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Las peores horas del San Vicente: el accidente laboral que se saldó con una familia rota y una comunidad educativa tocada

El accidente en el colegio que aún nadie puede explicar

Derrumbe en el interior del colegio San Vicente de Paul

“No sabemos qué pudo pasar. Era una obra de nada. Estábamos quitando escayola y poniendo pladur por unas grietas que habían salido en el techo, nada más. Nosotros estábamos en un hueco, y Andrés y David estaban al fondo cuando de pronto se vino abajo el techo”. Vicente Moirón, que resultó ileso en el accidente que se produjo el pasado miércoles en el colegio San Vicente de Paúl, explicaba con esas palabras lo ocurrido mientras aguardaba a que los bomberos encontraran bajo los cascotes a su yerno, David Velasco Velasco, y al primo de este, Andrés Velasco Díaz, de 40 y 39 años, respectivamente. Una espera angustiosa de más de cuatro horas que culminó con el peor de los desenlaces: la localización de ambos trabajadores sin vida. El cuarto trabajador, el ceutí Kamel A., había sido trasladado al Hospital de Cabueñes con heridas en una mano.

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Derrumbe en el interior del colegio San Vicente de Paul Juan Plaza / Marcos León

El suceso ha conmocionado a la ciudad y ha dejado en vilo a la comunidad educativa del centro. A las doce menos veinte de aquella fatídica mañana vecinos del entorno, hosteleros y sus clientes, además de otras personas que se encontraban en la calle, escucharon un ruido que definían de distinta forma, desde una caída masiva de cascotes seguida de un fuerte ruido, a la rotura de un camión lleno de cristales o como un estruendo como el de una explosión. Acababan de desplomarse cien metros cuadrados de la cubierta del edificio sobre las dos aulas de quinto de primaria, en una de las cuales estaban los trabajadores. “¡David, David!”, se escuchaba gritar a Vicente Moirón, tras ser rescatado por los bomberos a través de la ventana a la que se había acercado a fumar antes de que cediese la cubierta del edificio. Un cigarrillo que salvó la vida a este mierense, vecino de Gijón. De igual modo se rescató a Kamel A.

Las peores horas del San Vicente

Los trabajadores estaban a punto de culminar, tras seis días de labor, la obra que se había encargado a la empresa Solarina Construcciones y Servicios tras la aparición de grietas en la escayola de una de las aulas afectadas, como también indicó ese día el director del colegio, Manuel Fuertes, quien junto a varias Hijas de la Caridad se desplazaron hasta el lugar, además de la alcaldesa, Ana González; el presidente del Principado, Adrián Barbón; y la Consejera de Educación, Lydia Espina.

Enseguida toda la zona se llenó de policías, ambulancias en previsión de que se lograra rescatar con vida a los desaparecidos, y de bomberos que en relevos y sin descanso fueron tirando por una de las ventanas cascotes y mobiliario de las aulas hasta la calle Caridad, tras haber acordonado la zona, para localizar a los dos trabajadores.

Las peores horas del San Vicente

Una operación que siguieron con angustia sus familiares desde la calle Caridad, sentados en las sillas que les sacaron de una pizzería cercana, alguno de los cuales tuvo que ser asistido por los sanitarios tras conocerse el fatal desenlace. Los familiares habían ido llegando al lugar después de que los avisara Vicente Moirón, quien hizo lo posible por calmarlos durante la espera pese a ser consciente de la gravedad de lo que acababa de ocurrir.

La mala suerte hizo que el derrumbe se produjera cuando los trabajadores aún estaban en el tajo, sin herramientas con las que efectuar algún tipo de labor distinta a la colocación del pladur, según explican las fuentes consultadas. Se trataba de una labor con licencia de obra menor, para cuya concesión no se exige la elaboración de un proyecto por parte de un arquitecto o un aparejador.

Las peores horas del San Vicente

El desastre, que se produjo en una jornada no lectiva en este colegio concertado del centro de Gijón, no sólo ocasionó pesar en toda la comunidad educativa, sino también desasosiego entre familiares de los alumnos, varios de los cuales acudieron a ver con sus propios ojos lo que había pasado y seguir el operativo de rescate, que también fue seguido por decenas de personas que pasaban por el lugar. “Se me puso la piel de gallina, porque ha pasado cuatro días antes de que volviera” a clase, señalaba frente al colegio la madre de uno de los niños de diez años que estudian en las dos aulas que quedaron sepultadas por los escombros. En el colegio, además de los obreros, sólo se encontraban ese día, en un lugar distinto, las trabajadoras de la limpieza, que en seguida lo desalojaron.

Viendo cómo crecía en la calle Caridad el montón de cascotes que los bomberos iban arrojando sin descanso desde lo alto del edificio, la sensación desde abajo era que pintaba mal. Los peores presagios se confirmaron a las dos y cinco de la tarde, cuando encontraron sin vida el primer cuerpo. Tuvieron que sujetar a varios familiares que, desesperados, intentaron acceder al colegio para saber quién era. Se trataba de Andrés Velasco. La búsqueda seguía, pero no pudo concluir hasta las cuatro menos cinco de la tarde, debido a que se precisó del apoyo de una grúa de gran tonelaje para retirar un bloque muy pesado, que bloqueaba el acceso al cuerpo de David Velasco.

La labor de los bomberos no terminó ahí, sino que siguieron realizando labores para retirar elementos de la cornisa que corrían el riesgo de caer a la calle. La policía científica, inspección de trabajo y técnicos municipales de urbanismo también acudieron a realizar su labor para determinar por un lado las causas del desastre y por analizar qué medidas debían de aplicarse para garantizar la estabilidad del edificio.

El levantamiento de los cadáveres fue ordenado por la magistrada del juzgado de instrucción número 4 de Gijón, Ana López Pandiella. El viernes se celebró el funeral en la parroquia de Nuestra Señora del Carmen, de Mieres, localidad de la que eran vecinos ambos primos, naturales del concejo de Aller. David tendía cinco hijos y Andrés cuatro. El derrumbe que los mató no fue el único que aquel fatídico día se produjo en pleno centro de Gijón. El segundo fue el de las familias cuando recibieron el mazazo. “Mi compañero Kamel y yo salvamos la vida milagrosamente, pero ellos se quedaron allí”, alcanzaba a decir Vicente Moirón tras fundirse en un abrazo con los demás familiares, desconsolados.

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