Las memorias de Vicente Díez Faixat, el arquitecto que sigue ejerciendo: "Me dejé barba después de que me echaran en mi primera visita de obra al no creer que fuera el arquitecto"
"Bebí sidra por primera vez con 23 años en Infiesto, en una excursión que hice con quien sería mi mujer y mis suegros"

Vicente Díez Faixat, en una sala de su estudio, con un cuadro de su abuelo Vicente Díez González, al fondo. / Juan Plaza
Vicente Díez Faixat (Gijón, 22-06-1950) sigue ejerciendo, a sus 74 años, la profesión que le apasiona, la de arquitecto.
Infancia. "Mi infancia la pasé en el barrio de El Carmen, en una familia muy conservadora en lo ideológico, pero muy abierta en lo cultural. Mis padres eran el arquitecto José Díez Canteli y Mercedes Faixat Sanchis. Mi familia paterna era de un pueblo de Segovia y la de mi madre de Cataluña. Soy el mayor de tres hermanos: José, también arquitecto aunque no ejerce, y Alejandro. De pequeños hablábamos castellano, pero los tres entendíamos el catalán, por picardía: mi padre había estudiado la carrera en Barcelona y él y mi madre daban sus secretos en catalán. Mi padre tenía el estudio en casa, donde yo pasaba tiempo. Desde que tengo uso de razón tuve muy claro que quería ser arquitecto. Los veranos los pasábamos en una finca de La Guía que alquilaban a Romualdo Alvargonzález. Primaria la estudié en el colegio Blancanieves y luego fui al Instituto Jovellanos. Aunque mis padres eran muy católicos no querían que estudiáramos con frailes y en el Jovellanos había mejor profesorado. De aquella época data mi afición por la lectura, gracias al profesor José Caso cuya clase era casi un club de lectura: con 13 años tuvimos que leer El Quijote y nos divertía. En el instituto izábamos la bandera los lunes y la arriábamos los sábados y formábamos cantando, prietas las filas. Y en casa, un poco lo mismo. Con absoluta naturalidad éramos católicos practicantes, sin conocer otra realidad".
El Covarrubias. "Entre 1967 y 1973 estudié la carrera en Madrid. Residía en el Colegio Mayor Covarrubias. En aquellos años tan aislados del mundo, todas las puertas se me abrieron; gente del PCE en la clandestinidad que iban a dar charlas, con el falangista Fernando Suárez de director del colegio y que no era tonto y sabía que eran del PCE. En el colegio mayor coincidí con José Borrell, con Luis Carlos Croissier y Paco Ramos que luego estuvieron en gobiernos del PSOE, y otros alumnos que se fueron más a la izquierda. Borrell era un estudiante cercano y cachondo, estudiaba cuatro carreras a la vez y los fines de semana hacía cursos de vuelo sin motor o paracaidismo. Yo nunca le vi estudiar, pero sacaba las carreras. Lo veía leer un tocho con la biografía de Lenin, en vez de un libro sobre la materia de la que al día siguiente tenía un examen. Llegué a Madrid pensando que los comunistas tenían rabo, y nada de eso. Todos me trataron muy bien. Fernando Suárez organizaba comidas con algunos de los estudiantes y no sé por qué me invitaba a mí. Se hablaba de política y eran conversaciones apasionantes, en las que Fernando defendía lo suyo y Borrell lo contrario. En otros sitios no podías hablar. Para mí la carrera fue pasar de la encerrona a la apertura mental total. La cuestión religiosa duró, pero se fue disipando con una evolución muy lenta, empezando por meterme por grupos de base, cristianos por el socialismo, hasta llegar al ateísmo, pero un poco místico. Nunca llegué a entrar en ninguna formación política de la clandestinidad, pero estaba en su órbita y así seguí después. Con mis padres nunca hablé de política como hablo con mis hijos, pero estoy convencido de que mi madre lo sabía. Yo nunca había ido de vinos en Gijón y en Madrid salía los fines de semana, y la oferta cultural era tremenda. Allí descubrí todo un espectro de música, hasta la nueva canción catalana, porque todos cantaron en el Covarrubias, hasta Raimon, que hizo un concierto que se había suspendido en la Facultad de Económicas. A las dos de la madrugada tocaron los timbres de los pasillos para los que quisiésemos ir a escucharle, y fuimos 30 en pijama y bata".

