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Memorias

Ignacio Morán Mántaras, dueño de la tienda de discos Mundo Sonoro: "Pedro y Fernando de Silva son amigos de mi infancia; compartíamos hasta los pañales"

"Tuve una etapa muy golfa, en la que acababa en los cabarés a las seis de la mañana, pero un día apareció Rosa, mi mujer, y me cambió la vida"

Nacho Morán, metiendo en el registro la petición de cambio de nombre de la avenida Juan Carlos I.

Nacho Morán, metiendo en el registro la petición de cambio de nombre de la avenida Juan Carlos I.

Ignacio Morán Mántaras (Gijón, 10-01-1948), más conocido como Nacho Morán, tuvo una vida que, por hache o por be, siempre tuvo un denominador común: la música. En su juventud regentó bares de copas, discotecas y fue dj; más tarde, a principios de los años 80 del siglo pasado, abrió la histórica tienda de discos gijonesa Mundo Sonoro, que acaba de clausurarse tras la jubilación de su esposa, Rosa Rodríguez. A su vez, lideró durante quince años un estudio de grabación y fue programador de conciertos del Instituto Cervantes, además de vivir las más diversas aventuras. Actualmente es presidente del colectivo republicano memorialista Asturias Socialista.

Infancia. "Fui al colegio donde las monjas que había al lado de lo que hoy es el Museo Nicolás Piñole y luego estudié donde lo hacíamos todos los críos de la zona, en La Escuelona. De pequeño era muy tímido, no hablaba. Los profesores me preguntaban y no contestaba. "Este crío tiene un problema", le dijeron a mi madre. Entonces acabé en la Academia Codes, con Manuel Fernández Rodríguez, "Jaurés", y ahí empecé a formarme. Me tuvo una mañana entera leyendo el Libro del Corazón. Yo ya sabía leer, porque me había enseñado mi abuelo en casa, pero no quería. Al final el tío me pegó un par de hostias y me puse a leer como una metralleta. Era un tío cojonudo, cobraba a la gente en relación a lo que ganaban los padres de sueldo. Había gente que no pagaba. Lo que dejó al morir lo donó y sirvió para hacer el Conservatorio de Langreo".

Familia. "Tuve dos abuelos, que se llamaban los dos Emilio. Uno era extremadamente rico, el paterno, y el otro exageradamente pobre, el materno. El pobre, con el que me crié, era maestro fresador; el rico, delegado de la Metro Goldwyn Mayer en el norte de España y tenía minas en Sotrondio. Vivía en una casa con 16 habitaciones. Me crie con la familia de mi madre, que era modista, porque mi padre, que trabajaba en Duro Felguera de maestro electricista, se puso de acuerdo con la taquillera del Cine Goya, que llevaba mi abuelo, para quedarse con una parte del precio de las entradas que se cobraban en B. Mi abuelo se enteró y lo echó de casa y nos fuimos a El Llano".

El Llano. "Era una casa muy pobre, en la Avenida Schulz. Aún está en pie. No había baño, nos bañábamos con un caldero, y el retrete estaba en el patio. Ahí empezaron los problemas. Mi padre estaba acostumbrado a ser un señorito y fue un trauma. Empezó a beber y lo pasó tan mal que terminó marchando de Gijón a vivir y trabajar la central de Duro, en La Felguera. Al año siguiente, con nueve años, marchamos mi madre y yo también a vivir a Sama. Hice el bachiller en el Alfonso II de allí, filial del de Oviedo".

"Hermanos de pañales". "Mi madre era modista. Yo iba con ella a todas partes de pequeño y entre los clientes estaba la madre de Pedro y Fernando de Silva y jugaba con ellos. Pedro tiene un año más que yo y Fernando uno menos. Seguimos siendo amigos desde entonces y nos llamamos "hermanos de pañales", porque los de Pedro los usé yo y después Fernando. Pedro cuando me ve lo primero que me dice es ‘¿Qué tal, hermano de pañales?’".

Nacho Morán, metiendo en el registro la  petición de  cambio de  nombre de  la avenida  Juan Carlos I.
 | SOBRE ESTAS  LÍNEAS, NACHO MORÁN Y SU  ESPOSA, ROSA RODRÍGUEZ,  BRINDANDO EN  SU JUVENTUD.  A LA IZQUIERDA,  NACHO MORÁN CUANDO TENÍA  17 AÑOS.

