Un "armario" de piedra en Gijón, en el Muro de San Lorenzo: "No parece peligroso"

La pérdida de relleno en la pared del arenal entre las escaleras 2 y 3 crea agujeros que ya se usan como taquillas

El arenal de San Lorenzo, para los bañistas habituales, siempre ha tenido sus escondites. Por ejemplo: Onofre González, asiduo desde hace años a darse paseos por la playa en cuanto llega el buen tiempo, tiene localizada una piedra concreta en el murete entre las escaleras 2 y 3 que sobresale de tal manera que permite ser usada como perchero. Él suele dejar ahí su mochila un rato si le apetece mojarse los pies y no se le suele caer. Últimamente, sin embargo, el tramo entre estas dos escaleras está dando un servicio nuevo como una suerte de taquillero fortuito. La pérdida del relleno de mortero entre las piedras, agravado por la erosión del mar, está creando huecos que, ahora que el arenal ya cuenta con más bañistas, se están usando como "armario" para depositar enseres. Por ahora, los bañistas no ven que estos agujeros impliquen "ningún riesgo grave" y entienden que la erosión tendría que avanzar aún bastante más para hacer peligrar la pared. Otros, no obstante, entienden que rellenar estos espacios con mortero podría resultar conveniente, aunque sea solo por prevención.

González, que se paseaba ayer por delante de la "rampla" de la escalera 2, tiene localizados estos agujeros desde hace un tiempo y no les da mayor importancia, aunque a él le suena que hace años sí se hizo un arreglo general de la zona para asegurar el entorno. Por la mañana, en el último rato antes de la pleamar, alguien había dejado ayer doblada su camiseta en uno de estos huecos. Lo miraba Amador Suárez, paseante de la playa desde hace, calcula, unos 40 años. "No creo que esto implique riesgo ninguno", contaba. Él suele ver a bañistas confiados que dejan sus cosas recogidas en la Escalerona –donde ahora ya vuelve a ondear la bandera de la ciudad y no la del Sporting–, pero no más atrás.

Desde el Ayuntamiento explicaban ayer que "no hay ninguna actuación prevista" en esta pared y que, de hecho, no consta que se haya intervenido en la zona con anterioridad. Sí aclarar, en cualquier caso, que "la estabilidad del Muro" no depende de este tramo y que estos huecos, al menos por ahora, "no suponen ningún problema" en cuanto a seguridad.

El historiador Héctor Blanco explica que este tramo no es, en realidad, el Muro. "Esa parte es un añadido hecho en 1937 para ampliar del paseo. Detrás de ese muro está el Muro de verdad", cuenta. Sí entiende, no obstante, que el entorno "estaría mejor" si se rellenasen estas zonas expuestas con mortero. Esta valoración es la misma que realizan bañistas muy asiduos a la zona como Iván Noval, que cuenta: "Aún hoy, si baja mucho la marea, se pueden ver los maderos de los viejos balnearios", explica. Él, pese a frecuentar mucho justo este tramo del arenal, no tenía constancia de que la zona se usase ahora para depositar enseres.

En realidad, estas "taquillas" naturales no parecen haber llamado aún una atención generalizada. Que tampoco María Luisa Montero, una histórica de la escalera 2, se hubiese fijado hasta ahora en su existencia ya dice bastante. Montero, que aprovecha para explicar –hay cierto debate con este tema– que a la escalera 2 siempre se la llamó "rampa" y no "rampla", explica: "No tengo controlado que haya agujeros así, pero es verdad que cuando hay mareas fuertes se golpea mucho esa zona", explica. Recuerda, también, que en este tramo del arenal no hay ningún rincón realmente seguro para dejar las cosas. "Todo lo importante lo bañistas siempre lo llevamos en las boyas. Mucho más ahora, que hay rateros. Las cosas de valor es mejor no dejarlas ni ahí ni en ningún lado", recomienda. Sobre estos agujeros –y aunque ella también explica que esta pared tapa los viejos balnearios y fue, por tanto, un añadido posterior al Muro original–, también ella entiende que "estaría bien" que se rellenasen por si acaso.

Otro bañista leal a esta zona, Rafa Gutiérrez Testón, tampoco se ha fijado gran cosa en huecos entre las piedras –y no recuerda que se hayan rellenado antes–, pero su profesión de librero le permite lanzar un apunte: dice que en la novela "Los muertos no saben nadar", de Ana Lena Rivera, un niño encuentra un brazo amputado en un "agujero" del muro de la playa. Estos huecos no serán aún muy conocidos ni utilizados, pero ya están en la literatura.

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