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Escribir, "igual que hacer un besugo al horno"

El desparpajo de la literata, que huía de misticismos, fraguó un amplio anecdotario sobre su visión del oficio

Carmen Gómez Ojea, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Oviedo. | Fernando Rodríguez

Cuando Carmen Gómez Ojea ganó el premio "Nadal", los escritores asturianos arquearon las cejas ante aquella autora hasta entonces desconocida que salía en los medios de comunicación comparando la redacción de una novela con saber cogerle el punto a un besugo al horno. En unos tiempos en los que los escritores creían sentar cátedra solo con dar los buenos días, el desparpajo de la gijonesa, que nunca entendió el misticismo de algunos escritores, marcó un antes y un después en la literatura asturiana. Aquellos primeros días de entrevistas por el "Nadal" inauguraron la que acabó siendo una larga lista de anécdotas. Miguel Barrero, director de la Fundación Municipal de Cultura, recuerda otra de aquellos días, cuando un periodista le había preguntado qué le parecía que el premio fuese a parar a una mujer: "Y ella dijo: ‘Me parece muy bien. Me parecería raro que se lo diesen a una mona’", rememoró el escritor entre risas.

La anécdota del besugo la cuenta el catedrático de Lengua Francisco García Pérez. "Eran épocas en las que los que escribíamos parecíamos seres sagrados, tocados por los dioses con una varita mágica. Por supuesto, en ese tiempo no existía el concepto de escritora. Y de esos seres sagrados solo salían divinas palabras", recuerda. Comprar el escribir con hacer un pescado al horno era algo inimaginable: "Nos dio una lección de gastronomía por televisión que me dejó trastornado. Pensé: ‘¿pero de dónde ha salido esta mujer?’. Y consulté con quien la conocía, que me certificó lo que había intuido: que era totalmente una fuera de serie. Yo la quería mucho, mucho". García Pérez añade otra vivencia. Cuenta que cuando él empezó a coordinar el suplemento cultural de LA NUEVA ESPAÑA en 1992, Gómez Ojea dejó de escribir durante un tiempo para el periódico. "Fue un malentendido, ella creyó que yo no quería contar con sus artículos y yo no pude explicarme porque no fui capaz de contactar con ella", explica. Años después, en el IES Número 1 donde él daba clase invitaron a la escritora para dar una charla, y el director creyó que García debía ser quien la presentase, así que decidió citarlos a los dos para hacer las paces. "El director, intentando mediar, empezó a plantear la situación: ‘Parece que en el pasado hubo cierto desencuentro entre vosotros...’. Carmen, con el vigor que la caracterizaba, no le dejó seguir. ‘Ni Paco ni yo tenemos buena memoria’, dijo, seguido de dos rotundos besos que lo zanjaron todo", completa García. "La recuerdo como una gran conversadora, siempre hospitalaria en un ático completamente lleno de libros, de antigüedades y de objetos curiosos, y sobre todo como una mente personalísima y tan desprejuiciada como su propia obra: original sin afectación, natural, fluida y sorprendente", añade el también escritor Juan Carlos Gea.

Tras tantos años de charlas y entrevistas, Gómez Ojea, aunque siempre reservada, dejó caer con la gracia que ella tenía muchas otras anécdotas. A este diario dijo: "Masuñar para hacer rollos de bonito y escribir me produce placer físico". Y también: "Llega el atardecer, me sirvo una copa de vino, me pongo a escribir, luego paso al cacharro y me siento como Dios: creadora. Más: él descansó al séptimo día y yo no". Sobre si le preocupaba el fenómeno "okupa", señaló: "Nunca. No me cabe en la cabeza que haya edificios abandonados tan custodiados por la Policía. Igual están criando ratas para hacer hamburguesas". Sobre García Márquez: "Es un monótono, el típico escritor hispanoamericano que cuenta una historia y te sorprende la primera vez, pero a la tercera ya es insoportable". Sobre el Sporting: "Le cogí manía porque uno de mis hijos rompió con una bandera del equipo una lámpara preciosa". También contó que en el colegio la castigaron a escribir "no debo desperdiciar tontamente mi tiempo ni mis cuadernos”, que fue a clase con una sobrina de Octavio Paz y que se consideraba "voluble" y "un poco desequilibrada" y "más anarquista que otra cosa": "Ni Dios, ni amo, ni CNT", reivindicó.

A su marido Gómez Ojea lo conoció siendo muy joven y, también, por una anécdota. Una estudiante de Derecho le contó que un compañero suyo también escribía, le enseñó un relato, y a la gijonesa se le antojó demasiado similar a uno que había escrito ella. Se lo presentaron y le acusó, más bien en broma, de plagio, y quedaron en dar un paseo por Oviedo. En plena caminata, ella se descalzó y encendió un cigarro. De la Fuente no se inmutó, y así superó sin querer su gran prueba de fuego. Llevaban así más de 50 años juntos, compartiendo una copa de vino al anochecer, con Gómez Ojea descalza y pensando en nuevas historias.

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