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El Antiguo Instituto: un inmueble edificado sobre arena

Jovellanos quiso antes de su partida a Rusia colocar la primera piedra de su Instituto, bendecida por el párroco de Gijón, Nicolás de Sama

Huerta y fachada del instituto con el salidito que ocupaba la capilla. | Foto Castillo

Huerta y fachada del instituto con el salidito que ocupaba la capilla. | Foto Castillo

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Sobre arena edificó Jovellanos su Instituto. No compró el terreno, se lo dio el Ayuntamiento y gracias, porque esperaba más, esperaba también dinero para su construcción. Había encargado al arquitecto Ramón Durán los planos de un edificio de planta baja. Había comprado un monte de castaños para destinar la madera en la obra del futuro Instituto. Había buscado canteras. Y sus alumnos habían ayudado a medir las líneas y determinar los ángulos del solar. Faltaba colocar la primera piedra.

Celebraba Gijón el nombramiento de Jovellanos como embajador en Rusia, y la Universidad de Oviedo acababa de investirlo doctor honoris causa "in utroque iure", en un acto solemne que tuvo lugar en la que hasta entonces venía siendo la sede del Instituto y que también merece ser recordado hoy.

Quiso entonces Jovellanos colocar la primera piedra de su Instituto antes de su partida a Rusia. Fue a las cuatro de la tarde del 12 de noviembre de 1797. Ante un altarillo el párroco de Gijón, Nicolás de Sama, el cura Sama, bendijo la primera piedra, en la que se guardaron en una caja de plomo: una colección completa de monedas de oro, plata y cobre de aquel año; una guía de forasteros; un estado de la Real Armada; un ejemplar de la Noticia del Real Instituto; otro del censo español y un censo de la villa de Gijón. Presidieron los dos hermanos "cofundadores", pues Francisco de Paula Jovellanos no fue solo director del Instituto sino también fundador al decir de su hermano Gaspar. Asistieron los cuerpos del clero, comercio, ayuntamiento y gremio del mar, los comandantes militares de mar y tierra, la oficialidad y empleados de la Real Hacienda, así como crecido número de personas. Y terminó el día con baile de teatro por los alumnos del Instituto; y baile de señoras dispuesto por el ayuntamiento. Y por la noche hubo iluminación general con muchos transparentes en el Instituto y en casa de los particulares.

El instituto en su primera época, cuando era de una sola planta.

El instituto en su primera época, cuando era de una sola planta.

Al día siguiente, día 13, día amargo para Jovellanos, porque si nada le había agradado el nombramiento de embajador, menos le agradaría el de ministro de Gracia y Justicia, que recibió aquel mediodía. "Adiós felicidad –escribirá en su diario–; adiós quietud para siempre […] Haré el bien y evitaré el mal que pueda, dichoso yo si vuelvo inocente".

Cuando volvió inocente del ministerio su primer deseo fue ver las obras emprendidas. Para entonces su hermano había muerto. El Instituto había perdido un firme apoyo. Es entonces cuando se da cuenta de que ha edificado sobre arena, pero no se desanima: "Con todo en Gijón –dirá– el cimiento de arena sostiene altos edificios, y ¿por qué no alegres esperanzas? Sigue felizmente nuestra casa". Y siguió la obra, ahora bajo planos de Juan de Villanueva, con mucho esfuerzo, a trancas y barrancas, arañando recursos, pidiendo a los amigos de ultramar, hasta que otro día 13, el de marzo de 1801, volvió a ausentarse.

Huerta del instituto, con la torre sobresaliendo.

Huerta del instituto, con la torre sobresaliendo.

