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Opinión

Héctor Blanco

Historiador

Sobrevivir bajo las bombas: un singular recorrido por los refugios antiaéreos de Gijón

De entre los búnkeres antiaéreos que hubo en Gijón durante la Guerra Civil destaca el de la costanilla de la Fuente Vieja, en plena vía pública

La costanilla de la Fuente Vieja, en octubre de 1937.

La costanilla de la Fuente Vieja, en octubre de 1937. / UCLA Film & Television Archive - The Packard Humanities Institute

En octubre de 1937 un camarógrafo pasó por Gijón filmando algunos escenarios urbanos tras el fin del Frente Norte. El reportaje era un encargo del magnate de la prensa William Randolph Hearst –inspirador del "Ciudadano Kane" de Orson Welles–, quien requería imágenes de la guerra de España para sus noticiarios cinematográficos destinados a proyectarse en los cines norteamericanos.

En ese material, un plano fijo con unos pocos fotogramas muestra una construcción al fondo de un callejón en un entorno desolado. El callejón es la costanilla de la Fuente Vieja –entonces calle del General Torrijos– y la construcción es un refugio antiaéreo tal y como se encontraba poco después de la ocupación de la ciudad por las tropas sublevadas.

Esa pequeña escena nos muestra, casi 90 años después, uno de los recursos más preciados que tuvo la población civil gijonesa para sobrevivir a los bombardeos franquistas y de la Legión Cóndor. En los segundos, los nazis arrojaban artefactos de 250 kilos, unas de las bombas de aviación más destructivas de entre las existentes en aquel momento.

A partir de julio de 1936 –el primer bombardeo aéreo franquista tuvo lugar el día 22 de ese mes dejando varios muertos y heridos en La Calzada–, sótanos, portales, túneles excavados bajo Cimavilla, Fernández Vallín y Begoña, más los modestos búnkeres fueron la precaria e insuficiente garantía de supervivencia con que contaron quienes estaban en la ciudad.

Los búnkeres antiaéreos gijoneses podían variar de tamaño, pero siempre respondía a un mismo modelo constructivo: una estructura semisoterrada, con muros de ladrillo y mampostería y una potente cubierta compuesta con traviesas de ferrocarril, raíles o viguetas y una losa de hormigón armado. Este tipo de edificaciones se emplazaron mayoritariamente en solares y recintos estratégicos del casco urbano y excepcionalmente, como en el caso del de la costanilla, en plena vía pública. La posibilidad con contar con entradas por dos de sus lados, resultando así accesible desde las calles principales de Begoña y de Los Moros, lo hicieron crucial en una zona transitada en la que escaseaban los sótanos y residía un vecindario extenso.

Aspecto de la costanilla de la Fuente Vieja en la actualidad.

Aspecto de la costanilla de la Fuente Vieja en la actualidad. / H. B.

En el interior, sin ninguna comodidad, escasa ventilación y hacinados podrían refugiarse unas 30 o 40 personas únicamente reconfortadas con la posibilidad de sobrevivir. Y el terror que llovía del cielo podía caer muy cerca. En la imagen puede verse el actual número 5 de la costanilla destrozado por una bomba y como gran parte de los escombros provenientes del edificio cubren el techo del refugio. No hace falta mucha imaginación para deducir lo vivido por quienes estaban ese día en su interior.

Hasta el año 2011 no se tuvo un conocimiento general en Gijón de esta parte de su historia, tras ser sistemáticamente borrada a partir de ese mes de octubre de 1937. No resultaba ciertamente épico recordar como para doblegar al país, los golpistas no habían dudado en facilitar que Hitler y Mussolini entrenasen a sus respectivas fuerzas aéreas –la citada Legión Cóndor y la Aviación Legionaria– en España a costa de la vida de numerosas víctimas civiles. La victoria de los golpistas justificó cualquier medio y las potencias fascistas del eje Roma–Berlín tuvieron así testadas sus armas y listas sus tropas para extender ese mismo terror por Europa a partir de septiembre de 1939.

En este mes de abril terminó la reposición, por undécima vez desde su inauguración, de la exposición "Gijón bajo las bombas" en la que se muestra como vivió la población civil gijonesa tras verse convertida en objetivo bélico durante aquellos atroces meses de 1936 y 1937.

Desde 2011 también está pendiente que esta etapa de nuestra historia contemporánea quede testimoniada permanentemente en el refugio antiaéreo de Cimavilla. La espera suma casi un quindenio y cuatro gobiernos municipales –sólo hubo un avance significativo durante el mandato anterior–, y aún se desconoce la previsión de su puesta en uso. La información ofrecida hasta el momento apunta a que el planteamiento es darle un enfoque turístico lo que hace temer la posibilidad de que, en vez de en un lugar de memoria, acabe convertido en una atracción de feria.

Mientras tanto, como ha ocurrido con las imágenes contenidas en estos metros de celuloide, siguen emergiendo testimonios que permiten rehacer el complejo puzle de ese pasado terrible cuyo conocimiento resulta fundamental para entender lo frágil y preciada que es la paz.

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