Vicente Díez Faixat, en el centro, junto a sus padres y hermanos en 1953. / Reproducción de Juan Plaza
Las botas de correr. "Me tocó correr delante de los grises, y llevarlas también. La escuela de arquitectura estaba a dos minutos del colegio mayor. Iban todos los hijos de alguien, entre ellos la nieta de Franco, Mariola. Nadie la trataba con especial fervor. Tenía un Mini verde. Si al llegar veía que estaba aparcado, podía estar tranquilo, si no, volvía al Covarrubias para cambiarme de calzado y ponerme las botas de correr, porque ese día iba a haber escorribanda de grises. Las detenciones las hacían los de la Político Social, que nunca estuvieron en el colegio mayor, donde Borrell siempre dormía con la puerta abierta de su habitación, pero Croissier en cuanto había peligro, desaparecía. El líder, por personalidad, era Borrell. Recuerdo, en una comida de las que organizaba Fernando Suárez, que Borrell acababa los estudios y no tenía salida. Y Fernando le dijo que aquello no podía ser y le consiguió que fuera un mes a un kibutz a Israel para escribir unos reportajes para el diario ‘Arriba’. Fue corresponsal un verano. Eso dio más de sí, porque allí conoció a la que fue su primera mujer, la hija del presidente del Banco de Francia y Croissier, que siempre iba detrás, se casó con una hermana de ella".
Flechazo. "A mi mujer, Covadonga Mata Cardín, la conocí mientras estudiaba la carrera. En los veranos que venía de vacaciones a Gijón. Mis padres iban mucho al Chas y me apuntaron a un curso de equitación en el que coincidimos. Yo tenía 22 años y ella 15. Se cayó del caballo, yo la ayudé y flechazo. Durante uno o dos años nos escribíamos cartas diarias hasta que acabé la carrera. Su padre era más abierto que el mío, le gustaba disfrutar. Yo no bebí sidra hasta que empecé a salir con Covadonga. Fue con 23 años, en Infiesto, yendo de excursión con quienes luego fueron mis suegros".
La profesión. "En 1973, cuando yo acababa y mi hermano estaba a punto de acabar la carrera mis padres compraron como estudio el local en el que estoy desde entonces. Le tengo pedido ayuda a mi padre, pero sólo firmamos juntos un par de proyectos y fui consiguiendo mis propios encargos. Me colegié el 1 de enero de 1974. En la primera visita de obra que hice, en un local comercial de Gijón, me echaron porque no creyeron que fuera arquitecto y menos el de la obra. Tenía 24 años. Por eso me dejé barba y también porque los que estaban en la oposición a Franco eran barbudos; maté dos pájaros de un tiro. En la transición y principios de la democracia, me tocaba vivir una especie de doble vida, con apariencias familiares, a la vez que ciertos partidos de izquierdas me pedían trabajos profesionales para arreglar sedes. Algún proyecto supongo que pasé minuta pero si no era muy necesario, no. Siempre he considerado la arquitectura como una de las bellas artes y me interesaban muchas más cosas que estrictamente lo que es la arquitectura porque es mi forma de vida. Reconozco que hay clientes a los que ni conocía; los clientes alimenticios. Pero los proyectos que tenían posibilidades los disfrutaba hasta el límite, con un diálogo fluido con el cliente para conocer su vida y sus gustos. Recuerdo uno que vino a verme desde Galicia porque alguien le dijo que me gustaba mucho la música y él quería una casa con un auditorio y la tiene en Lalín".
