Se retira el bigote más sabio de la sidra en Gijón: Casa El Cartero cambiará de dueños después del verano
Orlando Valledor, vinculado al establecimiento desde 1974 y propietario desde 1992, deja el negocio en manos de unos hosteleros de Villaviciosa

Orlando Valledor escancia sidra en El Cartero. | Juan Plaza / S. F. Lombardía
Recién llegado a Gijón de su Illano natal y con solo 14 años, Orlando Valledor entró a trabajar como aprendiz novato de la hostelería en Casa El Cartero. Era julio de 1974. Tiempo después, se hizo cargo del establecimiento. Ahora, 49 años después, uno de los chigreros más conocidos de la ciudad acaba de vender su querido local a unos hosteleros del Puntal (Villaviciosa) tras varios años anunciando que su familia no quería continuar y que él se tendría que jubilar algún día. Valledor seguirá gestionando la popular sidrería de la calle Cienfuegos hasta el próximo 18 de septiembre. Después, cederá el testigo.
El Cartero es un clásico hostelero de la ciudad y está a punto de cumplir su centenario. Su fundador, Faustino Rubiera, abrió el negocio en 1926 y, como compaginaba la gestión del chigre con su trabajo como cartero en la ciudad, el nombre resultó una cuestión de pura lógica. La sidrería, de hecho, sigue en la misma ubicación de sus inicios, si bien el local original era algo más pequeño y acabó de "rejuvenecer" en los años 90, cuando Valledor, ya al frente, se embarcó en una reforma integral del establecimiento, que ejecutó el reputado artista Joaquín Rubio Camín. Antes de que el illanés tomase las riendas, El Cartero tuvo como propietario al por entonces popular Marino "El Mechero", que después se lo vendió a Jesús Blanco. A sus órdenes trabajó durante 19 años un por entonces jovencísimo Valledor, que recién llegado del occidente buscaba un oficio alejado del campo y la ganadería. Valledor siempre recuerda esos primeros años con especial cariño. Llegó a contar, de hecho, que su primer día de jornada fue el 6 de julio de 1974, hace exactamente 49 años, y que caía de lunes, así que se estrenó como empleado y, al día siguiente, de martes, le tocó descansar. Eso, sumado a que a final de mes Blanco le pagó 3.500 pesetas –una fortuna para aquel joven de Occidente–, acabó por dictaminar la nueva vocación del chigrero, que acabaría tomando las riendas del negocio en 1992.
Y no le fue mal a Valledor. Los casi 20 años de experiencia en el sector sidrero –aunque se ha ido renovando, siempre ha sabido mantener su tradición– y el prestigio que ya acumulaban tanto él como el propio negocio facilitaron un cambio de timonel suave y sin incidencias. Casa El Cartero ha tenido siempre la suerte de contar con dueños reputados. El caso de Valledor fue especialmente llamativo: llegado del occidente asturiano, sin apenas cultura sidrera –al principio, no se podía creer que una bebida pudiese escanciarse–, acabó convirtiéndose en un experto de este producto y en uno de sus principales defensores en la región. La clave, defendió siempre, es saber adaptarse a los tiempos sin perder la originalidad de una tradición centenaria.
El Cartero se ganó con el paso del tiempo la fama de ser uno de los chigres de referencia para comer un buen pescado y marisco y maridarlo con algún palo de sidra de calidad. Era la esencia, más modesta, de aquel local primigenio que se ubicaba en un barrio entonces casi a medio hacer, en una vivienda pequeña, de solo dos plantas, y sin apenas ajetreo. Y lo siguió siendo en estos últimos años, ahora que el edificio de esta esquina de Cienfuegos es un gran bloque de viviendas que preside un entronque de tráfico a veces concurrido. El volumen de anécdotas va acorde a la larga trayectoria del negocio. Una de las más peculiares ocurrió a inicios de este milenio, en 2001, cuando las estrellas televisivas María Teresa Campos y Cuca García Vinuesa posaban alegres ante las cámaras mientras miraban, curiosas, a un Valledor sin canas que les escanciaba un culete. Como era de esperar, se quedaron aquella noche a cenar.
La reforma de Rubio Camín de 1992 vino a dar aún más prestigio a un local que ya era muy conocido, pero que adolecía de una huella propia. La fachada de piedra, las pequeñas piezas escultóricas –incluido un cartel tallado con el nombre del negocio– y la decoración del interior han convertido al inmueble en una particular pieza de arte insertada en pleno barrio. Junto a este arte, el buen pescado y la buena sidra, la otra seña de El Cartero que ahora cambia de manos fue el Sporting. Nunca entendió Valledor la existencia de un chigre sin esencia rojiblanca en la ciudad porque, defiende, ayuda a fidelizar clientes y refuerza la sensación de pertenencia a lo local. Ahora, El Cartero suma un nuevo capítulo a su historia. Otro más.
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