Desde el destierro Jovellanos llorará la suerte de su Instituto, su "huerfanín". Una real orden de 26 de octubre de 1803 mandó "que se suprima el Instituto Asturiano, estableciendo en Gijón una Escuela de Náutica a semejanza de las demás del Reino". Jovellanos dirá: "Dieron por fin al huérfano el golpe que le amenazaba desde que perdió a su padre. Parece que salvó un miembro; pero a mi ver lo dejan expuesto a perecer". Y en efecto, el Instituto ya no será lo que quiso que fuera. Cuando regrese a Gijón el famoso 6 de agosto, su Instituto, que viera por última vez inacabado, lo verá ahora destrozado tras la ocupación por los franceses: "sin puertas, sin ventanas, sin cristales; vacío de mesas, de sillas, de tinteros: desolado (dirá su amigo Ceán Bermúdez). Hay que repararlo, reponerlo y darle nueva vida". Una real orden de 2 de febrero de 1810 mandaba restablecer el Real Instituto Asturiano encargando a Jovellanos esta comisión. Y se pone a ello y anuncia la apertura del curso, y en esto estaba cuando la llegada de los franceses de nuevo a Gijón le obliga a huir en El Volante, en el que arribará a Puerto de Vega, donde morirá.

Se llevó con él sus esperanzas, sus deseos, sus anhelos de verlo convertido en un "monumento a la ciencia", "un semillero de jóvenes bien educados, cual hasta ahora no podrá presentar ningún otro establecimiento", donde se impartiera "la más granada educación de España". Tan alto volaba su pensamiento. Y el Instituto sobrevivió, seguramente porque era el mantenedor de su memoria, tal como él había predicho: "él será el mejor conservador de mi memoria, que nunca dirá el público sino mis buenos deseos de su bien".

Casa del Forno, cedida por Jovellanos para la primera sede del instituto.

Casa del Forno, cedida por Jovellanos para la primera sede del instituto.

Jovellanos había dicho: "Se ejecutará la primera parte y quedará la segunda para la posteridad". Y así quedó el edificio, por falta de recursos, reducido a una sola planta. Y las enseñanzas reducidas también a las Matemáticas y a la Náutica, hasta que, siguiendo el pensamiento de Jovellanos, el Instituto vino a ser también una Escuela de Industria; nada menos que la primera creada en el norte de España, elevada más tarde a Escuela Superior de Industrias. Así lo conoció la Reina Isabel II el verano que vino a Gijón a tomar baños en la playa de Pando, porque la de San Lorenzo era muy abierta e imponía respeto hasta que Justo del Castillo levantó en ella un palafítico balneario, al que siguió el llamado "Las Carolinas".

Se añadió al edificio una torre con su campana y su reloj, que marcaba las horas del estudio y las del trabajo. Y en su deliciosa huerta se plantaron árboles del amor, acacias, cipreses, tuyas, magnolias, espinelas, árboles variados, arbustos, flores y plantas, y se instaló el primer Jardín Botánico de Gijón o, como se decía entonces, Escuela de Botánica, que recibía subvención del Estado. Y era también jardín ameno y paseo público.

A finales de siglo los gijoneses levantarán el edificio; las primeras piedras sostendrán otras más. Las columnas que cerraban sus dos patios, fueron colocadas en el segundo piso para sostener las cubiertas Y para honrar la memoria de Jovino construyeron en este "templo del saber", como él lo llamaba, una capilla donde honrar sus restos. Pero sabido es que los restos de Jovellanos nunca reposaron en ella. Y la capilla fue quitada seguramente cuando se abrió la calle que hoy es de Francisco Tomás y Valiente.

Al crecer el edificio, crecieron también las enseñanzas. Allí tuvo cabida la Escuela de Santa Doradía, fundada por Jovellanos para niños pobres, conforme al legado de Fernando Morán Lavandera. Allí las enseñanzas de bachillerato. Allí la Escuela de Artes y Oficios, con dos entradas, una para los muchachos y otra para las aprendizas de Corte y Confección. Allí los Estudios de Comercio. Todo el saber que se enseñaba en Gijón.

Y con el tiempo la huerta dio frutos de saberes. En ella se alzará la Escuela de Comercio y la Escuela de Trabajo, hoy colegio de Jovellanos; y al conjunto de los tres edificios se le llamó La Atenas Gijonesa. Y así el Instituto ha sido la "alma mater gegionensis". Así fue, es y será monumento de la ciudad para memoria de su hijo predilecto.

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