Matrimonio. "El proyecto mío que más recuerda la gente es la Parroquia de la Resurrección, en el barrio de Laviada. Me casé en la parroquia, pero no en ese edificio, sino en el antiguo, un local en la calle Pola de Siero. Era amigo del cura, Silverio Zapico, al que había conocido cuando mi padre hizo en colaboración con el escultor Joaquín Rubio Camín los laterales del altar de la iglesia de San Lorenzo. Recuerdo conversaciones de ellos tres y con Tarancón, que entonces era Arzobispo de Oviedo y me quedé con las ideas básicas. En tercero de carrera nos encargaron un centro parroquial y lo primero que hice fue llamar a Silverio. Hice el proyecto de la Iglesia de la Resurrección, en 1969, por el que me dieron un sobresaliente. Cuando me casé, en marzo de 1978 la nueva iglesia estaba en obras. A Silverio le había presentado un nuevo proyecto, pero lo rechazó y me dijo que quería el que había hecho una década antes, pero en barato. No pudimos casarnos hasta que Covadonga cumplió 21 años. Mis suegros nos compraron el piso en que vivimos en la plaza de El Humedal. Nuestro hijo Arán fue el primero en nacer. Después adoptamos en la India a nuestra segunda hija, Agnes, que nació en 1979, pero vino en 1980. Fue año y medio de papeleo. Nos dirigimos a muchos centros y la única que nos contestó fue la Madre Teresa de Calcuta. Nunca tuvimos contacto directo con ella, sino con su segunda, que se llamaba Agnes y por eso el nombre de nuestra hija, a la que bautizaron de socorro porque se les moría. Aunque los hubiéramos querido más seguidos, tuvimos que esperar para tener a nuestro tercer hijo, Oriol, porque la niña vino muy mal físicamente y estuvimos mucho tiempo con médicos y hospitales. Oriol nació en 1984. Tengo un nieto de 14 años, Iyán".

Con su mujer, sus hijos y su mascota "Kukur", en Infiesto en 1978. / Reproducción de Juan Plaza
Cangas del Narcea. "Me encargaron trabajos de urbanismo, que fue mi especialidad en la carrera, pero tuve una experiencia horrible con los tres planeamientos en Cangas del Narcea que me encargó el Ministerio de la Vivienda. Uno de ellos fue el suelo no urbanizable en el segundo concejo de mayor superficie de España. Hice equipos. En varias parroquias nos echaron los vecinos a pedradas diciéndonos ‘de Hacienda, ¿eh?’. Tenían sus chamizos de antracita. En unas declaraciones dije que ‘Cangas del Narcea no necesita Alcalde, necesita Shérif’ y José Manuel Cuervo, el que era Alcalde y aparejador de profesión, me llamó para darme la enhorabuena, cuando yo iba contra él. Un día tuve una reunión en el estudio con el Alcalde y cuatro abogados de la familia Cosmen, que es propietaria de la mitad del concejo. Estuvieron regateando y negociando sin mirar para mí. Yo acabé el plan de acuerdo a mi leal saber y entender, de acuerdo con la Ley. Hubo exposición pública, presentaron alegaciones, los Cosmen ninguna y el Alcalde no me dijo ni mu. Se aprobó pero no se llevó a efecto, porque no era lo que habían pactado. Tras aquello decidí que se había acabado el urbanismo para mí".
Casas de Cultura. "Tuve un encargo muy importante de la Consejería de Cultura en el gobierno de Pedro de Silva._Hacer un informe del estado cultural de todos los concejos de Asturias salvo Gijón, Avilés y Oviedo. Para mí era golosísimo, porque tenía arquitectura, pero también muchas más cosas que me interesaban. Hicimos 4 equipos sólidos y en la Consejería me dejaron mucha libertad. Hicimos propuestas en todos los concejos y se hicieron veintitantas casas de cultura".
