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El barrio gijonés de Cimavilla despide tras casi medio siglo a uno de sus negocios más históricos: "Tengo una pena que me quiero morir"

El emblemático comercio era uno de los pocos que sobrevivía en el barrio Alto

Cierra tras 46 años la carnicería las Cuatro Esquinas de Cimavilla, en Gijón

VÍDEO: Pablo Palomo / FOTO: Marcos León

Pablo Palomo

Pablo Palomo

Cimavilla

"La verdad, tengo una pena que me quiero morir. No nací aquí, pero soy de Cimavilla de toda la vida. Qué le vamos a hacer. Así es la vida". Quien habla es María Mones aunque como ella dice por ese nombre solo se la conoce en los papeles. Ella es, en realidad, "Yoli", la de la carnicería Las Cuatro Esquinas, un emblemático negocio de la calle Rosario que ahora, tras 46 años de historia, cierra sus puertas. A "Yoli" se le quiebra la voz al hablar del fin de la andadura de este comercio en el barrio en el que crecieron sus hijos. Se trasladan a Laviada, a la calle Infiesto. Los tiempos que corren en Cimavilla les obligan a hacer las maletas.

La hija de "Yoli", Laura Castaño, es la que ahora lleva la carnicería. Detrás del mostrador y bajo un techo en el que hay chorizos y morcillas colgando, explica su éxodo. Ellas tienen la carnicería en la calle Rosario. En esa misma vía, tienen una tienda de ultramarinos llamada "La Quinta Esquina" y un obrador en el número 20, que es como la sala de máquinas de sus negocios. Su idea era trasladar al obrador la carnicería. Pero les es imposible. Los estrictos permisos requeridos, sumada a la normativa que hay que cumplir en Cimavilla por ser el casco histórico, las obligan a una fuerte inversión. Una inversión que ya no les compensa en un barrio que, como la canción de "La Fuga", vive más de noche que de día. "La inversión no merece la pena porque ves que el barrio va a menos. Antes, cuando estaba mi madre, había mucho movimiento de día, pero ahora ya no", razona Laura Castaño.

Por la izquierda, tras el mostrador, María Tomás, Laura Castaño y Paula San Martín; delante, María Nones.

Por la izquierda, tras el mostrador, María Tomás, Laura Castaño y Paula San Martín; delante, María Nones. / Marcos León

"Yoli" tiene 67 años y lleva cinco jubilada. Sigue en plena forma pese al retiro. Conserva la simpatía coqueta y la memoria para conocer por el nombre a casi cualquier persona que entra por su despacho de carne. Será por la deformación profesional de haber capitaneado un negocio durante cuatro décadas en el barrio marinero. Abrió en 1979. De aquella gobernaba Suárez, Tabacalera tenía cigarreras y el turismo que ahora predomina tanto en Cimavilla era un asunto aún contenido en los márgenes de los dos canales que había en la televisión.

"Cuando empecé, en esta calle y en las aledañas había nueve tiendas. Antes, había pisos grandes con familias. Ahora hay mucha gente joven, parejinas y todo eso, mucho piso vacacional y bares", explica la veterana. "Por mi calle pasaban los coches, había bodegas de pescado por todos los lados, otras tres carnicerías en el barrio. Todavía no había supermercados y había un movimiento de gente increíble. Ahora, claro, todo eso se perdió", relata. "A ver, que el negocio nos va bien, porque estamos solo nosotras. Pero es que una inversión así estando el barrio como está no se puede", remarca.

Traslado a Laviada

A "Yoli" le duele en el alma marchar. Ella nació en Somió, se crío en Granda y antes de desembarcar en Cimavilla, ahora su patria chica, vivió en Pumarín. "Aquí hicimos toda la vida. Vinimos cuando Laura tenía un año. Los mis críos se criaron aquí", explica. Atesora mil anécdotas. "Una vez me vine a trabajar sin zapatillas porque de aquella no había zuecos. Estaba en tacones y al comentarlo, en poco rato, cada vecino venía con unos playeros para dejarme", atestigua. "Los mis hijos estudiaban en el Santo Ángel y entraban a las nueve de la mañana. Yo abría a las ocho y media y los llevaba a la carnicería. Al colegio me los llevaban dos clientas, que en paz descansen. Esto antes era como un pueblín, pero todo se perdió", zanja.

La despedida de la carnicería se conoció ayer mismo cuando colgaron el cartel en su escaparate. Abren el día 20 de noviembre en Laviada. Su marcha cayó como una bomba atómica en Cimavilla. No solo por el merecido cariño acumulado con el paso de las décadas. Sino también porque en el barrio Alto se cuentan con los dedos de una mano los pequeños negocios que sobreviven.

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