y creció en la pobreza de la posguerra. Se formó como perito industrial y fue trabajador de Ensidesa hasta su reconversión, así como profesor en Gijón hasta que cumplió la edad para retirarse. De niño, era un portento en las matemáticas, según cuenta su hija Sofía Covadonga Rodríguez, pero en su juventud iba más retrasado en la lectura y la escritura. “Su hermana le leía tebeos, y así empezó a leer. Por eso después acabó montando el cineclub de Ensidesa: quería acercar la cultura a los obreros”, concreta. Arbesú, sin embargo, siempre buscó “dignificar” el mundo gráfico, y trató de desvincularlo de esa imagen infantil o de “poco serio” que aún hoy le rodea. Decía que quienes opinaban sobre los cómics sin leerlos era como criticar el género narrativo habiendo leído solo “Caperucita Roja”.

La fascinación por la imagen le hizo acercarse desde su infancia al cine. Para pagarse los tebeos y las entradas quedaba con otros niños para robar chatarra en el muelle gijonés. Ya avanzada su veintena empezó a coleccionar tebeos y se vio envuelto en la década de los setenta en un Gijón algo más comiquero que propició todo lo demás. De la mano del Festival de Cine de Gijón, surgió un certamen local de cómics, y los por entonces estudiantes Ramón Fermín Pérez e Ignacio Sánchez Vicente fundaron lo que de aquella era una desconocida revista llamada “El Wendigo”.

Arbesú visto por Alfonso Zapico.

Arbesú se sumó a este último proyecto y a partir de 1986, se puso a dirigir el Salón del Cómic de Asturias (que se celebró, por rachas, entre Oviedo y Gijón desde 1972), y se mantuvo a su frente hasta su disolución definitiva en 2014, por falta de fondos.

Embelesado por las viñetas de “El Hombre Enmascarado” y el cine de John Ford, a Arbesú le tocó de joven la época de Ciclón, que era como se llamaba entonces a Superman en las ediciones españolas del franquismo que detestaban todo lo americano. Leer a Ciclón costaba un duro, y con ese dinero el gijonés echaba cuentas y calculaba dos entradas de cine y le parecía un despilfarro.

Los iba a leer a casa de un amigo y también se hacía con algunos ejemplares su por entonces novia, Eulalia Eguren, con quien se casó, tuvo dos hijas –Sofía Covadonga e Isabel Rodríguez Eguren– y compartió vida sin perder un ápice de admiración hasta que falleció hace ahora 14 años. Eguren era hija de médico, y Arbesú contaba en broma hace años en este diario que no se casó con ella para poder leer a Superman, pero que aquello no había dejado de ser un buen aliciente. Lloró con “Paracuellos”, de Carlos Giménez; se fascinó con el personaje de “Thor” de Walter Simonson y acumuló durante tantos años decenas de miles de cómics y pe­lículas.

El entorno de Arbesú se entristecía ayer al pensar que el atropellado fin del Salón y la revista hubiese quedado pronto olvidado en el imaginario colectivo. “Realmente peleó muchos años por un Salón que tenía un presupuesto público absurdo. Se pasaba el año peleando con políticos y la cosa se fue agotando sin que nadie le ofreciese su ayuda. Nosotros, esto es una realidad, fuimos los más grandes, fuimos a cenar con Kupert, trajimos a los mejores autores del género a la ciudad. Y fue por el trabajo de Tino. Y nadie al final le dio las gracias”, se lamenta Florentino Flórez, conocido crítico avilesino de cómics y que trabajó mano a mano durante años con Arbesú tanto con el festival como con “El Wendigo”.

Asegura Flórez que Arbesú siempre defendió que la revista huyese de “fanatismos” por autores concretos y que el gijonés se centraba en “analizar formalmente” las obras, no solo a opinar sobre ellas. Si criticaba alguna obra, lo justificaba. Si la aplaudía, explicaba qué tecnicismos le llevaban a hacerlo. Estos artículos, junto con los premios “Haxtur” del Salón del Cómic, fueron durante décadas dos de las principales guías para cualquier aficionado a los tebeos sobre qué comprar y qué no. “Podía llegar a ser una figura incómoda por eso, pero todos sabían que tenía muy buen ojo. Pero esa libertad tenía un precio y lo tuvo que pagar”, resume.

Ese precio se concreta en un dato: el presupuesto del Salón del Cómic era de 20.000 euros, sumando las ayudas del Ayuntamiento y el Principado. El gijonés, tras ver que para la edición de 2013 esa cuantía –ya de por sí baja– acababa con un déficit de 8.500 ellos, anunció en 2014 el fin de ambos proyectos, pero los defendió con orgullo siempre. “Se quedó con esa espina clavada, pero cuando a seguidores suyos nos nominaban a algún premio él los sentía en parte como reconocimiento a su trabajo. Y tenía razón. Mis logros los considero también suyos”, asegura Flórez. Alfonso Zapico, que homenajea en esta página a Arbesú con un dibujo, resume todo esto así: “En la buena época lo de Arbesú fue una cosa demencial, llenaba el Jovellanos. La época dorada del cómic en Gijón fue ­suya”.