La Fundación de Cultura de Gijón. "Yo no conocía a Tini Areces ni de vista. Me llamó en 1988 o 1989 para que presidiera la Fundación Municipal de Cultura de Gijón. Puse como condición no tener incompatibilidad y tener independencia total. Quedamos en que no. Nombró a Ramón Alvargonzález, que al mes dimitió. Me lo volvieron a proponer y como era sin sueldo, no me incompatibilizaron. Aunque sí me autoincompatibilicé yo un poco. Todos los centros de barrio que se hicieron en los ocho años que presidí la Fundación se encargaron a otros arquitectos, salvo el de El Coto, que nos lo habían encargado antes. En mi época también se fusionó con la Universidad Popular y empezaron las excavaciones arqueológicas del Gijón romano. Yo no cobraba ni dietas, hasta que después de seis o siete años Tini pescó un rebote al enterarse y a partir de entonces cobraba dietas como las de concejal. Porque es que venía Chillida con los siete hijos y yo le invitaba a comer y no pasaba la factura; Chillida para mí era un Dios. El Elogio del Horizonte fue en mi época, pero ni fui yo ni Tini; surgió. El arquitecto que hacía el diseño del parque del Cerro de Santa Catalina, Paco Pol, quería una escultura. Y coincidió que le dieron el premio Príncipe de Asturias a Chillida y a Tini no se le escapó la oportunidad. Para mí fue un privilegio estar en la Fundación. El motor impulsor era Tini, que era una máquina en esos ocho años. Me utilizó, en el buen sentido, para cosas técnicas. No sé por qué confiaba en mi, porque no nos conocíamos. Ideológicamente coincidíamos en muchas cosas, pero ni muchísimo menos en todas. Al tener dinero se hicieron proyectos artísticos que me gustaban mucho, y se trajeron cosas buenísimas, sin papeleo. Alguna conseguí que viniera gratis, como una exposición de un estudio de arquitectura japonés que se había hecho para la Universidad de Columbia. Yo hablaba japonés, que me enseñaron amigos japoneses que conocí en Madrid. Durante años hice varios viajes a Japón. En uno estuve tres meses trabajando en el estudio de ese arquitecto. Luego, en 1997 o 1998 fui como profesor de un curso de postgrado a la Universidad de Kioto. Yo siempre fui bastante dejado de aspecto. Una amiga me había dicho que no podía ir así, que me tenía que cortar el pelo y llevar traje y corbata, que me tuve que comprar. Y cuando llego, todos iban vestidos de negro y no vi las orejas de ninguno de mis colegas. Desde entonces me dejé pelo largo. Mi interés por Japón y su cultura nació cuando mi padre me sugirió, para una asignatura de la carrera, que proyectara una vivienda japonesa".

Fernando Suárez imponiéndole la beca en el colegio mayor Covarrubias. / Reproducción de Juan Plaza
Mostar. "Un representante de radiadores que era croata, me explicó cómo había escapado de la guerra en los Balcanes y sin querer me vi dentro de la guerra de Bosnia. El marido de una de las mujeres que vinieron refugiadas a Gijón dirigía el hospital de guerra de Mostar. Surgió la necesidad que tenía de medicinas y junto a otros dos amigos nos comprometimos a llevar una furgoneta llena. Se movilizaron hasta mil personas en Asturias y acabamos llevando nueve trailers. El dinero para los camiones lo puso la Obra Social y Cultural de Cajastur. Los camiones quedaron en campos de refugiados, pero a mi me tocó ir con la furgoneta hasta el hospital. Quedé loBotomizado al ver allí a niños sin piernas. Meses después llegaron dos futbolistas croatas al Sporting, uno Mario Stanic, que sigue siendo de nuestros mejores amigos. Venía a dar clases de español en una sala de mi estudio. Es de las personas más alucinantes que conocí en mi vida. Fuimos sus padrinos de boda".
Cooperación. "Hace dos décadas que estoy en temas de cooperación al desarrollo. No sólo de arquitectura. Colaboro en la creación de una productora de cine en lengua masai en Kenia. El tipo de trabajos de mi profesión aquí empieza a no gustarme. La reparación de fachadas, de la que vivo, no deja espacio para el diseño; todo es cumplimiento de normas. Entiendo que las haya, pero llega a un extremo que nos constriñe. Y los concursos públicos ahora son ofertas con bajas inasumibles. La casualidad hizo que trabase amistad con un escultor quechua de Perú. A través de él fui conociendo a más gente de otros países andinos. En el solsticio de verano celebran un festival de bienvenida al sol en Taray al que voy desde hace cinco años. Las excusas son siempre los proyectos y entonces estoy haciendo bastantes cosas por los Andes, conforme a sus tradiciones, como la construcción con adobe. Los que me encargan ONG o fundaciones, con honorarios. Los que me encarga una comunidad, no".
Biblioteca. "Estoy intentando dejar resuelta la donación, postmortem porque la uso continuamente, de mi biblioteca de arquitectura y la de mi padre. Miles entre revistas y libros desde los años 40. Tengo tres ‘novias’ para esta biblioteca, dos escuelas de arquitectura de Madrid y Barcelona y el Museo Reina Sofía, con los que ya contacté. Lo intenté en Asturias, con el Principado, el Ayuntamiento de Gijón y fundaciones, pero la rechazaron por falta de espacio".
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