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Silencio y emoción para arropar a la Virgen en su Soledad en la procesión del Sábado Santo en Gijón

El recorrido por las calles de Cimadevilla sirvió para el rezo de los misterios y concluir cantando en latín la "Salve Regina"

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En imágenes: la procesión del Sábado Santo en Gijón

“Triste Madre, cuán sola te quedas / seré yo el consuelo de tu soledad”. Con estas palabras, por voz del hermano mayor, Ignacio Alvargonzález, daba comienzo la procesión del Sábado Santo, la más familiar e íntima de toda la Semana Santa. Apenas unas decenas de personas acude todos los años a la única procesión que discurre íntegramente por Cimadevilla. Solo se oía silencio entre alguna que otra gaviota que sobrevolaba San Pedro, el aroma del mar impregnaba los primeros pasos de los penitentes gracias a la incipiente bajamar. Había hasta ocle en la “rampla” para sublimar el ambiente marinero de la procesión.

La Santa Misericordia, repartiendo incienso, llevaba sobre sus hombros la imagen de San Juan, con liliums y margaritas de color rojo que lo envolvían. De la mano del Santo Sepulcro hacía aparición en la explanada del Campo Valdés la Virgen de la Soledad, con un excelso manto negro bordado en oro, a juego con la corona. Liliums, margaritas y alhelíes blancos la adornaban en esta travesía después de dejar a su hijo muerto y sepultado. Una tela blanca, con la cruz del Santo Sepulcro de Jerusalén bordado en rojo, de estreno, colgaba de los varales.

Todos dispuestos, puntualidad taurina mediante (o jesuítica, como se prefiera), tomó la palabra el párroco de San Pedro, Javier Gómez Cuesta, acompañado por el sacerdote José Antonio Álvarez, para el primero de los misterios dolorosos. El pregonero de este año, Agustín Guzmán Sancho, y el de 2014, Paulino Tuñón, no les dejaron solos. La comitiva, con penitentes de la Santa Vera Cruz de avanzadilla, encaraba su ascenso al barrio Alto por la calle del escultor Sebastián Miranda. Feligreses y turistas madrugadores confluían al paso de las imágenes. Entre una y otra parada para los misterios imperaba el silencio maestrante, como durante años se describió en las crónicas de cada Sábado Santo en LA NUEVA ESPAÑA.

 Dos tambores de la Vera Cruz se escuchaban por las estrechas calles de Cimadevilla, especialmente en Cruces y Rosario. Gómez Cuesta invitaban a la oración, debidamente respondida por penitentes y feligreses. El canto de Santa María del Camino, al unísono, llevaba a retomar el paso camino de la Capilla de la Soledad, “gijonesismo en vena”, dicen. A sus pies llegaron los pasos. Primero, San Juan, que contemplaba a la Virgen aparecer por la calle Julio Fernández. Ya en Óscar Olavarría, ante la escalinata donde el busto de Claudio Alvargonzález, los penitentes, porteando de espaldas, juntaban a las dos imágenes para cantar en latín la “Salve, Regina”. Pocas voces se la sabían, pero, muy dulces. Al grito de “Viva la Virgen de la Soledad” concluyó el Sábado Santo, aplausos incluidos, a la espera de la Resurrección del Señor. 

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