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De viaje con Jovellanos | Gran viaje de 1791 (XL)

Trigo y castillos en tierras palentinas

El prócer visita las fortalezas de Fuentes de Valdepero, propiedad de los Sarmiento, y de Monzón, donde se deleita con una fábrica de harina

Castillo de los Sarmiento, en Fuentes de Valdepero (Palencia).

Dejábamos a Jovellanos en el anterior capítulo pasando por Tierra de Campos, en las inmediaciones de la aldea de Villalobón, para indicarnos a continuación lo siguiente en su diario: “se camina hasta Valdepedro una legua; pueblo de doscientos vecinos; cosecha de vino y pan; es de la duquesa de Alba, y tiene un hermoso castillo con dos torres redondas, buenos merlones, una cortina y otras dos torres no acabadas. Antes de Monzón, a la derecha, otro castillo en la altura con una alta torre cuadrada; uno y otro en la eminencia”.

Interesantes apreciaciones geográficas e históricas las que nos ofrece Jovellanos en este fragmento, cuando pasa por lo que hoy sería la nacional 611 entre Fuentes de Valdepero y Monzón. Dos castillos pasan por su vista y son descritos por él, de hecho, ambos se conservan hoy con diversas intervenciones y reformas.

El de Fuentes de Valdepero sería el magistral castillo de los Sarmiento, enclavado en pleno corazón de la población. Esta estirpe ya tenía gran control y poder sobre estas zonas desde el siglo XIII, pero será Diego Pérez Sarmiento en el siglo XV el gran impulsor de esta fortaleza, cuando fue Señor de la villa de Fuentes, Adelantado Mayor de Galicia y Conde de Santa Marta.

En 1521 vivió en primera persona los acontecimientos del levantamiento comunero, y en manos comuneras permaneció hasta su derrota en Villalar. Los señores de Fuentes seguirán al frente del castillo hasta 1739, cuando María Teresa Álvarez de Toledo y Haro, que fue condesa de Fuentes de Valdepero, pero también XI duquesa de Alba, hace que el castillo pase a la órbita de poder de esta importante familia, de ahí que Jovellanos nombre esta propiedad. Y así será hasta que ya en 1995 la Diputación de Palencia lo adquiera y lo convierta en lo que es hoy, el Archivo de la Diputación palentina.

Es una imponente fortaleza con una torre del homenaje de gran altura, con patio de armas y unos espesores de muro que llegaron a alcanzar los 11 metros, casi inexpugnable.

Contaba una leyenda que existía en sus muros un pergamino que envolvía la empuñadura de una espada cuya pica asomaba entre los escudos de los Sarmiento en la torre sudeste, unos decían que la espada pertenecía al mítico Bernardo del Carpio y que servía para demostrar el poder que tenía la familia, otra versión era más macabra al decir que tiraban desde lo alto a reos para que sus cuerpos se clavasen en la espada en la caída. Ningún castillo está ajeno a estas leyendas.

El otro castillo es el de Monzón, que está en lo alto de una colina en las inmediaciones de la población. Sus orígenes están ligados al rey Ramiro II cuando le pide a Ansur Fernández repoblar estas zonas en el siglo X, y lo nombra conde de Monzón, teniendo ya el condado como base el castillo. Cierto es que de lo que hoy vemos lo más antiguo data del siglo XIV cuando la fortaleza, tras muchos episodios históricos, como por ejemplo en 1109 cuando se da el matrimonio de Berenguela, reina de Castilla, con Alfonso el Batallador, rey de Aragón, pasó a manos de la familia Rojas en la persona de Sancho Sánchez de Rojas, el señor de Monzón y Cabia. Fue ya en el siglo XX Parador Nacional y sede del Consejo General de Castilla y León.

