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David Bim, director de "Al oeste, en Zapata", la película ganadora del FICX: "Se acaba lo tecnológico y empieza el arte; se encienden las luces del cine y algo ha cambiado en ti, hay movimiento"

David Bim, en el FICX.

David Bim, en el FICX. / Angel González

Elena Fernández-Pello

Elena Fernández-Pello

Oviedo

David Bim, nacido y criado en Castellón, en Villarreal, tiene lazos familiares con Cuba y reside allí desde los 20 años, cuando se matriculó en la Escuela de Cine y Televisión que fundó Gabriel Garcia Márquez en San Antonio de los Baños, en la provincia de La Habana. Es el director de “Al oeste, en Zapata”, la película ganadora del 63.º Festival Internacional de Cine de Gijón, el FICX, un documental sobre la vida heroica de Landi y Mercedes para mantener vivo a su hijo enfermo en un entorno extremo, con el padre cazando caimanes en la selva y la madre al cuidado del niño y siempre esperando. “Al oeste, en Zapata” se estrenó en el festival suizo “Visions du Réel”, donde ganó el Premio Especial del Jurado en la sección Burning Lights y el galardón FIPRESCI de la crítica internacional.

¿Cómo conoció a la familia protagonista de “Al oeste, en Zapata”?

De una manera muy natural, viajo mucho a través del país solo, lo que más me gusta es leer, no voy con destino fijo, ni sé dónde me voy a hospedar. Viajar y leer me hace conectar con muchas personas. A veces se da a el compartir un vaso de agua, Mercedes me brindó un vaso de café, sus ganas de socializar coincidieron con las mías, coincidimos en la necesidad de no sentirnos solos. Su hijo, que era pequeño, sufre un autismo severo, que hace que sea territorial, ese día se acercó a mí y me dio un abrazo. Mercedes dijo que no era lo habitual y me preguntó si podía quedarme cuidando de él, mientras ella iba a hacer unos recados. Yo le pedí que no tardará, tenía 23 años y no sabía si podría hacerme cargo. Cuando regresó, Mercedes me dijo: “Está tronando, tengo miedo y estoy sola con el niño, ¿te puedes quedar?”.

Y se quedó.

Con Mercedes sentí lo que es el sufrimiento, el sufrimiento real, muy perverso, que se debate entre no decir nada, no contarlo y estar pensando que al marido le ha pasado algo, y que es él el que provee el alimento para su niño. La película tiene dos partes. Se alaba mucho la primera parte de Landi, supongo que es más exótica, incorpora acción, movimiento, en la selva. Yo viví con ellos cinco años antes de filmar, este es un proyecto de diez años, y yo, que he vivido mano a mano con ellos, siendo los dos potentísimos testimonios de vida, creo que el de Mercedes es más fuerte, más extremo, con un niño que pide atención constantemente. Como los personajes de Dostoievski, que siempre están caminando, parar es pensar y pensar es sufrir, como un purgatorio. Descubrí el amor de verdad, lo que no eres capaz de hacer por ti mismo y haces por alguien a quien amas, en una familia que para mantenerse junta está destinada a estar siempre separada.

Épica en estado puro.

Estoy cansado de palabras que solo esconden retorica militar, destruir es muy fácil, construir muy complicado, pero vale la pena. Si hay que cambiar algo tenemos que hacerlo sobre personas como ellos, con personas como ellos hay esperanza. Después de conocer a Mercedes conocí a Landi. Le tuve que decir: “Yo no he visto sufrir nunca a nadie como tu mujer”. Landi tenía 55 años, el bosque allí es muy inhóspito, fui con él y me di cuenta del descaro que tenía al decirle aquello a alguien que estaba haciendo aquello tan gigantesco. Esas vidas tienen mucho valor, más que la mía. Para mí ahora sería imposible sostener físicamente un proyecto como este, durante el tiempo en que viví con ellos en la selva cogí muchos parásitos por el agua que bebíamos y tenía que meterme suero en vena.

¿Cómo entiende usted el cine? ¿Qué es para usted?

Nadie te pone una pistola en la cabeza para hacer una película. La historia del cine es lo suficientemente grande para que nadie te necesite, así que lo mínimo es que tú lo pongas todo si vas a estar en esto. Yo lo que me exijo es coherencia. El cine trata sobre la verdad, que tiene que ver con la intimidad que contiene. Poner una cámara siempre es algo agresivo, si eres capaz de sostener suficiente tiempo la intimidad, aunque no se filme, acompañándonos con palabras, la intimidad se recobra y la verdad vuelve. El cine es pasar tiempo juntos, se convierte en arte el día que, después de todo el aparato tecnológico, dos hermanos, los Lumière, filman algo tan puro como la salida de los obreros de una fábrica de un pueblo y se la devuelve al pueblo. Se acaba lo tecnológico y empieza el arte; se encienden las luces del cine y algo ha cambiado en ti, hay movimiento.

¿Eso es el arte? ¿Lo que trasciende a la tecnología?

Sí, y el cine está más vigente que nunca por lo que nos ofrece a nivel de tiempo. Veo a mis sobrinas pequeñas, con el Tik Tok, y veo que ahí no hay ni siquiera intención de búsqueda, cada segunda les dura tres o cuatro nanosegundos. Solo nos proyectamos como producto, siempre sonrientes.  El cine nos da profundidad, necesitamos habitar espacios de más profundidad emocional, porque vivimos en una sobreactuación constante.

¿Mercedes y Landi están al tanto de la repercusión del documental?

Claro, es mi familia, me hacen más bien ellos a mí que yo a ellos. Las raíces son algo que queda, cortas las ramas y las raíces quedan. Ellos me han inspirado, me han enseñado mucho de la vida. Me inspiran su vida no solo porque sean heroicas, sino porque no tienen conciencia ni motivación de que lo sean. Actúan llevados por el amor de uno por el otro y sobre todo por su hijo. Que haya personas capaces de amar así me da esperanza.

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