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El Mercante, icono de Cimadevilla

El bar de la Cuesta del Cholo, que acaba de sufrir un incendio, abrió en los 60, llegó a vender churros e hizo su última gran reforma en 2001

Ambiente en la Cuesta del Cholo, con el Mercante de fondo, en el año 2011. | Juan Plaza

"No hay como el calor del amor en un bar", cantaba en los ochenta "Gabinete Caligari", el grupo de Jaime Urrutia, para homenajear a los chigres de toda la vida. El Mercante, en Cimadevilla, encaja en esos versos. El incendio que casi lo borró del mapa el martes no solo es un duro mazazo para sus dueños, una familia muy apreciada en Cimadevilla y que puso a andar el reloj de la historia del emblemático local el 20 de octubre de 1966. También lo es para los miles de gijoneses que en estas décadas se han pasado por la Cuesta del Cholo a beber sidra, a comer pipas, a conversar, reír, llorar y a tostarse bajo el sol de Poniente en las tardes gijonesas de tiempo benigno. "Mis abuelos, mi padre y mis tíos aparecieron aquí y mira lo que sacaron adelante. El bar de la Cuesta del Cholo. No es solo una cuestión de dinero. Es nuestra vida", explica Rocío Suárez Varas, tercera generación de la familia que lleva el Mercante en sus venas.

Según consta en el Catálogo Urbanístico municipal, el edificio del Mercante, que goza de protección, se construyó en 1957. Los fundadores del local fueron Celso Suárez y Manolita Solís, los abuelos de Rocío Suárez, cuyas raíces no hay que buscarlas en Gijón sino en Oyanco, en el concejo de Aller. Celso Suárez fue minero y llegó a vivir durante algunos años en Alemania, en la ciudad de Essen, urbe de gran tradición minera. "Se fue allí a trabajar buscando un medicamento para mi padre, Julio Adolfo Suárez, que no podían encontrar en Asturias", cuenta Rocío Suárez. "Hubo un derrumbe en la mina en la que trabajaba y se hizo cargo de la situación. Entonces le valoraron más y pudo llevarse a mi abuela, a mi padre y a mi tío", añade la mujer.

El edificio del Mercante, en los años setenta.

A su regreso a Asturias, Celso Suárez siguió algún tiempo trabajando en la mina y Manolita Solís encadenó varios trabajos. Fue en 1966, según relata la mujer, cuando abrieron el Mercante. "Vendían de todo. Sardinas, ensalada, parrochas, bocarte, sidra, vino y hasta churros. A la entrada del local antaño había una churrera con una plancha", rememora la mujer. Celso Suárez, el abuelo, falleció hacia mitad de la década de los ochenta. Fue entonces cuando Julio Adolfo Suárez, el padre de Rocío Suárez, se hizo cargo del negocio junto a sus hermanos, Celso y Susana. También ayudó su esposa, Marisa Varas. Julio Adolfo Suárez falleció en 2020 y Susana ya está jubilada. Celso Suárez, el tío de Rocío, se ha convertido desde hace un tiempo en la cara visible del emblemático local. Va a cumplir 62 años y barajaba la jubilación.

El Mercante en todos estos años se ha convertido en testigo de los cambios de la Cuesta del Cholo y por extensión de Cimadevilla, un barrio que en los últimos años se ha vuelto más bohemio y turístico, pero que no siempre fue así. Lo comentó el propio Celso Suárez en un reportaje publicado por LA NUEVA ESPAÑA en verano de 2020, en plena desescalada de la primera oleada del coronavirus, la del primer confinamiento. "Pocos nos acordamos ya de cuando aquí había bodegas de pescado y el ambiente era marinero", contó.

El restaurante, durante las obras de 2001. | Marcos León

Los ochenta en Cimadevilla los resumió así: "Vi a chavales apuñalados, a tíos que entraban y sacaban un sable, a gente que me miraba señalándose el cuello, como diciendo que me iban a matar. En esta calle hay mucha historia". El ambiente sidrero, contó Celso Suárez, empezó su auge con los noventa. "Empezaron a venir chicas arregladas, familias, jóvenes en grupo... pero la realidad es que la Cuesta del Cholo sigue siendo de la gente de aquí", remató.

La fama del Mercante es fruto del trabajo de una familia. Y cuando se dice trabajo, no es solo detrás de la barra del bar. Allá por 2001, el local hizo una reforma completa de su parte superior. El propio Julio Adolfo Suárez llegó a subirse al andamio para participar en estos trabajos. "Pidió trabajo como empleado para seguir manteniendo a la familia. Por eso cuando vi el ‘furacu’ que hay arriba...", añade Rocío Suárez al otro lado del teléfono para resumir lo que ha quedado muy claro. Que el Mercante es algo más que un negocio, o un bar, es parte del corazón de Cimadevilla.

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