Nacho Morán y su esposa, Rosa Rodríguez, brindando en su juventud. / LNE

La mili. "Fui voluntario con 18 años a los guerrilleros, los de la boina verde, para quitar la mili de delante y poder ir a Burgos a estudiar aparejador, aunque tuve que esperar un año para apuntarme. Tuve una mili muy buena en las COES, Compañía de Operaciones Especiales, que era un capricho de Franco porque quería modernizar el ejército. Le compró a los americanos la metralla, los jeeps, toda la mierda que no querían de la guerra de Vietnam, para nosotros. Fui asistente del capitán. Mi división no tenía agua caliente en el cuartel de Simancas y la conseguí para el grupo, también colchonetas buenas para dormir. Me los gané a todos. Aunque también gané dinero, porque iba a comisión con los de las colchonetas. Y como había hecho algo de aparejador, el capitán me recomendó e hice un proyecto, una cosa sencilla, para pintar el cuartel. Y se hizo, todo de amarillo, y me dieron un mes de permiso. Me apunté a cursos de paracaidista, de fotografía aérea. Lo pasé muy bien".

Hostelería. "Mi sueño era ser arquitecto o aparejador, porque era un gran dibujante y quedaba muy bien en los concursos. En uno que participé en el Naútico quedé segundo, me ganó Francisco Álvarez-Cascos. ¿Por qué no fui arquitecto? Éramos pobres y empecé a trabajar de camarero, en las Pérgolas del Muro, con quince años. Luego trabajé en la cafetería Bariloche y me convertí en un mago de la plancha. En la cafetería Darling estuve de bárman".

Campeón de coctelería. "Me presenté a un concurso de coctelería en la Casa Sindical y lo gané; luego fui a Madrid y quedé segundo del campeonato de España. Me empezaron a llamar para el Club de Regatas, el Hípico y el Club de Tenis. Me pagaban mil pesetas por poco más de una hora de dar el cóctel y cenaba lo mismo que los invitados. Haciendo eso cuatro veces al mes ganaba lo mismo que un camarero a jornada completa. Llegué a empezar los estudios de aparejador, pero me llamó la mujer del dueño del Darling, Juan Palacios, que fue presidente del Grupo Covadonga, y me dijo que había marchado el encargado, José Manuel Buznego, que abrió el bar Los Potros. Me ofreció el puesto porque ya les había resuelto cosas y algunas de números. Le dije que no, porque estaba con la carrera, pero me empezó a ofrecer más y más hasta que ya era el doble de lo que ganaba mi padre y acepté".

La noche. "En esa época tuve un desengaño amoroso, pero era muy joven y ganaba mucho dinero así que empezó lo que viene a ser mi etapa más golfa. En la cafetería los trabajadores vendíamos tabaco de estraperlo que sacábamos de El Musel en los camiones de la basura y se ganaba la tira. Acababa todos los días en los cabarés o donde fuera hasta las seis de mañana y ya había abierto un disco bar en la avenida Castilla que se llamaba El Rollo, donde conocí a mucha gente, como a Miguel Ríos".

La boite. "También le alquilé a Juan el Darling Club, que estaba debajo de la cafetería y era una boite. Por allí paraba toda la elite de Asturias, entre ellos un general hermano de un altísimo cargo de régimen que era un borrachín y tenía una caniche. Él tomaba Chivas Regal con almendras y la perra un botellín con patatas. Se emborrachaban los dos todos los días".

Ruiz Mateos. "Cuando llevaba dos años en la boite apareció Ruiz Mateos, que quería comprar el edificio entero para hacer el Banco Atlántico. El dueño, que era muy listo, le dijo que había un problema, que había un inquilino: yo. Era mentira. Firmamos en ese momento un contrato con fecha de dos años antes. Al poco vino un abogado a presionar para que me fuera y les dije que si no me indemnizaban no me iba. Al final me pagaron un par de millones y me quedé solo con El Rollo. Y entonces cogí y marché pa’Brasil".

Brasil. "Allí estaba mi tío Laureano Mántaras, que es uno de los fundadores de Gesto, que era comunista. Trabajaba en infraestructuras para el Estado y en un canal de televisión de Sao Paulo en programas de política. Hicimos una gira con Ney Matogrosso, un cantante brasileño que venía a ser como Serrat allí y tuve el honor de conocer a Lula da Silva, que en los conciertos también lanzaba su mitin. Perdí un millón de pesetas jugando al póker en un barco".

