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José Luis Argüelles Periodista y escritor, presenta libro

“La izquierda tiene el reto de abandonar el ensimismamiento particularista”

“Hay un cabreo interesado que transmiten ciertas élites dispuestas a borrar la gran lección de la Transición: la posibilidad del acuerdo”

José Luis Argüelles, con su último libro, ayer, en la calle Santa Lucía. MARCOS LEON

Recuperando una serie de artículos publicados en este diario entre los años 2012 y 2016, el periodista y escritor José Luis Argüelles (Mieres, 1960) acaba de sacar a la luz, con la editorial Impronta, “El callejón de las fieras”. Repasa, entre otros asuntos, las consecuencias de una crisis económica que afloró el drama de los desahucios, el paro juvenil y una desigualdad social en aumento. El autor presentará el libro este lunes, a las 19.30 horas, en el salón de actos de la Escuela de Comercio, en un acto organizado por el Ateneo Obrero y Gesto Sociedad Cultural, en el que participarán el escritor Julio César Iglesias y el redactor jefe de LA NUEVA ESPAÑA de Gijón, Eloy Méndez.

–En los artículos habla del “tarifazo” de la luz, del cabreo social, del paro juvenil y de los pensionistas que no llegan a fin de mes. Suena bastante actual.

–Y de algunas otras cosas. Son artículos que se publicaban los domingos en la edición de Gijón de LA NUEVA ESPAÑA, así que estaba obligado a atender lo local, pero sin perder de vista España y el resto del mundo. Fueron los años del primer Gobierno de Rajoy, en los que se tomaron medidas que, a mi juicio, agravaron la Gran Recesión. La operación fue simple y dolorosa: recortar los salarios para recuperar competitividad y traspasar la deuda privada a las cuentas públicas. Hay diferencias con la actual situación.

–¿Cuáles?

–La crisis financiera de 2008 fue directamente provocada por la desmesura antipopular neoliberal, mientras que la de los dos últimos años tiene su origen en la pandemia del covid-19 y en un deseo de salvar vidas. Nada que ver. Y, además, se ha actuado al revés que en aquellos otros años: el acuerdo de la última reforma laboral o la subida del salario mínimo son solo dos ejemplos. Al menos, en España, Europa y Estados Unidos. La propia Merkel, valedora entonces de las recetas neoliberales, tuvo que rectificar a última hora.

–¿Qué recuerda, como periodista, de aquellos años de crisis?

–El dolor de mucha gente que perdió el empleo, empezando por unos cuantos periodistas, o a muchas personas que se vieron en la calle de la noche a la mañana: las echaron, sin más, de sus casas al no poder pagar las letras. Algunos artículos del libro, como “El gran desahucio”, hablan de aquello. Y que un sector importante de la población, incluidos numerosos jóvenes, o sea, la esperanza, se dio cuenta de la necesidad de cambiar algunas cosas. Vimos de pronto la inmensa sinvergonzonería de muchos tenidos hasta esos días por ejemplares ciudadanos. Hasta un tipo como Sarkozy proponía refundar las bases éticas del capitalismo.

–El título del libro, que mantiene el nombre de la serie de artículos publicados, rescata el nombre de una calle de Cimadevilla.

–Así es. Hay un poema de Luciano Castañón que recuerda esa humilde rúa de Cimavilla: el callejón de las Fieras. Un recuerdo de la infravivienda obrera (“viven como las fieras”, decían los pudientes al referirse a las condiciones materiales de los proletarios). Un homenaje a las clases populares y un recuerdo de que los avances sociales no son ineluctables.

–¿Qué cree que se dirá en el futuro de los “daños” que trajo la pandemia?

–Es la peste de nuestra época. El periodista gijonés Jaime Santirso, uno de los pocos corresponsables internacionales que vivió en Wuhan el origen de la epidemia, acaba de publicar un libro sobre aquellos primeros días. Afirma, con razón, que su historia carece aún de principio, porque es un misterio, y de final, porque la pandemia aún no ha acabado. No sé si hemos aprendido la lección: que necesitamos estructuras comunitarias y públicas sólidas, léase la sanidad o la educación, y que todos dependemos de todos.

–El libro termina con una pieza en la que lamenta que la izquierda se hubiese alejado de la calle.

–Sí, digo que los partidos de izquierda que se alejan de la calle acaban por meterse en callejones sin salida, como prueban los casos de socialdemócratas europeos que se dejaron deslumbrar por el casino de la economía neoliberal. Hay muchas izquierdas, pero la central en Europa es la socialdemócrata, que trata de volver a su ideario clásico de lucha contra la desigualdad. Ahí puede encontrar a muchos izquierdistas de otras sensibilidades o tradiciones. La izquierda tiene el reto de abandonar el ensimismamiento particularista y el de encontrar el hilo que nos une a casi todos, el de la mejora de nuestras condiciones materiales de vida.

–¿Ha vuelto ahora aquel “cabreo social”?

–Creo que es de distinta raíz. Lo que veo es un cansancio derivado de los muchos meses de pandemia. Y, luego, está el cabreo interesado que transmiten ciertas élites dispuestas a borrar la gran lección de nuestra Transición: la posibilidad del acuerdo y el final de la España a garrotazos que pintó Goya. Necesitamos más que nunca la buena información y no dar cancha a los odiadores profesionales.

–Hace varias referencias, en general críticas, a las reformas de entonces. ¿Ve con esperanza la nueva reforma laboral?

–Los resultados de muchas de aquellas reformas las vimos entonces, con la bajada de salarios y la precarización laboral, y las padecimos durante la pandemia por los recortes que se introdujeron en los sectores públicos. La nueva reforma laboral puede resultar insatisfactoria en algunos aspectos, pero me parece respetable porque es el acuerdo de empresarios y sindicatos.

–En muchos artículos destaca la obra de músicos y escritores asturianos, y en varios lamenta que no encontrasen toda la proyección que merecían dentro de la región. ¿Lo mantiene?

–He escrito que Asturias tiene hoy su mayor fortaleza en sus creadores culturales. Lo dije y lo mantengo. El problema es que casi nadie parece darse cuenta.

–¿Cómo ha sido la relectura de estos textos?

–Ha sido un reencuentro con el periodista que yo era hace ocho o diez años y la comprobación de que mis convicciones no han cambiado mucho. Son 67 textos presididos, creo yo, por ese afortunado concepto que acuñó Juan Cueto: lo “glocal”, un palabro en el que se entreveran lo local y lo global. En el libro hay, en este sentido, un reconocimiento de ese talento y un abrazo.

–¿Qué supone publicarlos como un libro ahora?

–Es un libro que debo al apoyo de los editores de Impronta, Marina Lobo y Carlos González Espina. De otra manera, jamás se me hubiese ocurrido reunir mis artículos. Lo veo como mi modesto homenaje a una tradición y a unos maestros que admiro.

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