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El final de la casa de Piñole: el sinsentido que sigue caracterizando la gestión urbanística del Patrimonio Arquitectónico gijonés

La ciudad pierde con el derribo del edificio del Jazmín, hogar del pintor, el mayor inmueble de viviendas construido a lo largo del siglo XIX

Secuencia del derribo del edificio en el que vivió el pintor Nicanor Piñole.

Secuencia del derribo del edificio en el que vivió el pintor Nicanor Piñole. / H. B.

En octubre de 1964 Nicanor Piñole Cuervo rodó desde su domicilio el derribo del edificio que primero fue el teatro-circo de Los Campos Elíseos y, en su etapa final, el cine Los Campos. Piñole, ahijado del pintor Nicanor Piñole Rodríguez, fue un gijonés más entre los centenares de personas que presenciaron la desaparición de aquel recinto que había sido un referente para el ocio y la diversión de múltiples generaciones desde la década de 1870. En su destrucción –en sí el último espectáculo público que ofrecía el coliseo tras casi noventa años de actividad– había tenido arte y parte un proceso especulativo iniciado en la década de 1950 que encaminó al edificio a un progresivo deterioro hasta provocar finalmente su clausura, paso clave para lograr después su eliminación.

Con seguridad que a ninguno de los dos Piñole, padrino y ahijado, se le pasó por la cabeza que el derribo de la casa del pintor sería, seis décadas después y tras un proceso de degradación similar, otro espectáculo multitudinario. Así, entre los días 12 y 19 de mayo pasados, decenas de personas presenciaron la demolición de la manzana delimitada por las calles Covadonga, Pelayo, Anselmo Cifuentes y la plaza de Europa.

Secuencia del derribo del edificio en el que vivió el pintor Nicanor Piñole.  | H. B.

El pintor Nicanor Piñole, delante de su casa en 1973. / Alberto Schommer

Una destrucción arquitectónica que contó con motivos sobrados para convertirse en toda una atracción popular. Se echaba al suelo el mayor inmueble de viviendas construido en Gijón en el siglo XIX, con más de 150 metros de fachadas que contaban con 84 balcones y media docena de baterías de miradores. Sus entrañas mostraron vigas de más de 10 metros de longitud, bloques de sillería del tamaño de una lavadora y un patio de manzana ocupado por una pequeña selva urbana. En la exhibición de esos interiores aparecieron cocinas, baños, pasillos, patinejos, escaleras y habitaciones de todo tipo; un universo revelado por la pericia magistral del palista que ejecutó delicadamente una destrucción precisa e implacable.

Este conjunto inmobiliario fue proyectado en 1889 por encargo del indiano Manuel Prendes, tío de Nicanor Piñole por su matrimonio con Manuela Rodríguez. En el bloque, destinado a locales comerciales y viviendas de alquiler, la familia Prendes Rodríguez –incluyendo a Piñole y a su madre– se reservó las viviendas con acceso por el portal que hasta ahora tenía el número 11 de la plaza de Europa. En el segundo piso tuvo el pintor su domicilio durante la mayor parte de su centenaria vida. Aunque Prendes se vio obligado a vender la manzana en la década de 1910, la familia mantuvo allí su residencia.

Gracias a Francisco Carantoña sabemos cómo había organizado Piñole el interior de esa parte del edificio que el artista, junto con su madre, Brígida Rodríguez, y su esposa, Enriqueta Ceñal, acabó teniendo a su disposición. Carantoña detalla que el primer piso, tras quedar vacío, pasó a servir de estudio auxiliar y almacén de su abundante obra, incluyendo un arcón en el que Piñole ocultaba a las visitas las pinturas que no quería vender.

En el segundo tenía su residencia, una vivienda amplia, soleada, con buenas vistas en la que, según testimonios escritos y fotográficos, se habían ido acumulando y entremezclando abigarradamente el mobiliario y ajuar familiar con decenas de pinturas. En el bajocubierta Piñole tuvo durante décadas su estudio, incluyendo una parte adaptada para alojar a las aves que solía retratar. Curiosamente, un grupo de palomas y una gaviota que intentó proteger su nido hasta el final fueron los últimos habitantes del edificio.

El interior de la vivienda de Piñole en 1973

El interior de la vivienda de Piñole en 1973 / Archivo Museo Nicanor Piñole

En la mañana del pasado 14 de mayo esos interiores desaparecieron para siempre convertidos en escombros, un proceso en el que ese otrora espacio doméstico y oculto pasó a parecer durante unas horas un escenario del cómic "13, Rue del Percebe". Durante su proceso de destrucción, el gran edificio que proyectó el arquitecto Rodolfo Ibáñez hace 136 años fue dejando expuestos sus materiales. Dorada cantería arenisca en las partes más relevantes de las fachadas, columnas de fundición en los locales de la planta baja para obtener espacios comerciales diáfanos, imponentes vigas de conífera importadas del norte de Europa en el resto de la estructura, tabiquerías de ladrillo, suelos de madera y baldosa hidráulica y, en la cubierta de casi 2.000 m² de superficie, tejas planas de la reputada fábrica vallisoletana de Eloy Silió.

El edificio se erigió así siendo un híbrido propio de su tiempo, combinando la labor de oficios tradicionales –canteros, mamposteros, albañiles, carpinteros– con nuevos materiales de producción fabril. En el terreno quedan aún las decenas de pilotes de madera que sustentaron la cimentación y que saldrán también a la luz cuando se aborde el proceso de vaciado del subsuelo. El derribo borró el edificio y con él las décadas de abandono total que padeció durante los últimos 30 años, una incuria que acabó conllevando su ruina y que ha facilitado la desaparición de las fachadas de las calles Pelayo y Anselmo Cifuentes más sus chaflanes, partes que podían haberse conservado.

Una de las mayores aberraciones urbanísticas locales de nuestro presente es catalogar inmuebles para luego permitir que su falta de mantenimiento y abandono acaben provocando un nivel de deterioro que justifique su demolición. La recreación nunca suplirá el valor histórico del original, a lo que hay que añadir el impacto del inevitable recrecido, en este caso desproporcionado en una zona brutalmente sobreedificada durante el desarrollismo.

El final de la casa del pintor Nicanor Piñole, en su ejecución, ha sido un espectáculo de delicada destrucción. Todo el proceso previo ha sido una muestra más del sinsentido que sigue caracterizando la gestión urbanística del Patrimonio Arquitectónico gijonés.

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