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Nacho Morán cuando tenía 17 años. / LNE

Novia carioca. "Casi me caso en Brasil. Me paró un día la policía con el coche y con ellos había una mujer policía, que me pidió la documentación. Yo había oído que eran muy corruptos y le metí 50 dólares dentro. Me los devolvió y me dijo que si quería dormir en el calabozo. Hice así varias veces hasta que metí todo lo que llevaba, como 2.000 dólares. Le dije que si se lo quedaba también me tenía que dar el teléfono. Me devolvió el dinero y me dio el teléfono. Unos días después empezamos a salir juntos y estuvimos unos cuantos meses. Se llamaba Dulce Elena. Luego fue cuando regresé a España y conocí a Rosa, mi mujer, con la que me casé y llevo toda la vida".

Rosa. "Un día entró Rosa, mi mujer, y su amiga Lidia, que siguen teniendo amistad a día de hoy, en El Rollo. Pidieron algo de beber y puse música, era aún muy pronto. Ella se me acercó a preguntar quién era aquel grupo que sonaba y pum, flechazo. A los pocos días celebraban un cumpleaños y vino un grupo muy grande en el que estaba ella. Ahí ya empecé a hacerme el simpático, a tirarle los tejos y tal. Al final marcharon todos y quedamos Lidia, Rosa y yo y las invité a cenar. Lidia se dio cuenta de lo que había, marchó con una disculpa y nos dejó solos. Y hasta hoy. Le estoy muy agradecido. Me conoció en una época en la que bebía, fumaba marihuana, era muy golfo. Llegó ella y me cambió la vida. Vivía en un mundo que era otro mundo, solo era el bar, salir de noche, andar con golfería, me levantaba a las seis de la tarde. Me sacó de la noche, me reencontré con gente de antes. Y hasta empecé a ahorrar dinero. Ella es buena, trabajadora y guapa, lo tiene todo. ‘Ya te casas con la vikinga’, me decían los amigos antes de la boda".

La música. "En Brasil me hice amigo de un señor que tenía una tienda de música que se llamaba El Museo del Disco y, además, yo había sido discjockey cuando tenía la boite. Entonces empecé a salir con Rosa y ella me animó a poner una tienda de discos y pusimos la primera en San Agustín, que hice yo la obra casi entera. Empezamos con muchos problemas. Estaba Mercurio, Memphis, Discoteca… Había trece tiendas de discos. Vendíamos muy poco, era ya la época del casete".

Reinauguración del Jovellanos. "Yo de aquellas estaba en el PSOE. Estuve muchos años en el partido, pero luego me echó uno por pedir las cuentas. Cuando reinauguraron el Jovellanos en el 1995 querían traer a alguien potente y sabían que trabajaba mucho la música clásica en la tienda así que me llama Tini Areces y me dice que quieren un punterazo para ese día y barajaban a Plácido Domingo. Tini me pregunta que como lo veo y le digo que hay uno mejor y no tan pesetero, que es Alfredo Kraus. Domingo cobraba 21 millones de pesetas y no salían las cuentas, porque habría que cobrar entradas a 3.000 pesetas. Hice la gestión con Alfredo Kraus. Al llamarle pensó que era de la peña que ponía siempre dinero para traerlo a la ópera de Oviedo y les dije que sí, quedó la cosa en once millones y salían las cuentas. Vino Kraus y se llenó el teatro".

Estudio de grabación. "Cometí el mayor error de mi vida, no tenía que haber comprado el estudio de grabación. Cuando lo hice, yo ya había producido dos discos, uno de la Polifónica Gijonesa y otro del himno del Sporting. Grababa en un estudio que era una mierda, pero era buen sitio, el estudio de Paco Loco, en la calle Caveda. Se lo compré por siete millones y medio de pesetas. Le pagué demasiado, no valía tanto. Gastamos una burrada en preparar todo. Al final no perdí tanto dinero, porque estuvimos allí quince años y grabamos 54 discos. Por allí pasó Nacho Vegas, Hevia, Cristina Rosenvinge, Miguel Ríos, Bunbury…".

Ignacio Morán y su mujer Rosa Rodríguez.

Ignacio Morán y su mujer Rosa Rodríguez. / LNE

SGAE. "Al cerrar la Sociedad Fonográfica Asturiana sin querer me convertí en el editor más antiguo de Asturias y, según la normativa de la SGAE, me correspondía el comisionado de la sociedad en la provincia para defender a las discográficas. Cuando la policía cogía a gente vendiendo piratas me llamaban a mí para ir al juzgado. Los primeros fueron chinos. Luego peruanos, que vendían las copias que hacían los chinos. Luego los senegaleses. Me estaban citando constantemente, cada vez que cogían a un mantero, y perdía allí mañanas y mañanas. Al final le dije al juez que no iba más, porque a mí no me pagaba nadie; me dio la razón".