El ilustrado citó la empresa castellana como ejemplo en su “Informe sobre la Ley Agraria”

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Pero en Monzón, Jovellanos observa otras cosas de gran interés, como los trabajos cotidianos en una fábrica de harina. El texto es largo, pero merece la pena leerlo con calma, dice así: “Esta fábrica consta de tres operaciones: la primera, limpia del grano; segunda, cernido; tercera, prensado. El trigo se recibe a precio abierto, pero con calidad de tener exclusiva todo el que no pese a noventa y siete libras fanega, a cuyo fin hay su romana, con su máquina de torno para suspender los sacos. Para la limpia hay tres máquinas colocadas en tres diferentes altos: la primera se reduce a dos cribas cilíndricas de alambre, una dentro de otra; la interior, de red ancha, y, por consiguiente, excluye las piedras, tierras y granzas gruesas del trigo, el cual pasa desde ella a la exterior, que, siendo más estrecha, hace la exclusión de la cebada, la avena, etc., y deja el trigo más limpio. Como ambas están colocadas con algún pendiente, este trigo cae por una rampa a su manga, que comunica al piso inferior, y por ella cae en el receptáculo de otra máquina, que le pasa a otra criba cilíndrica, donde el trigo limpio, que pasa movido por un batiente, suelta al lado los granos pequeños y vanos, y a la salida, dando con fuerza en el borde de otra rampa, hace saltar las camisas vacías, dejando sólo correr por la rampa el grano pesado, el cual entra en otra manga, y por ella cae al recipiente de la última máquina, situada en el piso inferior, que poco más o menos es como la primera en la operación.

Limpio así el trigo, va a los molinos del país, que están próximos, y, ya molido, entra la harina en las máquinas de cernido, que son seis; redúcese cada una a dos grandes cedazos cilíndricos, el interior de cerda y el exterior de seda; cae la harina en el primero desde un recipiente que está en lo alto del cajón, por un cañón de hoja de lata como de tres pulgadas de diámetro, y movida la máquina en derredor, suelta toda la harina en el cedazo exterior, cayendo los salvados gruesos por lo más bajo (supónese que están en pendiente suave); pasada después la harina por el cedazo de seda, va cayendo en los senos inferiores del cajón: la de flor en los primeros, la de segunda suerte en los segundos y el salvado en el último. La de segunda suerte vuelve al molino y entra de nuevo en la máquina para dar más flor, y aun los salvados vuelven también y dan una harina basta que sirve para pan común. Supónese que estas máquinas están contenidas en un gran cajón cuadrilongo cerrado por todas partes y con sus puertas al frente para que no se espolvoree ni pierda la mejor harina. También las máquinas de limpia están encajonadas, aunque no con tanto cuidado; unas y otras se mueven a mano por medio de maniquetas. Los salvados últimos se venden al público a real (antes a seis cuartos) el celemín, y son muy buscados, porque los panaderos los venden a veinte cuartos; pero como aquí hay tanta abundancia, se les llenan los almacenes y, a trueque de no tirarlos, se baja el precio. Hecha ya la harina de flor, pasa a la prensa; los barriles, cada uno lleva ciento ochenta y seis libras de harina. La prensa se reduce a un simple tórculo, bajo el cual se pone el barril boca arriba, se le va echando harina, y con una tabla redonda se va apretando hasta la boca, y luego se cierra en la forma común”.

Qué descripción tan profusa y tan nítida de como era el trabajo diario en la más importante fábrica harinera de finales del siglo XVIII, y es que esta era la primera de harina en toda España y Jovellanos la nombra en su importantísimo Informe de Ley Agraria cuando dice: “En el día apenas tenemos otra fábrica de harinas que la de Monzón que, por si sola, y en pleno corazón de Castilla y a 40 leguas de Santander, exporta una cantidad tenue del país mas abundante del Reino”.

Francisco Durango y su sobrino José Pérez Ordóñez serían los artífices de este negocio, el primero fue un curtidor y tratante vallisoletano, además de comisario del Banco Nacional de San Carlos en Valladolid y en Reinosa, mientras que José Pérez Ordóñez casado con una hija de Francisco, trabajaba como Mayordomo Mayor en las casas de comercio de Palencia y Valladolid. Jovellanos conoció al segundo y le definió como ‘sujeto inteligente que ha viajado y observado, y tiene los conocimientos que puede dar una juiciosa experiencia’.

Fueron auténticos pioneros en este negocio, pero nuestro ilustre viajero prosigue el camino, aunque eso ya lo vemos en el próximo capítulo.

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