Instituto Cervantes. "A raíz de hacer un disco de jazz de ‘Isaac Turienzo Trío’, otro con Manolo Quirós un poco antes de morir y con Xuaco Amieva, que fueron nominados a los Grammy latinos, acabamos en la embajada de Asturias en Madrid, donde Turienzo tocó el piano. Después, fuimos a cenar conocí a César Molina, que era el director del Instituto Cervantes y luego fue ministro de cultura. Me dijo que le ofreciese algo para la semana cultural española en Argelia, que era en un mes. A los dos días veo que nombran a Molina ministro de Cultura y dije ‘ya jodió el invento’. Pero llamé igual al Cervantes. Me pasaron con la programadora, que me dijo que era de Felechosa y resulta que le vendía discos a su prima, que llevaba la discoteca La Bombilla. Hablamos y me pusieron de programador de jazz y de folk. Fui dos veces Argelia, siete a Marruecos, dos a Alemania, dos a Francia, a Rusia, EE. UU., Argentina, Dubai... Todo pagado, a cuerpo de rey, llevábamos una tarjeta oro del ministerio. Estuve hasta un año y medio después de entrar Rajoy y llevé a muchos artistas. En esa etapa conocí a Felipe VI, también. Ahora el Cervantes ya bajó mucho, quitaron a los directores, a los programadores, la oferta cultural…".

Campeón de bateo. "En 2003 me animaron a apuntarme de a participar en el concurso de bateo de Navelgas, para el que hicieron un festival de folk y les grabé un disco, sin tener ni idea. Ese año se presentaban a pueblo ejemplar de los Premios Príncipe de Asturias y lo hicieron internacional, así que ganelo a los campeones de Francia, México... Ese año invitaron a Tini Areces a entregar los premios y cuando llegó el momento no aparecía, porque se lió en un bar a tomar pinchos. No dejaban de llamarlo por megafonía y tardo quince minutos. Yo estaba arriba, en el pódium, y cuando llega me dice que encima que él llegaba tarde que me dejara de bromas. Le dije que había ganado, pero no se lo creía. Tuvo que venir un juez a confirmárselo. Fue una cosa muy guapa y que me emocioné".

Piratería. "Nos hizo mucho daño. Pasamos malas épocas y fueron unos años jodidos. Aguantamos porque la gente que compra ópera o música clásica no la pirateaba y nos especializamos todavía más en folk, jazz, blues, zarzuela, pero en música comercial las ventas quedaron bajo mínimos. Las casas de discos tenían encargados para cada sección y se quedó solo con los viajantes, que al final también se los cargaron. En Gijón cerrado casi todas las tiendas y quedamos tres. Uno de los mayores focos que había en Gijón era la Semana Negra. Yo una vez llegue a contar a 84 tíos vendiendo discos piratas en la última Semana Negra que se hizo en poniente. Con Internet los de los pubs se bajaban los temas de la red y ya casi no compraban".

Avenida Juan Carlos I. "La asociación Asturias Socialista estuvo durante toda la pandemia recogiendo firmas para quitarle el nombre a la calle, fueron 4.000 y más de 50 documentos de diferentes colectivos de prestigio los que recabamos. Lo presentamos todo en el Ayuntamiento de Gijón en el 2020 y nos hicieron caso. Unos meses después se le quitó el nombre, que a día de hoy es José Manuel Palacios, todo gracias a la asociación que presido".

Últimos años. "Los estudios de Madrid bajaron las tarifas de grabar y también hizo daño, ahí duramos hasta el 2016. En la tienda quedó Rosa y yo pasaba muchas horas estudiando donde conseguir mejores precios de los discos, con eso conseguimos que viniera mucha gente de fuera a comprarnos periódicamente. Yo me jubilé hace doce años y Rosa este año. Fuimos liquidando lo de la tienda hasta acabar cerrando. Rosa pensó que había que hacer algo para despedirse y empezamos en plan de broma a mandar invitaciones y al final vinieron 400 personas el día del cierre. Nos quedamos miles de euros de discos en casa que habrá que vender por internet. Ahora nos dedicaremos a vivir, a viajar, ir a la ópera, arreglar una finca que tenemos".

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